miércoles, 28 de febrero de 2024

Historia de una ambición, por Victoria Hidalgo


Llevaba mucho tiempo pensándolo, tantos años en una ciudad de provincia donde tenia amigos, familia, casa, un trabajo que me gustaba y una vida tranquila, bueno, más bien aburrida, hasta que un día me levanté con energía y presenté mi dimisión, mi dimisión a todo lo anterior.

No, no era una locura, era una decisión acertada y convincente. Había leído que una importante multinacional  se había instalado en la ciudad más importante de mi país y buscaba, para su equipo directivo, una persona con un perfil que, yo entendí, se adecuaba al mio. Con gran dificultad redacté un CV, era el primero que había hecho en mi vida, mi anterior trabajo lo había conseguido a base de estudiar y obtener una buena puntuación en la oposición, y apliqué al puesto.

No había pasado una semana, cuando recibí una llamada de la secretaria del consejero delegado de la empresa en la que me proponía entrevistarme con su jefe en los próximos días; caso de que accediera, fecha, hora y restaurante donde me citaba, me lo haría saber en las próximas horas, casi sin voz, me comprometí a asistir a la cita.

Dos días mas tarde me confirmaron lo esperado, sólo tenía 48h para preparar el viaje y aunque de los billetes, hotel y recogida en el aeropuerto no tenía que preocuparme, no me ocurría lo mismo con "el atrezzo", !Dios mio! ¿ que me pongo?, ¿pantalón.?, ¿falda..?, ¿vestido..?, ¿traje de chaqueta..? ¿tacones..?.  !Que estrés!! Podría preguntárselo a la secretaria pero seguro que pensaría de mí que soy una provinciana inexperta, paleta y sin estilo; no, me dije, me las arreglaré como pueda y confiaré en la suerte. Se me ocurrió una idea, busqué la página de la compañía y en su organigrama aparecía en lo más alto del gráfico, el CEO, Chef Executive Operations, estas compañías  llaman así a  los consejeros delegados, o sea la persona con quién me iba a entrevistar; su foto y, su CV bajo su casilla y "en cascada", todas las personas que dependían de él, guapos y con carreras profesionales brillantes desarrolladas en importantes empresas y despachos de reconocidas firmas.

Cada vez me sentía más insegura y acomplejada ante semejante reto, ¿quién me habrá mandado meterme en este lío?, ¿para qué habré pedido una excedencia..?, no, no estoy preparada para esto, me invento algo y no me presento a la entrevista, pero...eso supone  que renuncio a la oportunidad que durante tanto tiempo esperaba, !no puedo echarme atrás!, !iré!.
Y ¡fui! El encuentro con mi entrevistador fue muy profesional, interesante y cercano, me lo puso fácil y me dio la oportunidad de demostrar lo mejor de mi misma. !Es Vd. mi candidato! me dijo al despedirse, trabajaremos duro y formaremos un buen equipo, en breves días, recibirá el contrato, busque un lugar para vivir adecuado a su nuevo status, la Firma así lo requiere, mi secretaria podrá ayudarle en todo lo que necesite.

Volví a mi ciudad de provincia, llovía como casi todo el año y me pareció más pequeña, más sucia y más paleta y aburrida que como la había dejado  apenas 24 horas antes. ¿Cómo tardé tanto tiempo en darme cuenta de que yo merecía otra cosa?¿ De que mi foto y mi C.V. tenían que tener una casilla en el flamante organigrama de una gran multinacional? ¿De que merecía tener un puesto con siglas en Ingles, E.M.-Executive Manager,  A.I.P.R. Assistant International Public Relations, o algo similar Cuanto tiempo perdido rodeada de personas sin ambición, conformistas y satisfechas con solo ir al Casino a tomar el té o a jugar la partida.

Preparé todo para hacer una rápida mudanza, hice varias despedidas con mis amigos de colegio, de universidad y de trabajo, también con alguno de quiénes había sido novia o amante, todos me felicitaron y, no sin contenida envidia, me desearon suerte.
Pasaban los días y el teléfono no sonaba, no llegaban correos, ni whatsapp's, ninguna noticia ni del CEO, ni de la secretaria, ni del H.R .D. ( Humam Resources Director), mis llamadas  tampoco eran atendidas.

