Sinopsis.
Un joven a punto de cumplir la mayoría de edad ve
interrumpido el curso de su vida durante años. Por motivos morales, no acepta
la nueva situación (que por ley) tiene que pasar, y, se declara insumiso. Esta
situación le lleva a ser juzgado, penalizado y pasar unos años en la cárcel.
Obra.
Corrían los años 80 y un joven de 17 años, en un
pequeño pueblo de Jaén, marchaba a toda velocidad como queriendo beberse la
vida. Miguel, que así se llamaba, vivía con sus padres, y ayudaba en la pequeña
tienda familiar, a la vez que estudiaba.
Era un joven muy activo que todo despertaba su interés. Por las tardes, y después de echar un rato en
el negocio familiar, asistía a la Asociación de Vecinos del barrio, donde
colaboraba transcribiendo las actas de las reuniones que iban saliendo. Participaba en el grupo de teatro formado en
la misma asociación y, pronto se dio cuenta, que era lo que más le gustaba
hacer.
Fue en este Grupo de Teatro del barrio donde comenzó
su andadura que no abandonaría, (pese a las adversidades) por el resto de su
vida. Actuar le hacía sentirse vivo, se hacía más grande, era el mismo. Como
buen lector, pasaron por sus manos muchas obras de teatro; se empapó del teatro
español del siglo de oro, pero no se quedó ahí, quería seguir conociendo y un
día descubrió, el teatro del absurdo de Eugene Ionesco. Leyó toda su obra, y dos le atrajeron
especial atención: “El Rinoceronte “y "Jacques o la Sumisión”.
Para continuar sus estudios, tuvo que trasladarse de
provincia, y junto con la decisión de su familia el lugar conveniente era
Barcelona. A los pocos meses de
instalarse, una llamada de teléfono cambió el rumbo de su vida. A la otra parte del hilo la voz de su padre
sonaba trémula, y después de darse mutuamente saludos amorosos dijo: Miguel, te llamo principalmente para darte
una noticia que no te va a agradar (padre e hijo habían hablado más de una vez
de este asunto, y el padre conocía el parecer del hijo al respecto); ha llegado
una carta donde te comunican la fecha de incorporación en dos meses, al
Servicio Militar; tienes que presentarte en el Cuartel Militar de Jaén, la
próxima semana. Miguel enmudeció, y solo
pudo decir: Papa, luego os llamo, ahora tengo que salir. Con una gran tristeza,
se hundió en la cama, y su mente empezó a funcionar a gran velocidad: Pensaba en los estudios que tendría que cortar,
en la chica que había conocido en el nuevo grupo de teatro, y, sobre todo;
pensaba que no quería perder un año de su vida para servir en algo con lo que
estaba en desacuerdo. Todo, todo esto, es absurdo. De pronto le vino a la memoria la obra de
Ionesco. Y dando un grito que alertó a
todos los compañeros de la casa, dijo: No, no iré, no me presentaré.
El Servicio Militar Obligatorio llamaba a filas cada año a jóvenes, que
no conocían lo que les esperaba. En algunos casos situaciones muy difíciles,
como para quienes fueron destinados al Sahara, donde se libraba una guerra.
Otros trataban de librarse; y a través de algún enchufe que mediaba por ellos
no hacían este servicio.
Miguel no se presentó en el Cuartel General y, como consecuencia,
le hicieron un Consejo de Guerra: Fue condenado a 15 meses de cárcel por
desobediencia Civil. Cumplidos estos meses cuando salió, se exilió a Francia
donde pasaría unos años. Se formó en una escuela de arte dramático, y conoció a
jóvenes españoles que estaban pasando por las mismas circunstancias: se preparan
para cómo librarse de no ir al SM. Todos estos jóvenes eran desertores de la
justicia, y en algún momento iban a pagar por ello. Así, empezó el movimiento
de objetores de conciencia; objetores por ideas, políticas, morales o
religiosas que aumentó, llegando en 1999 al número de 20.000. Miguel,
que se acogió a este derecho, por motivos morales, no por ello estuvo libre
para continuar sus planes de vida.
En 1984 el Gobierno sacó un Decreto que reconocía el derecho de los
Objetores de Conciencia a no hacer el Servicio Militar, y sustituirlo por un Servicio
Civil de dos años. Muchos se acogieron a él, pero otros muchos no estuvieron de
acuerdo, como fue el caso de Miguel. De nuevo fue llamado a filas, y de nuevo
condenado a cárcel por insumiso: desobediencia civil.
Entró en la
cárcel de Jaén en el pabellón de los políticos por insumiso. Aquí, junto con otros compañeros condenados
por la misma causa, puso en marcha un grupo de teatro que dirigió y representó
al personaje principal: “Jacques o la Sumisión”. El grupo de Insumisos con las
ideas bien claras ensayaba cada día la obra absurda que a todos les llegó, por
considerar que era tan absurda como la vida que les estaba tocando vivir en la
cárcel. Con gran sentido del humor, se
reían tanto de la obra como de su propio destino.
Un 9 de marzo de 2001, a la entrada del salón-
biblioteca de la cárcel, un cartel anunciador decía:
:
HOY 9 DE MARZO A LAS 18 HORAS SE REPRESENTA LA OBRA DE TEATRO “Jacques o La Sumisión “por el grupo “Los
Insumisos”
Reparto:
Miguel
Hernandez. Jacques.
