JANO EL DE LAS DOS CARAS
JOSE MARÍA GÓMEZ
PERSONAJES
Irene, madre de Julio
Alberto, marido de Irene y padre de
Julio
Julio, chico de 27 años, hijo de
Irene y Alberto
Un psiquiatra
Elena, hermana de Irene. Es enfermera
ACTO PRIMERO
El salón de la casa del tío, a oscuras. Es pequeño, oscuro,
sucio y lleno de trastos. Hay libros por todas partes. Se enciende la lámpara,
de la que sólo funciona una bombilla. Entra Irene y detrás de ella Julio. Ambos
echan primero un vistazo general, luego cada uno por su lado. Irene abre las
ventanas, entra la luz de la calle. Julio va mirando los libros, primero los
que hay en la mesa, en las sillas, luego va a las estanterías y mira los
títulos. Irene va levantando la ropa que hay desperdigada, con dos dedos.
IRENE.- ¡Qué barbaridad, cómo está todo de sucio!
JULIO.- Si, no limpiaba mucho, el tío Ignacio.
IRENE.-Vivía sólo, pero yo suponía que alguien vendría a
limpiar de vez en cuando. Parece que no.
JULIO.- ¡Qué cantidad de libros! Y son todos raros.
IRENE.- El tío era catedrático de Derecho Romano, que debe
ser una cosa muy antigua y muy rara.
JULIO.- Si. También hay muchos griegos. (Va revisando libros)
Aristófanes, Demóstenes, Esopo, Eurípides. ¿Eurípides era griego o romano?
IRENE.- ¡Buff! Ni idea.
JULIO.- ¡Caray, vaya telaraña que tiene éste!... (la retira y
la echa al suelo). Sófocles, Cicerón… ¡Qué de polvo!
IRENE.- Bueno, con una buena limpieza esto puede quedar muy
bien, aquí puedes vivir sin problema, es un pisito estupendo para un chico
solo, incluso para una pareja, y está en pleno centro. Limpiamos, pintamos y ya
está.
JULIO. - Pero mamá, no entiendo por qué tengo que vivir solo,
en vuestra casa estoy bien.
IRENE. - Tu si, Julio, pero tendrías que dejar de pelearte
con tu padre, y yo ya he renunciado a conseguirlo. Tu complejo de Edipo nos
está amargando la existencia.
JULIO.- ¡Y dale con el complejo de Edipo!
IRENE.- ¡Y qué quieres que te diga! Es lo que nos dijo el
siquiatra. Y aunque no nos lo dijera, papá y tú os enzarzáis por todo, no
podéis estar una hora tranquilos. Llevamos muchos años con peleas, y tenemos
que solucionarlo de una vez por todas.
JULIO.- Es que papá me saca de quicio. Quiere tener razón en
todo.
IRENE.- Julio, es tu padre, y no puedes llevarle siempre la
contraria… ¡Además, ya hemos hablado de esto demasiadas veces! Vamos a arreglar
el piso del tío Ignacio y te vienes a vivir aquí. Ya tienes veintisiete años,
nosotros no vamos a vivir para siempre, y empezar a organizar tu propia vida
parece razonable. Hay muchísima gente que estaría encantada de tener un piso en
el centro sin tener que pagarlo.
JULIO.- Pues ponerlo en alquiler. Yo estoy bien en vuestra
casa.
IRENE.- ¡Se acabó! Papá y yo ya lo hemos decidido y no hay
más que hablar. Esta semana vamos a ver qué muebles se quedan y cuáles no,
traemos una contrata para que vacíe el piso y a ver si podemos empezar la
reforma antes del verano. En agosto te vienes aquí. Con el Metro llegas al
trabajo en veinte minutos. (Más suavemente) Vas a estar a gusto, Julio, y
nosotros también. Puedes venir a comer a casa cuando quieras, todos los días si
quieres, pero es mejor que pongamos un poco de distancia entre papá y tú, por
lo menos un tiempo, a ver si así mejora la relación.
JULIO.- ¡Pues vaya plan!