Armada de valor, por temor a lo que me temía, consulté la pagina web de la compañía, "No disponible", decía, así, uno y otro día. Por vergüenza, no salía de casa, ni atendía a las llamadas de mis amigos. El fin de semana, la portada de las páginas salmón de un diario nacional, anunciaba que la Compañía I.D.M.E. ( Investment Development Medical Electronic), había sido intervenida por las autoridades fiscales, todos sus directivos, el CEO y su "cascada" de guapos e inteligentes colaboradores, habían sido detenidos.

Con lágrimas en los ojos me consolé pensando :
!De la que me he librado!

CONCLUSIÓN

Pero...¿En que se parece esta historia al cuento del elefante, me preguntaréis?
!En nada, absolutamente en nada!, os contesto.  
Escuchad, me contaron ese cuento cuando era niña y ahora, en este momento en el que la decepción, el engaño, la prepotencia y el miedo me han convertido en su víctima, me gustaría ser inflable, ligera y suave para que una ráfaga de viento me llevara a encontrarme con el elefante de mis sueños.

lunes, 19 de febrero de 2024

Arne: la bolsa de plástico convertida en elefante por dos días

Arne: la bolsa de plástico convertida en elefante por dos días

Yo era feliz en la sencillez de mis rutinas: mi polietileno, fundido hacía ya más de una década en aquella vieja 

extrusora de Aldaya, junto a esta solidificación elegante y nada estruendosa, habían conseguido en mi cuerpo 

una textura y una esbeltez, que más de un piropo arrancaron de los polímeros de mi juventud.

Por aquél entonces, mi vida transitaba calma y serena en un enooooorme y preciosísimo parque de atracciones 

sobre el que yo, con mi habitual parsimonia y mi grácil envergadura, disfrutaba de los plácidos hábitos

conocidos: por las noches, cubría con mi enorme cuerpo un hermoso carrusel. Evitaba con ello que el rocío y la 

escarcha deslucieran sus vivos colores. En las mañanas, Índal, mi vieja amiga la grúa, me llevaba parsimoniosa

al reposo de las horas al sol hasta el anochecer en que, de nuevo, volvía a incorporarme con sus brazos 

grandotes para que yo, una noche más, volviera a cubrir a mi tío vivo favorito.

Y así, entre mantos, risas y descansos, pasaban mis días desde mi más tierna soldadura…, lejana ya en aquella 

industria de Aldaya.

Pero aquella noche, algo rompió la placidez del sueño. Me sobresaltaron ruidos de motores y chistidos y medio 

risas y…. y de repente, sin que me diera tiempo a desperezarme y como si de un tornado se tratase, noté cómo 

de mis pies tiraban y tiraban y tiraban unos garfios enormes que, a todas luces, no eran los dulces ganchos de 

Índal. Al mismo tiempo, mi cuello se alargaba y se alargaba y se alargaba con unos tirones taaaan correosos,

que pensé que se me haría girones la lengua. Todo mi cuerpo se propulsaba a una velocidad atropellada y 

fulminante. Mi extremidades se empezaron a impulsar como si se estuvieran inflando, mientras algo soplaba y 

soplaba y soplaba por mi culo haciéndome hinchar como un gigantesco planeta. Fue todo tan rápido y tan 

aturullado que cuando quise darme cuenta, mis pies no tocaban el suelo. Nada en mí tocaba el suelo. Estaba 

flotando en el aire y mi nariz se había estirado tanto, pero tanto, tanto, tanto que parecía la trompa de un 

elefante!! De mi culo salía un rabito y mis orejas habían crecido millones de montones!! No sabía qué era aquello 

pero os aseguro que no tenía ni pizquita de gracia. 

Intenté con todas mis fuerzas ponerme de pie pero la alta densidad de mi polietileno y aquella desorbitada y 

cósmica manera de inflarme, no me dejaban tocar el suelo. Ni pensar. Ni gritar. Ni…. Empecé a oler a gas 

(sí…claro que se que era gas…!!! Mis amigos los balones también lo usan para ponerse gorditos).

Mareadísima y con un cuelgue… buffff…. supongo que me desmayé pero antes, somnolienta, pude ver a cuatro 

humanos energúmenos metiéndome tubitos por todos los agujeros de mi cuerpo. Y soplándome con sus 

asquerosas bocas malolientes... Supuse que así era como me estaban inflando, inflando, inflando… mi 

cinturitaaa!!!!! Grité…

La esbeltez de mi figura se fue al carajo mientras un sopor amodorrable me dejó en un atolondramiento digno 

de un cactus.

