UNED- VER Y ESCRIBIR TEATRO . Carlos Mochales.
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LfanT
TEXTO
Cuando tenía diez años, el profesor de ciencias, Don Marcelino, nos dijo que acababa de llegar al zoo municipal un elefante y tendríamos el privilegio de verlo antes que el resto del público. Nos pusimos como locos, pues nadie de mi clase había visto un elefante de carne y hueso. Solíamos ir al zoo para llevar comida, porque los animales pasaban hambre y frio. En un año habían muerto varios: el hipopótamo Gustavito, Leoncio el león, la cebra Felisa, y el canguro Fosbury. La culpa era del director del zoo que tenía fama de ser un tacaño compulsivo. Afortunadamente, seguían vivos: Alfredito, el viejo burro que tenía calvas, de tanto frotarse con un árbol, por culpa de los piojos; Rocky, el orangután que apenas tenía dientes; Tristón, un oso de pelo ralo y el culo pelado de estar siempre sentado y, Joker, un mono de ojos saltones, llenos de legañas, con risa de loco. Llegó el día de la visita y, al pasar junto a la jaula de Jocker, lancé una manzana que devoró como si estuviera bañada en caramelo. Cruzamos el zoo y, al final, divisamos el recinto del elefante. Tenía medio cuerpo oculto tras una roca y, no parecía tan fiero como los elefantes de mis cromos de naturaleza. Pusimos unos sacos de hierba junto a la valla, para que no pasara hambre. “Chicos, no os acerquéis tanto, puede ser peligroso”-dijo Don Marcelino con autoridad. Después, sacó pecho y, con voz aflautada, comentó que el Mamut prehistórico era un pariente lejano y, también, algo sobre “la memoria de elefante”, porque con un cerebro tan grande , es capaz de recordar un montón de cosas. Le preguntamos por qué apenas se movía. "No se mueve porque, un elefante, puede pesar hasta ocho mil kilos - respondió categórico- es el animal más grande, después de la ballena”. Matías, el empollón de la clase, tomaba apuntes convencido que, aquella perorata, caería en algún examen. Yo estaba absorto, contemplando la imponente mole, color café y lodo, con brillos azulados. De repente, vino una fuerte ráfaga de viento y, el elefante ascendió acompañado de una bandada de gorriones. “¡Vuela, vuela, milagro, milagro!” -gritábamos entusiasmados. Don Marcelino estaba perplejo y los cuidadores del zoo corrían descompuestos. Mi abuelo solía decir “¡Mira, un burro volando! Yo miraba y él se partía de risa. Pero esto no era una broma. El elefante sobrevoló la tapia del zoo y fue a parar junto al pararrayos de la Iglesia. El párroco reunió a los feligreses para rezar, convencido de que aquello era obra de algún espíritu maligno. Los miembros de la sociedad científica publicaron varios artículos tratando de explicar este insólito suceso. Un grupo de animalistas montó un campamento, como protesta contra el maltrato animal. La noticia corrió como la pólvora y, la ciudad se llenó de turistas, famosos, artistas, ministros, generales, incluso vino el presidente del gobierno y el Rey, para contemplar aquel prodigio. El alcalde no paraba de salir en los noticieros de televisión. Todo acabó cuando, un día de tormenta, un rayo fulminó a Jumbo, así le bautizamos, provocando una lluvia de partículas de látex. ¡Menudo chasco! Todos nos sentimos humillados y ofendidos. Los animalistas, muertos de risa, levantaron el campamento. Fausto, el del quiosco de souvenirs, intentó vender los fragmentos de plástico, pero los turistas ya habían abandonado la ciudad. La prensa tachó al alcalde de mentiroso y, no le quedó más remedio que abrir una investigación. Finalmente, el director del zoo, admitió impasible que, aunque le habían aprobado el presupuesto para comprar un elefante, había optado por fabricar uno de plástico para ahorrar gastos al erario público. Y, dos cuidadores del zoo confesaron que, el falso elefante, estaba lleno de helio porque no fueron capaces de inflarlo a pulmón. Una noche, rompieron varios cristales de las ventanas del ayuntamiento y liberaron a todos los animales del zoo, se clausuró y, el director fue trasladado a Groenlandia para proteger una colonia de focas salvajes. Aunque el incidente se atribuyó a los animalistas, se murmuró que fueron alumnos mayores de mi colegio, tras consumir un barril de cerveza. Pero, la policía archivó el caso por falta de pruebas. Jocker, Alfredito, Rocky, Tristón y, el resto de los animales del zoo, jamás aparecieron, pero, corre el rumor que les dieron cobijo en varias granjas y vivieron felices. A veces, le digo a mi nieto: " Mira, un elefante volando” y, se ríe sin levantar la vista del móvil.
LfanT-Carlos Mochales.

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