IRENE.- ¡Déjame intentarlo, Julio, ¿vale?!
JULIO.- ¡Vale, vale!
ACTO SEGUNDO
En la consulta del psiquiatra, siete años atrás. Alberto,
Irene y Julio sentados con el médico. Los tres escuchan muy interesados.
EL SIQUIATRA.- Bueno, Julio. Creo que hemos dado con tu
problema. Pero quiero que sepas que no es un problema serio, no es una
enfermedad mental, nada de eso. Lo que tienes es lo que llamamos complejo de
Edipo, y es una etapa más en la maduración de la personalidad de los seres
humanos. Es un momento en el que te sientes más unido a tu madre y más lejos de
tu padre. Al final el proceso se termina y se acaban los problemas.
ALBERTO.- ¿Entonces no es una enfermedad?
EL SIQUIATRA.- No, en absoluto. Es un proceso totalmente
normal en la maduración sexual. Muchos expertos opinan que todos pasamos por
ello, unos más tiempo y otros menos. No es una enfermedad, sino un proceso que
en el caso de Julio va algo más lento de lo habitual. Julio tiene veinte años,
así que tiene toda la vida para terminar su maduración y que se acaben vuestros
problemas de convivencia.
IRENE.- ¿Y qué hacemos mientras tanto?
EL SIQUIATRA.- Pues llevarlo con paciencia, Irene, porque hay
que darle tiempo a Julio para que termine su evolución a la madurez. Como os
digo, no es una enfermedad, de manera que no hay medicación para este proceso,
sólo hay que esperar a que la Naturaleza haga su trabajo.
ALBERTO.- ¿Y no se puede acelerar de alguna manera?
EL SIQUIATRA.- Hay técnicas que podrían ayudar. Un sicólogo
podría mantener sesiones con Julio que quizá acelerarían el proceso, siempre y
cuando Julio estuviera dispuesto a colaborar. Conmigo no ha colaborado mucho,
¿verdad, Julio?
Julio mueve la cabeza, negando, y calla.
EL SIQUIATRA.- No te preocupes, Julio, también es totalmente
normal que no hayas colaborado mucho conmigo. Tú quieres creer que no te pasa
nada, de manera que consideras que yo me estoy metiendo en donde no debería
meterme. Es normal, es lógico que pienses así. Confío en que dentro de poco
podáis venir a verme y a decirme que el proceso ha terminado y se han acabado
vuestros problemas. Y hazme caso, por favor, ir a ver al sicólogo, daño no te
va a hacer, y a lo mejor sí que te puede ayudar.
ALBERTO.- ¿Qué te parece, Julio? ¿Pedimos cita con un
sicólogo?
JULIO.- Bueno, no sé… Me lo voy a pensar.
Alberto mira al siquiatra con cara de entendimiento.
ALBERTO.- ¡Ya!... Gracias, doctor. Muchas gracias.
ACTO TERCERO
ESCENA PRIMERA
Alberto e Irene en el salón de su casa. Alberto está sentado
en la butaca, e Irene, de pie, habla con él mientras pasa un trapo por el
aparador, y va retirando cacharritos para limpiar por debajo.
ALBERTO.- Cuando tuvimos a Julio yo estaba muy ilusionado. Me
veía a mí mismo de niño, y veía a mi padre jugando conmigo de pequeño, y
hablando conmigo de mayor. Yo quería revivir eso con mi propio hijo. Pero Julio
y yo no hemos tenido un momento de complicidad jamás. O sea, de niño si, de
niño sí que hemos jugado juntos, yo le subía a los columpios, le enseñé a
nadar, a montar en bicicleta… Pero luego se acabó. Se acabó de golpe. Tengo
grabado en la cabeza cuando empezó a rechazarme. He pensado tanto en ello que
me duele la cabeza de recordarlo. Fue el Instituto. Cuando empezó a ir al
Instituto.
IRENE.- Eso es lógico. El complejo de Edipo nace con la
madurez sexual. Es cuando se rechaza al padre.
ALBERTO.- Pero ¿por qué? Yo no le he hecho nada.
