Linus Loneta, a pesar de estar hecho de lona común, cosida apresuradamente, y relleno de aire viciado de ciudad, se elevó repentinamente al cielo para su sorpresa y para la de los allí congregados, niños excitados, padres pacientes y autoridades de tercer nivel. El elefantito de tela se había ilusionado con una plácida existencia en el zoo. La estrella más popular del público infantil, la mascota preferida en colegios y escuelas provincianas. Los asistentes a su presentación en sociedad tampoco esperaban un protagonismo tan efímero. Un minuto escaso, apenas suficiente para distinguir en aquella figura gris entre lo que es un paquidermo vivo de un gran globo con forma de animal.
El caso es que Linus, gracias a una leve brisa, apenas un soplo, ahora se elevaba entre las nubes y contemplaba impotente a los que desde abajo le seguían con la mirada. Algunos con gesto perplejo, otros, los menos, con expresión de reproche y los más pequeños con la carita feliz de los niños afortunados que son testigos de un cuento que cobra vida. Por su parte, Linus solo sentía una singular tristeza por el abandono repentino de los que nunca había tenido porque ya nunca los podría tener.
Con esa injustificada melancolía, Linus Loneta flotó hasta el Olimpo de los elefantes, que es como un
cementerio, pero más colorido y ajetreado. Aquí la mayoría de los elefantes más legendarios no descansa en la eternidad. Muy al contrario, es un no parar, como Dumbo suele quejarse “es que no consigo recuperarme de la última luxación de oreja que tuve, no hay día que no me reclamen con la excusa de reponer la versión original, o de avivar y rejuvenecer mi color, o de virtualizarme en 3D. Lo que sea preciso para insuflar valor a los raritos excluidos y marginados. Cada vez se me requiere más y por eso vuelo 24/7, como la más concurrida aerolínea internacional”. Linus admiró el revoloteo de su congénere animado, pero también se preocupó porque él solo levitaba y, además, no por voluntad propia. Tampoco sabía si él era muy de superar los traumas o de afrontar con fe inquebrantable el juicio de los demás a los diferentes. Simplemente se sintió tan inflado y expuesto como un celiaco tras la ingesta de un bollo cualquiera.
El encuentro con un pequeño elefante de piel húmeda le reconfortó por unos momentos, pues a priori no lo reconoció y le pareció retraído y poca cosa. Algo semejante con lo que identificarse. No obstante, con una observación más detenida se dio cuenta de que se trataba de una falsa primera impresión. El elefantito mojado era también muy requerido y viajaba constantemente al plano de las historias universales. Se trataba, nada más y nada menos, que del elefante que pasó de ser un mero sombrero dibujado en un solo trazo para descubrirse como el elefante que aparece devorado por una serpiente en las primeras páginas de El Principito. Es el rey del pensamiento alternativo y de la imaginación más original. No solo habita en cada nueva edición del clásico literario, si no que últimamente también es un tatuaje muy popular entre los modernos. En fin, un no parar de ir y venir desde el olimpo paquidermo a las diferentes versiones de tinta sobre papel o sobre piel del “sombrero/serpiente digiere elefante”. Así que, aunque más callado y menos protestón que Dumbo, no tiene tiempo ni para secarse el cuerpo de los jugos estomacales de su glotona compañera de dibujo.
Así es. La mayoría de los que alcanzan este panteón elefantisiaco andaban muy ocupados en diversas y encomiables tareas. Desde los más divinos, como la sabia Ganesha que debe hacerse presente, adoptando la incómoda postura de la flor de loto, en todas las casas de la India, Bali y mil sitios más de Asia, hasta los muy temblorosos elefantes rosados. Sí, aquellos infames que ejecutan la danza del delirium tremens sobre la cabeza de los que luchan por alejarse de la botella. O los pesados, pesadísimos, y no por cuestión de kilos, elefantes clones que solo saben entretenerse columpiándose sin fin en la tela de una araña. Cuando Linus Loneta los reconoció no pudo por menos que preocuparse por el sufrido bichito tejedor. Respiró tranquilo al averiguar que hay también un olimpo para arácnidos en el que la pobre araña goza a ratos de una exitosa carrera como terapeuta de la paciencia.
En un rincón apartado, Linus percibió más quietud de lo normal y una atmósfera algo turbia que emborronaba las formas que allí apenas se distinguían. La brisa, más lenta, lo impulsó directamente hasta esta esquina silenciosa. Encontró un gran grupo de elefantes dormitando inmóviles, muy desvaídos y polvorientos. Los 37 elefantes de Anibal, aquellos que un día cruzaron los Alpes en una gesta sin igual en el mundo clásico, ahora no superaban la gravedad de sus cuerpos derrotados. Parecían hechos de efímera arena de playa a punto de ser lamida por las olas. Linus Loneta se adentró en las lindes del olvido, en una zona terminal de aquel paraíso conocida como el Puf. Llegar hasta aquí era un mal presagio y Linus se sintió inquieto. Sin transcurrir apenas tiempo desde que tomó consciencia, ya había sufrido grandes decepciones vitales que lo habían convertido en tiempo récord en un elefante de ficción muy realista. A veces uno llega a este mundo para emprender una tarea ejemplar y para estar siempre confortado por el calor de otros y, de repente, todo se tuerce y te encuentras flotando en soledad y en un frío desierto de elefantes ajados. Un mañana tratas de aferrarte a un mundo terrenal y en la misma jornada levitas por un cielo de proboscides llamadas para la gloria. Muy rápido te ilusionas con la inmortalidad y con la misma o más velocidad te estampas contra el olvido eterno… y en estas disquisiciones andaba Linus cuando en un instante hizo “pufff” y se desinfló para siempre. El pobre no pudo ni ser consciente de un último descubrimiento en su intenso y fugaz viaje. Antes de saber el porqué del sonoro nombre de esa última zona del olimpo, Linus Loneta perdió el suyo propio y su apellido quedó reducido a una simple masa de tela. Lona común pero muy fuerte y muy vivida, que ahora parecía arrojada sin más al lado de los imperturbables elefantes de Aníbal.
Raúl Jiménez
Variaciones sobre El Elefante de Slawomir Mrozek
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