Mentidero
de Representantes
Personajes:
Pelayo: Poeta.
Discreto, equilibrado e instruido.
Elena: Actriz.
Chismosa, perspicaz y envidiosa.
Ana: Amiga de
la doncella de Isabel de Borbón. Astuta, mordaz y cínica.
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Año 1646. Los personajes se encuentran en el MENTIDERO
DE REPRESENTANTES, espacio público donde se reunía la gente (comediantes,
actores, autores y poetas) para comentar las noticias y los cotilleos de la
villa y corte.
Ana: ¿Os habéis enterado? ¡La Calderona ha muerto!
Pelayo: ¡Oh…,
no puede ser! Nuestra querida María, ¡tan bella y cuanto arte! Cantaba y bailaba como los ángeles. El
público quedaba fascinado nada más verla.
Elena: (sonriendo
y guiñando un ojo) Veo que el público
y algún que otro poeta también.
Pelayo: Ha
muerto demasiado joven. Solo tenía 35
años.
Elena: Bueno,
la edad exacta no está tan clara. La
abandonaron siendo un bebé en casa de Juan Calderón, allá por 1611.
Pelayo: Si y la
acogió como a su propia hija. Gracias a él pudo María debutar en el Corral de
la Cruz y actuar en distintos teatros, aunque, desgraciadamente, pronto la obligaron
a abandonarlos. Qué talento y que final tan injusto.
Elena: Eso le
pasa por aspirar tan alto.
Pelayo: Cuando se enamoró del rey ni siquiera sabía quién era. Don Felipe se camuflaba
entre el público.
Ana: No tuvo
bastante con su marido y sus numerosos amantes.
Pelayo: Bueno, bueno, lo de numerosos amantes no está tan claro. La gente es muy
chismosa. En cuanto se corrió la voz de su relación con el rey, le achacaron
romances que no la correspondían, incluso los de su hermana Juana.
Elena: Sea lo
que sea, se metió donde no debía. Su
ambición fue demasiado lejos y tuvo su merecido.
Ana: Con su
arte y su belleza hizo mucho daño.
Elena: ¿Te refieres a la reina?
Ana: ¿A quién si no? Su aventura fue tan famosa que doña Isabel no pudo
mirar para otro lado. ¡Y el colmo fue cuando don Felipe cedió a su amante el
palco real para que pudiera disfrutar de
los espectáculos en la Plaza Mayor!
Elena: Desde luego, vaya desfachatez.
Ana: Menos mal que la reina actuó con firmeza y la quitaron de allí.
Elena: (riéndose) Si, se tuvo que
conformar con aquel “balconzucho” desde el que se veía todo a medias.
Pelayo: Pues resulta que ese “balconzucho” se ha hecho famoso. Ahora todos
lo llaman “balcón de Marizápalos” por el baile que representaba con tanta
gracia.
Elena: Siempre ha tenido mucha suerte esa mujer.
Pelayo: ¿Suerte dices? Yo diría todo lo contrario. La aventura con el rey
no le trajo más que problemas.
Ana: Claro que tuvo suerte, de los numerosos hijos bastardos que va desperdigando por ahí el rey solo ha
reconocido a dos, el que murió con siete añitos y el de la Calderona.
Elena: Aunque se lo pensó con calma; Juan José ya tenía 13 años cuando le reconoció
como hijo legítimo.
Pelayo: A la pobre María no la dejaron criarlo, se lo arrancaron de su lado en cuanto
nació y la obligaron a ingresar en el convento. Abandonar el teatro fue una
gran pérdida para ella y para todos los que disfrutábamos contemplándola.
Ana: Pero el niño está recibiendo una educación excelente ¡ni en sueños lo hubiera
conseguido quedándose con su madre!
Elena (bajando el tono): Además, no lo
digo yo, pero he oído que Juan José puede ser hijo del duque de Medina de las
Torres, que ya sabéis que eran amantes antes de conocer al rey.
Pelayo: ¡Que mala es la envidia! no
paran de sacar chismes para perjudicar a quien no puede defenderse.
Elena: Y hablando de chismes, también he
oído que María no permaneció mucho tiempo en Valfermoso de las Monjas, se
escapó del Monasterio en cuanto vió la ocasión.
Ana: ¡¡¡No!!!! ¿Pero no acaba de morir
allí?
Elena: No sé, solo lo he oído. Hay quién
dice que la que estaba recluida era su hermana Juana, pero nadie me lo ha
asegurado.
Ana: Y si no está en Guadalajara, ¿dónde
está?
Elena: Algunos dicen que fue a parar a Valencia.
Pelayo: Que alegría me das. Ojalá sea cierto y María ande libre
por las tierras valencianas.
Ana: Bien pensado, su vida está rodeada de misterio: al nacer, no
conoció a su madre; al dar a luz, le quitaron a su hijo. Se ignora el instante
preciso de su nacimiento y parece que también el de su muerte.
Pelayo: Ojalá continúe llenando los teatros allá donde quiera que
esté, aunque me temo que eso nunca lo sabremos.
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