IRENE.- Es una enfermedad, Alberto. O como lo quieran llamar.
ALBERTO.- Es una maldición. Yo iba con mi padre a todas
partes. Íbamos al fútbol, íbamos al cine, íbamos a las tiendas de bricolaje, me
enseñaba a cambiar un grifo, a arreglar un desconchón en la pared. Hablábamos
muchísimo, y me enseñó muchas cosas y nos entendíamos estupendamente. Todavía
hoy me emociona recordarlo.
IRENE.- Ya sé que te duele lo de Julio. Alberto, ¿cómo no te
va a doler?
ALBERTO.- Desde el Instituto. Siempre me ha rehuido y se ha
ido contigo. No me entiende, y yo no le entiendo a él. No le he hecho nada,
nada, y es mi hijo, pero es como si fuera un extraño. O yo para él. No lo
entiendo.
ESCENA SEGUNDA
En casa. Alberto, Irene y Julio están en el salón, Alberto en
la butaca, Julio en el sofá. Entra Irene y habla con los dos mientras pasea
nerviosamente.
IRENE.- Me acaba de llamar la contrata, que ya han terminado
la reforma, me han dejado las llaves en el buzón y nos mandarán la factura por
correo. Queda por pagar un pico. Tenemos que ir a ver cómo ha quedado todo.
Julio, ¿vienes conmigo?
JULIO.- No, he quedado con un amigo, vamos al cine.
IRENE.- Bueno, pues mañana por la tarde, cuando vuelvas del
trabajo.
JULIO.- Mañana he quedado con Laura.
IRENE.- Pues hijo, dime cuándo.
JULIO.- A lo mejor el sábado, por la mañana.
IRENE.- Pues el sábado por la mañana. Hoy es dieciséis. El
primero de agosto te mudas.
JULIO.- ¿Por qué tanta prisa? Tenía pensado irme una semana
en agosto a Benidorm.
IRENE.- ¡Pero si acabamos de volver de Denia!
JULIO.- Si, pero lo tenemos reservado hace dos meses. Laura y
yo.
IRENE.- Bueno, pues a tu vuelta, ¿Cuándo volvéis?
JULIO.- El doce.
IRENE.- Pues el trece te vas a casa del tío. El sábado vamos
a limpiar, y el trece te mudas.
JULIO.- ¿Me estáis echando?
ALBERTO.- Nadie te está echando, hijo. Estamos intentando
mantener un ten con ten que nos evite broncas. Ya lo hemos hablado, no vamos a
volver con la matraca. Cada vez estamos más distanciados tú y yo, y me estás
rompiendo el alma.
JULIO.- ¡Porque quieres dirigirme como si fuera una máquina!
No soy un robot, soy una persona, y tengo mis propias ideas.
ALBERTO.- Si, hijo, pero siempre contrarias a las mías.
IRENE.- No os enzarcéis, que os veo venir. Hemos hablado este
asunto suficientemente. El trece te mudas.
JULIO.- Pues me tendréis que echar. Yo no quiero irme a vivir
solo en ese piso.
IRENE.- ¿Cómo que no quieres?
JULIO.- Que no quiero, que quiero seguir aquí con vosotros.
Que yo allí solo me muero. Que no me gusta ni el barrio, ni el piso, ni vivir
solo. No me gusta nada de esto que habéis tramado entre los dos.
ALBERTO.- ¿Qué hemos tramado? Pero si lo llevamos hablando un
año.
JULIO.- Entre vosotros dos. A mí no me habéis preguntado, y
os he dicho veinte veces que no me apetece la idea, y me habéis ignorado, como
si fuera un mueble que se le lleva de un sitio a otro.
Alberto, indignado, levantando la voz
ALBERTO.- ¡Mira, Julio…!
Interviene Irene, cortando bruscamente a Alberto.
IRENE.- ¡Ya está bien! Alberto, déjalo que os veo venir.
Acabaréis a gritos, como siempre. Vamos a dejarlo por hoy. Julio, el sábado por
la mañana vienes conmigo a limpiar el piso.