Unos días más tarde, ya recuperada de esta extraña aventura, Índal me enseñó algunas de las fotos que 

toooooodo el mundo me hizo -con el culo en pompa y todos mis enseres al viento- mientras surcaba el aire de 

mi Parque. 

Durante dos días enteritos mi figura se convirtió -sin mi permiso- en un tremendo elefante volador del que, ni tan 

siquiera, conseguí saber el nombre.

lunes, 12 de febrero de 2024

UNED- VER Y ESCRIBIR TEATRO. Carlos Mochales . TÍTULO: LfanT .EJERCICIO/ MONÓLOGO, INSPIRADO EN “EL ELEFANTE” DE SLAWOMIR MROZEK.

 





UNED- VER Y ESCRIBIR TEATRO . Carlos Mochales.
EJERCICIO/ MONÓLOGO, VERSIÓN 12-02-2024, INSPIRADO EN “EL ELEFANTE” DE SLAWOMIR MROZEK.


TÍTULO

LfanT

 

TEXTO

Cuando tenía diez años, el profesor de ciencias, Don Marcelino, nos dijo que acababa de llegar al zoo municipal un elefante y tendríamos el privilegio de verlo antes que el resto del público. Nos pusimos como locos, pues nadie de mi clase había visto un elefante de carne y hueso. Solíamos ir al zoo para llevar comida, porque los animales pasaban hambre y frio. En un año habían muerto varios: el hipopótamo Gustavito, Leoncio el león, la cebra Felisa, y el canguro Fosbury. La culpa era del director del zoo que tenía fama de ser un tacaño compulsivo. Afortunadamente, seguían vivos: Alfredito, el viejo burro que tenía calvas, de tanto frotarse con un árbol, por culpa de los piojos; Rocky, el orangután que apenas tenía dientes; Tristón, un oso de pelo ralo y el culo pelado de estar siempre sentado y, Joker, un mono de ojos saltones, llenos de legañas, con risa de loco.  Llegó el día de la visita y, al pasar junto a la jaula de Jocker, lancé una manzana que devoró como si estuviera bañada en caramelo. Cruzamos el zoo y, al final, divisamos el recinto del elefante. Tenía medio cuerpo oculto tras una roca y, no parecía tan fiero como los elefantes de mis cromos de naturaleza. Pusimos unos sacos de hierba junto a la valla, para que no pasara hambre. “Chicos, no os acerquéis tanto, puede ser peligroso”-dijo Don Marcelino con autoridad. Después, sacó pecho y, con voz aflautada, comentó que el Mamut prehistórico era un pariente lejano y, también, algo sobre “la memoria de elefante”, porque con un cerebro tan grande , es capaz de recordar un montón de cosas. Le preguntamos por qué apenas se movía. "No se mueve porque, un elefante, puede pesar hasta ocho mil kilos - respondió categórico- es el animal más grande, después de la ballena”. Matías, el empollón de la clase, tomaba apuntes convencido que, aquella perorata, caería en algún examen. Yo estaba absorto, contemplando la imponente mole, color café y lodo, con brillos azulados. De repente, vino una fuerte ráfaga de viento y, el elefante ascendió acompañado de una bandada de gorriones. “¡Vuela, vuela, milagro, milagro!” -gritábamos entusiasmados. Don Marcelino estaba perplejo y los cuidadores del zoo corrían descompuestos. Mi abuelo solía decir “¡Mira, un burro volando! Yo miraba y él se partía de risa. Pero esto no era una broma. El elefante sobrevoló la tapia del zoo y fue a parar junto al pararrayos de la Iglesia. El párroco reunió a los feligreses para rezar, convencido de que aquello era obra de algún espíritu maligno. Los miembros de la sociedad científica publicaron varios artículos tratando de explicar este insólito suceso. Un grupo de animalistas montó un campamento, como protesta contra el maltrato animal. La noticia corrió como la pólvora y, la ciudad se llenó de turistas, famosos, artistas, ministros, generales, incluso vino el presidente del gobierno y el Rey, para contemplar aquel prodigio. El alcalde no paraba de salir en los noticieros de televisión. Todo acabó cuando, un día de tormenta, un rayo fulminó a Jumbo, así le bautizamos, provocando una lluvia de partículas de látex. ¡Menudo chasco! Todos nos sentimos humillados y ofendidos. Los animalistas, muertos de risa, levantaron el campamento. Fausto, el del quiosco de souvenirs, intentó vender los fragmentos de plástico, pero los turistas ya habían abandonado la ciudad. La prensa tachó al alcalde de mentiroso y, no le quedó más remedio que abrir una investigación. Finalmente, el director del zoo, admitió impasible que, aunque le habían aprobado el presupuesto para comprar un elefante, había optado por fabricar uno de plástico para ahorrar gastos al erario público. Y, dos cuidadores del zoo confesaron que, el falso elefante, estaba lleno de helio porque no fueron capaces de inflarlo a pulmón. Una noche, rompieron varios cristales de las ventanas del ayuntamiento y liberaron a todos los animales del zoo, se clausuró y, el director fue trasladado a Groenlandia para proteger una colonia de focas salvajes. Aunque el incidente se atribuyó a los animalistas, se murmuró que fueron alumnos mayores de mi colegio, tras consumir un barril de cerveza. Pero, la policía archivó el caso por falta de pruebas. Jocker, Alfredito, Rocky, Tristón y, el resto de los animales del zoo, jamás aparecieron, pero, corre el rumor que les dieron cobijo en varias granjas y vivieron felices. A veces, le digo a mi nieto: " Mira, un elefante volando” y, se ríe sin levantar la vista del móvil.