Carmelo
Bienvenido. Jacques padre.
Bernardo Alba.
Jacques madre.
Alfredo
Machado. Jacques abuelo.
Héctor
Guerrero. Robert novia.
Federico Cámara.
Jacqueline hermana.
Eleuterio
Gonzalez. Jacques abuela.
Fernando
Matamoros. Robert padre de la novia.
Gabriel
Fernandez. Robert, madre de la novia.
El público iba a divertirse, los presos ya habían
presenciado algún ensayo, pero, este día sería todo más a lo grande, más real.
Un escenario hecho con sábanas pintadas con colores fluorescentes daba vida a
toda la instancia, las luces hacia la otra parte, y en medio un sillón
desvencijado completaba el escenario. Todo estaba preparado, había mucha
expectación, inquietud en todos los presos, eran muchos los que habían colaborado
en la preparación tanto de la obra como del escenario. Para otros era un día
especial por ver a sus compañeros; era la primera vez que en la cárcel se
representaba una obra de teatro. Si, fuera un día diferente: agradable,
divertido; máximo cuando cuatro de los personajes se transformaban en el papel de
mujer.
Miguel, que hacía el personaje de Jacques, estaba nervioso y hundido en
el sillón, estaba preparado para empezar la representación. A su alrededor,
toda la familia de Jacques.
(Al levantarse el telón, hundido en el sillón
igualmente hundido, Jacques con sombrero puesto, tiene aspecto gurruñado y de
mala persona. A su alrededor están sus parientes).
Jacques
Madre. (llorando)
¡Hijo mío, mi niño, después de todo lo que he hecho por ti!
¡Después de tantos sacrificios! Jamás habría creído eso de ti. tus eras mi
esperanza…Lo sigues siendo, pues no puedo creer, no, no puedo creer, per-Baco,
que te obstines. ¡Ya no quieres a tus padres, tus trajes, tu hermana, tus abuelos! Pero piensa, hijo mío, piensa en que te
alimente con biberón, que te dejaba secar en tus pañales, como a tu hermana,
por lo demás… (A Jacqueline) ¿No es así hija mía?
Jacqueline
Sí mamá, así es ¡Ay,
después de tantos sacrificios y tantos sortilegios!
Jacques,
Madre. ¿Lo ves…,
lo ves? Fui yo, hijo mío, quién te dio
los primeros azotes, y no tu padre, aquí presente, que habría podido hacerlo
mejor que yo, pues es más fuerte; no, fui yo, porque te quería demasiado. Era
también yo quien te privaba del postre, te besaba, te cuidaba, te domaba, te
enseñaba progresar, a transgredir, a tartajear, quien te llevaba, en los
calcetines, tantas cosas ricas para comer. Yo te enseñé a subir las escaleras
cuando las había, a frotar las rodillas con ortigas, cuando querías que te
picasen. Fui para ti más que una madre, una verdadera amiga, un marido, un
marino, una confidente, una oca. No retrocedí ante ningún obstáculo, ante
ninguna barricada, para satisfacer todos tus placeres de niño. ¡Ah, hijo ingrato!,
ni siquiera te acuerdas de cuando te tenía en mis rodillas y te arrancaba tus
lindos dientecitos y las uñas de los dedos de los pies para hacerte berrear
como un becerro adorable.
Jacqueline
¡Oh, ¡qué
graciosos son los becerros! ¡Mu! ¡Mu! ¡Mu!
Jacques
Madre. ¡Y tú te callas, testarudo! No quieres oír nada.
, su porvenir Jacqueline. Se tapa los oídos y adopta
una actitud repugna
Jacques
Madre. Soy una madre desdichada. He dado a luz un
monstruo,
¡y el monstruo
eres tú! Tu abuela quiere hablarte.
Tropieza. Es octogenaria. Quizá te dejes conmover por su edad, su pasado,
porvenir.
Jacques, Abuela. Escucha,
escúchame bien: tengo experiencia, he dejado mucho atrás. Yo también tenía,
como tú, un tío segundo que tenía tres casas; daba la dirección y los números
telefónicos de dos de ellas, pero nunca de la tercera, en la que se ocultaba a
veces, pies se dedicaba al espionaje.
No, no he podido convencerle. ¡Oh pobres de nosotros!
De pronto alguien de los espectadores grito: Somos libres, somos libres. Un insumiso, dio
la noticia de que se acababa de aprobar por Real Decreto la abolición del
servicio militar obligatorio.
La representación se cortó en el acto; todos los
presos estaban eufóricos, y querían celebrarlo; se abrazaron y gritaron hasta
la saciedad. Una vez todo más tranquilo, Miguel, habló de continuar la
obra. A partir de este momento, todo ya
era más informal: silbidos, risas; todo valía sería una gran tarde de fiesta.
De las cárceles españolas salieron muchos insumisos
que continuaron su vida, como si nada hubiese pasado, pero algo había cambiado
en el sistema español. Un cambio de paradigma se empezaba a dar en la sociedad
española.
Miguel cumplió tres años de cárcel; volvió a Barcelona, reanudó su vida
en el mundo del teatro y audiovisual; formó su propio grupo con el dirigió
algunas obras. Continua aun en escena.