JULIO.- Vale, voy contigo a limpiar el piso. ¡Pero no me
mudo! (levantando la voz).
ESCENA TERCERA
Alberto e Irene en el salón, leyendo o viendo la televisión.
Suena la puerta y entra Julio.
JULIO.- Hola
IRENE.- Hola, hijo. Llegas pronto.
JULIO.- Si, íbamos a ir al cine, pero al final hemos cambiado
de idea.
IRENE.- Me alegro, porque tengo que plantearte algo.
Siéntate.
JULIO.- ¿Es largo?
IRENE.- No lo sé, por eso te digo que te sientes.
Julio se sienta.
IRENE.- ¿Te acuerdas de la tía Rosario?
JULIO.- La del pueblo. Si, claro.
IRENE.- Pues resulta que está enferma. Muy enferma.
JULIO.- ¡Vaya! ¿Qué le pasa?
IRENE.- Pues que se está muriendo. Está ingresada, y no creen
que salga de ésta.
JULIO.- ¡Vaya! Tú la quieres mucho.
IRENE.- Mucho, me da muchísima pena. Y está sola en el
hospital, porque los sobrinos van a verla cuando salen de trabajar, pero se
tira todo el día sola. Así que he pensado en marcharme yo al pueblo para
acompañarla hasta que llegue lo que tenga que llegar.
JULIO.- Ya. Claro. Pobre tía.
IRENE.- Me voy pasado mañana, y no tengo ni idea de cuánto
puede durar el asunto. Me he pedido un mes de permiso en la oficina, pero antes
de irme tengo que ver cómo os organizáis papá y tú.
JULIO.- ¡Ya! ¡Caramba!
IRENE.- Eso mismo he pensado yo, ¡caramba! No podéis estar
los dos aquí un mes o más. Acabaría el tema como el rosario de la aurora. Y yo
no quiero que os peleéis. No quiero tener un problema cerca y tener que estar
pensando en otro problema de lejos.
JULIO.- ¿Y qué hacemos?
IRENE.- He hablado con tu tía Elena, y le he preguntado si
podrías ir a vivir con ella mientras yo esté fuera. La tía Elena vive sola, así
que para ella serás una compañía, tendrás tu cuarto y creo que estarás a gusto.
Y papá se queda en casa, y así si queréis veros os llamáis y os veis, y si no
queréis veros os quedáis cada uno en vuestro sitio.
JULIO.- Pues me parece muy bien. La tía Elena me cae bien.
IRENE.- Pues me alegro mucho, hijo. Esta vez me lo has puesto
fácil.
JULIO.- ¿Esta vez? ¿Sólo esta vez?
IRENE.- Si, hijo, sí. Solo esta vez. Y te lo agradezco mucho,
de veras, mucho.
ESCENA CUARTA
En casa de Alberto e Irene, están comiendo ellos dos, Elena y
Julio.
ELENA.- Lo que queríamos preguntaros Julio y yo es si
podríamos irnos a vivir a casa del tío Ignacio.
IRENE.- ¿Los dos?
ELENA.- ¡Claro, los dos! Ya nos hemos hecho a vivir juntos,
¿verdad, Julio?
JULIO.- Pues sí, la verdad es que estamos muy a gusto, nos
llevamos muy bien.
ALBERTO.- Hombre, llevas cuatro meses en casa de tía Elena,
si no os llevarais bien ya habrías salido de allí.
JULIO.- ¿Cuatro meses? No se me ha hecho tan largo. Nos
llevamos muy bien.
IRENE.- Cuatro meses. Yo estuve fuera veinte días, y cuando
volví dijiste que te quedabas un par de días más para despedirte, y han pasado
más de tres meses.
JULIO.- Pues se me han pasado volando.
ELENA.- Y a mí.
ALBERTO.- Sobre lo del piso, a ver, yo siempre había pensado
que ese piso fuera para ti cuando te cases. Lo de irte a vivir con la tía Elena
fue porque no querías ir allí a vivir solo.
JULIO.- Si, ya lo sé, pero de momento no tengo intenciones de
boda. No tengo novia siquiera.