LfanT-Carlos Mochales.

viernes, 2 de febrero de 2024

Linus Loneta atraviesa el Olimpo

 

Linus Loneta, a pesar de estar hecho de lona común, cosida apresuradamente, y relleno de aire viciado de ciudad, se elevó repentinamente al cielo para su sorpresa y para la de los allí congregados, niños excitados, padres pacientes y autoridades de tercer nivel. El elefantito de tela se había ilusionado con una plácida existencia en el zoo. La estrella más popular del público infantil, la mascota preferida en colegios y escuelas provincianas. Los asistentes a su presentación en sociedad tampoco esperaban un protagonismo tan efímero. Un minuto escaso, apenas suficiente para distinguir en aquella figura gris entre lo que es un paquidermo vivo de un gran globo con forma de animal.

El caso es que Linus, gracias a una leve brisa, apenas un soplo, ahora se elevaba entre las nubes y contemplaba impotente a los que desde abajo le seguían con la mirada. Algunos con gesto perplejo, otros, los menos, con expresión de reproche y los más pequeños con la carita feliz de los niños afortunados que son testigos de un cuento que cobra vida. Por su parte, Linus solo sentía una singular tristeza por el abandono repentino de los que nunca había tenido porque ya nunca los podría tener.

Con esa injustificada melancolía, Linus Loneta flotó hasta el Olimpo de los elefantes, que es como un
cementerio, pero más colorido y ajetreado. Aquí la mayoría de los elefantes más legendarios no descansa en la eternidad. Muy al contrario, es un no parar, como Dumbo suele quejarse “es que no consigo recuperarme de la última luxación de oreja que tuve, no hay día que no me reclamen con la excusa de reponer la versión original, o de avivar y rejuvenecer mi color, o de virtualizarme en 3D. Lo que sea preciso para insuflar valor a los raritos excluidos y marginados. Cada vez se me requiere más y por eso vuelo 24/7, como la más concurrida aerolínea internacional”. Linus admiró el revoloteo de su congénere animado, pero también se preocupó porque él solo levitaba y, además, no por voluntad propia. Tampoco sabía si él era muy de superar los traumas o de afrontar con fe inquebrantable el juicio de los demás a los diferentes. Simplemente se sintió tan inflado y expuesto como un celiaco tras la ingesta de un bollo cualquiera.

El encuentro con un pequeño elefante de piel húmeda le reconfortó por unos momentos, pues a priori no lo reconoció y le pareció retraído y poca cosa. Algo semejante con lo que identificarse. No obstante, con una observación más detenida se dio cuenta de que se trataba de una falsa primera impresión. El elefantito mojado era también muy requerido y viajaba constantemente al plano de las historias universales. Se trataba, nada más y nada menos, que del elefante que pasó de ser un mero sombrero dibujado en un solo trazo para descubrirse como el elefante que aparece devorado por una serpiente en las primeras páginas de El Principito. Es el rey del pensamiento alternativo y de la imaginación más original. No solo habita en cada nueva edición del clásico literario, si no que últimamente también es un tatuaje muy popular entre los modernos. En fin, un no parar de ir y venir desde  el olimpo paquidermo a las diferentes versiones de tinta sobre papel o sobre piel del “sombrero/serpiente digiere elefante”. Así que, aunque más callado y menos protestón que Dumbo, no tiene tiempo ni para secarse el cuerpo de los jugos estomacales de su glotona compañera de dibujo.