ALBERTO.- Pero algún día pasará. ¿Sigues saliendo con Laura?
Laura me parece una chica estupenda.
JULIO.- Es una chica estupenda. Nos conocemos desde el
colegio y nos entendemos perfectamente. Salimos una o dos veces por semana, y
muchos fines de semana nos vamos a la sierra al chalet de sus padres, pero
todavía nos vemos muy jóvenes para pensar en bodas. O sea, que somos amigos, no
novios. Ya veremos más adelante.
IRENE.- ¿Y lo de iros al piso de Ignacio? ¿No estáis bien en
tu casa, Elena?
ELENA.- Estamos muy bien, pero mi sueldo cada vez me llega
para menos. El casero ya me ha avisado de que me va a subir el alquiler, porque
se están poniendo por las nubes y hace ya años que no me subía. Voy a llegar a
fin de mes difícilmente, y como la casa de tío Ignacio la tenéis vacía…
ALBERTO.-Claro, la verdad es que no habíamos pensado que
estás dando de comer a Julio. Somos unos inconscientes. Elena, creo que
deberíamos haberte pasado una cantidad cada mes.
JULIO.- No, eso no hace falta. Yo ya pongo todos los meses
trescientos euros de mi sueldo, para mis comidas. Quería poner más, pero la tía
Elena no me deja.
ELENA.- El asunto es que Julio y yo ya somos casi un
matrimonio. (Ríe) Nos llevamos muy bien, llevamos la casa entre los dos y la
casa del tío Ignacio nos permitiría ahorrar algo. Yo me ahorraría el alquiler,
y Julio ahorraría para su futuro. A vosotros os podríamos pagar un alquiler,
algo razonable, claro, y pagaríamos el agua, la luz, el IBI y todos esos
gastos.
ALBERTO.- No, a nosotros no tenéis que pagarnos nada. El piso
era del tío Ignacio y ahora pasa a Julio, es su herencia. Julio, ¿no querrás
volver a vivir con nosotros?
JULIO.- Papá, os quiero muchísimo. A los dos. He sido un niño
feliz, y gracias a vosotros dos. Pero Edipo, o Ulises, o Desdémona o quien
demonios sea nos hacía discutir. Habéis encontrado una solución estupenda con
mandarme con la tía Elena. Con la tía no discuto nunca, ni ella conmigo, y los
dos estamos muy a gusto. Ahora mismo no me planteo cambiar. Si mañana cambiara
algo, una novia, o lo que fuera, pues nos reunimos y lo volvemos a hablar, pero
de momento estoy soltero y sin compromiso, a gusto con la tía Elena, y tú y yo
no discutimos.
ALBERTO.-Si, es una bendición, porque nos estábamos perdiendo
el cariño... Pues no se me ocurre nada para que no podáis hacer la mudanza
cuando queráis. ¿A ti qué te parece, Irene?
IRENE.- Lo que habéis dicho, que les va a venir bien a los
dos. El piso es de Julio, así que es su decisión.
JULIO.- Pues que nos vamos.
ELENA.- ¡Qué bien! Ya tenemos casa, Julio. Cuando nos vayamos
a vivir allí me tendrás que entrar en brazos, como los recién casados.
JULIO.- Bueno, lo intentaré, tía, pero no sé si podré
contigo. Estás un poco tocha.
ELENA.- ¿Cómo se te ocurre? ¿Yo tocha? Sólo estoy rellenita.
IRENE.- A lo mejor puedes usar una carretilla, Julio, aunque
sea menos romántico.
Ríen todos.
ACTO CUARTO
ESCENA PRIMERA
Irene y Elena en casa del tío Ignacio, que ya está limpia,
pintada y decorada. Están sentadas a la mesa.
ELENA.- Pues fue muy fácil, Irene. Cuando me mandasteis a Julio
le enseñé mi casa, claro, y el cuarto donde iba a dormir, y me fijé en el
interés con el que miraba mis vestidos, tocando la tela, dándoles la vuelta…
demasiado interés para un chico; así que un día cogí el armario y coloqué todo
en un orden muy concreto. Por la tarde me fui al centro y le dije que volvería
muy tarde, hacia las diez, y él se quedó solo en la casa. A mi vuelta fui al
armario y, como yo pensaba, los vestidos estaban colgados de distinta manera.
IRENE.- o sea, que se los había probado.
ELENA.- Exactamente, se los había puesto. Al día siguiente,
me estaba ayudando en la cocina y le dije: “Julio, esos vaqueros deben ser muy
incómodos, ¿por qué no te pones algo más cómodo para estar en casa?” Y le traje
una de mis batas de seda. Le dije: “Mira, quédate en calzoncillos y échate la
bata por encima, verás qué cómoda es”. La miró asombrado, me miró fijamente y
se la puso. Ahora siempre está en casa con una bata, o con un vestido, con lo
que le apetece. Ya se ha comprado él un par de vestidos de su talla.
IRENE.- ¿Pero cómo se te ocurrió que el problema podía ser
ese?
ELENA.- Irene, llevo treinta años trabajando en un Hospital,
y he visto muchas cosas. He visto muchos chicos y chicas que llegan porque se
han tomado un frasco de pastillas por no poder soportar lo que han descubierto
de sí mismos.
IRENE.- ¡Qué horror! Pero el siquiatra nos dijo que era
complejo de Edipo.
ELENA.- Los siquiatras navegan en arenas movedizas de las que
no conocen ni su consistencia ni su profundidad. Hay trastornos de conducta que
se deben a problemas químicos en el cerebro, pero eso lo saben de forma
empírica, vamos, como los brujos que le daban hierbas a la gente a ver qué
pasaba.
IRENE.- No te entiendo. ¿Qué es la forma empírica?
ELENA.- Pues quiere decir que se sabe hace ya mucho tiempo
que tomando ciertas drogas se producen trastornos de conducta, como la
impulsividad, el comportamiento inapropiado o las alucinaciones, de manera que
tomando una droga antagonista se eliminan esos trastornos de conducta. Son las
esquizofrenias, el trastorno bipolar y otros parecidos. Pero en realidad se
desconocen las causas de esas enfermedades. No se sabe nada, aunque ahora se
están buscando los genes que los causan, porque esas enfermedades son hereditarias.
IRENE.- Ya.
ELENA.- Pero esos son los casos fáciles, Irene, porque hay
otros casos, como la identificación sexual, de los que no se conocen las
causas. No se ha encontrado ninguna droga que haga que los chicos se sientan
chicas o al revés, y además esto no es hereditario, de manera que no se sabe
cómo y porqué surge esa condición, y los siquiatras no saben cómo tratarlo. Los
tratamientos hormonales te cambian el cuerpo, pueden hacer que te salgan tetas
o que te salga barba, pero no pueden cambiar la autopercepción sexual.
IRENE.- ¿Pero entonces es una enfermedad?
ELENA.- No se sabe, y nadie se pone de acuerdo. La sociedad y
los mismos médicos están divididos sobre si se debe tratar o no, y hay todo
tipo de opiniones al respecto. Hay quien lo ve normal, hay quien cree que es
una enfermedad, hay quien cree que es una decisión personal que se debe
respetar y no intentar cambiarla… No, Irene, está claro que el siquiatra se
equivocó, pero no se le puede culpar demasiado.
IRENE.- Pero entonces, ¿Julio es consciente de su… condición?
ELENA.- Si que es consciente, si, y lo va asumiendo. Date
cuenta de que debe ser un proceso muy difícil, muy duro de aceptar; ya te he
contado que hay chicos que no lo superan, y a las enfermeras nos lo cuentan,
porque les resulta más fácil hablar con nosotras que con los médicos. Pero
desde luego Julio lo sabe, y lo va interiorizando, se va aceptando tal como es.
Es una chica en el cuerpo de un chico.
IRENE.- No hay como una madre para no ver lo que no quiere
ver. ¿Y habéis hablado del tema?
ELENA.- No, nunca. No hace falta, Irene. No tendríamos nada
que decirnos. Los dos sabemos lo que hay que saber y no necesitamos hablar del
asunto.