Así es. La mayoría de los que alcanzan este panteón elefantisiaco andaban muy ocupados en diversas y encomiables tareas. Desde los más divinos, como la sabia Ganesha que debe hacerse presente, adoptando la incómoda postura de la flor de loto, en todas las casas de la India, Bali y mil sitios más de Asia, hasta los muy temblorosos elefantes rosados. Sí, aquellos infames que ejecutan la danza del delirium tremens sobre la cabeza de los que luchan por alejarse de la botella. O los pesados, pesadísimos, y no por cuestión de kilos, elefantes clones que solo saben entretenerse columpiándose sin fin en la tela de una araña. Cuando Linus Loneta los reconoció no pudo por menos que preocuparse por el sufrido bichito tejedor. Respiró tranquilo al averiguar que hay también un olimpo para arácnidos en el que la pobre araña goza a ratos de una exitosa carrera como terapeuta de la paciencia.


 En un rincón apartado, Linus percibió más quietud de lo normal y una atmósfera algo turbia que emborronaba las formas que allí apenas se distinguían. La brisa, más lenta, lo impulsó directamente hasta esta esquina silenciosa. Encontró un gran grupo de elefantes dormitando inmóviles, muy desvaídos y polvorientos. Los 37 elefantes de Anibal, aquellos que un día cruzaron los Alpes en una gesta sin igual en el mundo clásico, ahora no superaban la gravedad de sus cuerpos derrotados. Parecían hechos de efímera arena de playa a punto de ser lamida por las olas. Linus Loneta se adentró en las lindes del olvido, en una zona terminal de aquel paraíso conocida como el Puf. Llegar hasta aquí era un mal presagio y Linus se sintió inquieto. Sin transcurrir apenas tiempo desde que tomó consciencia, ya había sufrido grandes decepciones vitales que lo habían convertido en tiempo récord en un elefante de ficción muy realista. A veces uno llega a este mundo para emprender una tarea ejemplar y para estar siempre confortado por  el calor de otros y, de repente, todo se tuerce y te encuentras flotando en soledad y en un frío desierto de elefantes ajados. Un mañana tratas de aferrarte a un mundo terrenal y en la misma jornada levitas por un cielo de proboscides llamadas para la gloria. Muy rápido te ilusionas con la inmortalidad y con la misma o más velocidad te estampas contra el olvido eterno… y en estas disquisiciones andaba Linus cuando en un instante hizo “pufff” y se desinfló para siempre. El pobre no pudo ni ser consciente de un último descubrimiento en su intenso y fugaz viaje. Antes de saber el porqué del sonoro nombre de esa última zona del olimpo, Linus Loneta perdió el suyo propio y su apellido quedó reducido a una simple masa de tela. Lona común pero muy fuerte y muy vivida, que ahora parecía arrojada sin más al lado de los imperturbables elefantes de Aníbal.

Abajo en la tierra, o arriba en la tierra según desde el olimpo desde el que observemos, un niño ha dejado de incordiar con su berrinche. Su padre le prometió que aquella mañana vería en el zoo un gran elefante, con una gran trompa y con grandes orejas. Tan descomunal que sería imposible pesarlo en ninguna de las básculas de la ciudad. Sin embargo, la ilusión había durado unos escasos minutos. Aquella rara mole con trompa y costuras que se prometía tan pesada como una estrella había escapado. Se elevó tan liviana y tan grácil como una bolsa de plástico abandonada en el parking de un centro comercial un día festivo y ventoso. Tras el “oooohhhh” inicial y unos momentos de silencio anonadado, el niño comenzó a llorar frustrado por la huída de su elefante. El padre tuvo que aguantar el berreo hasta que se encontró con un vendedor de globos. Le compró el más grande y reluciente. El llorica sinfónico, tras hipar y sorberse los mocos de un solo golpe que los aplastó contra el cerebelo, miró esperanzado a esa forma oronda y gaseosa. Su levitar bamboleante le hizo pensar en algo vagamente familiar, en una ilusión punzante seguida de una leve decepción… pero no lograba recordar con exactitud que era lo que ocasionaba aquella sensación ya remota en su memoria. Puffff.




Raúl Jiménez

Variaciones sobre El Elefante de Slawomir Mrozek

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