IRENE.- ¿Por qué no me ha dicho nunca nada? ¿Tiene miedo de
mí?
ELENA.- No, seguramente de lo que tiene miedo es de hacerte
daño. También por eso yo lo vi antes, porque no es mi hijo, es mi sobrino.
IRENE.- ¡Pobre Julio! Gracias, Elena, eres una bendición.
ELENA.- Si, pobre Julio. El chico debe llevar Dios sabe
cuántos años viviendo un infierno. En algún momento debió darse cuenta de que
no era como sus compañeros, en el colegio, o en la Universidad, donde fuera.
Por lo que me has contado, las peleas con su padre empezaron hace tiempo.
IRENE.- Si. Que yo recuerde, a lo mejor con catorce o quince
años.
ELENA.- Claro, con la madurez sexual, como es lógico. El vio
que no sentía el sexo como sus compañeros. Julio ha debido sufrir muchísimo en
vuestra casa teniendo que ocultarse a sí mismo; ahora está muy alegre, se ríe,
me cuenta chistes, vamos juntos a la compra, no se siente coartado para ser él
mismo… ella misma.
IRENE.- ¡Qué ciegos podemos llegar a ser los padres!
ELENA.- Pues sí, pero estáis a tiempo, no lo habéis perdido.
El chico os quiere, estoy convencida, siempre habla bien de vosotros; por eso
no se quería ir a vivir solo, pero nunca se ha atrevido a deciros nada porque
no sabe cómo lo vais a tomar. Le tiene miedo sobre todo a su padre, tiene miedo
de que le rechace.
IRENE.- ¡Pobre hijo mío! ¡Pobre Julio!
ESCENA SEGUNDA
En la casa reformada del tío Ignacio, han ido a comer Alberto
e Irene. Es el cumpleaños de Julio. Están los cuatro sentados a la mesa.
IRENE.- ¡Feliz cumpleaños, Julio! Te he comprado una tarta de
tres chocolates, de las que te gustan.
ELENA.- ¡Tres chocolates! ¡Y yo que estaba a plan!
JULIO.- Pues no la comas.
ELENA.- Claro. No la comas. ¡A la porra el plan!
Ríen todos.
IRENE.- También he traído
velitas. Un dos y un ocho. Son modelos distintos, pero no había iguales.
JULIO.- ¡Veintiocho tacos! Me estoy haciendo mayor.
ALBERTO.- Vamos a cambiar de tema, que si empiezo a pensar en
la edad me deprimo.
IRENE.- Tú eres un chaval, Alberto. Estás en la mejor edad.
Irene ha estado sacando la mesa, poniendo las velitas y ahora
las enciende. Julio las sopla.
TODOS.- ¡Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos
todos, cumpleaños feliz!
JULIO.- Gracias, gracias.
Se levanta y besa a los tres.
Alberto sacando una cajita de joyería del bolsillo:
ALBERTO.- Julio, mamá y yo tenemos un regalo para ti. Es una
pulserita de oro con tu nombre.
Julio hace un llamativo gesto de extrañeza.
ALBERTO.- Mamá la ha elegido, y yo la he llevado a grabar con
tu nombre.
Le da la caja. Julio les mira a los dos mientras la va
abriendo, saca la pulsera, mira el nombre, se sorprende. Levanta la cabeza y
mira primero a Elena, luego a sus padres, asombrado.
JULIO.- ¿Julia?...
¡Pone Julia!... ¡Julia!... Es preciosa.
Mira a la pulsera, mira a sus padres. Se la pone. Empieza a
llorar mirándola y se echa en brazos de su padre; luego acoge también a su
madre, llorando. Se funden los tres en un abrazo.
JULIO. - Gracias. Gracias, papá; gracias, mamá.
Se gira hacia Elena.
JULIO.- Gracias, tía Elena.
Vuelve a abrazarse a sus padres.
Elena, cruzada de brazos, con la mano derecha en la barbilla,
emocionada, mira la escena sonriendo.
Oscuro.
FIN

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