lunes, 19 de enero de 2026

La religión es el opio del pueblo, por José María Gómez

 

La religión es el opio del pueblo

(Sombra y arquetipo. La escena que el personaje no quiere vivir)



En Lhardy, en Septiembre de 1936, dos personas muy bien vestidas están comiendo un cocido, que se come con los tres vuelcos tradicionales: la sopa, los garbanzos con la carne y la verdura. El cocido ya está avanzado y acaban de empezar la segunda botella de un Castillo de Igay del 35. Los vapores de comida y bebida están ya haciendo agujeros en las entendederas de los comensales, que charlan con bastante desparpajo y elevado tono, incordiando a los comensales de las mesas cercanas, que les miran con cierto rencor pero no tienen la menor intención de llamarles la atención, en parte porque en la mesa de al lado de los dos comensales se sientan cuatro fusileros con mono azul y los fusiles apoyados en la pared cercana, mientras comen unos bocadillos y vigilan a las dos personas bien vestidas.

La pareja, que son hombre y mujer, son dirigentes del PCE y están charlando sobre las recientes elecciones, en las que dos miembros del Partido han sido elegidos ministros, lo que les augura un camino sencillo y rápido hasta la consecución de objetivos tan ambiciosos como los que les exige alcanzar la Unión Soviética, que quiere utilizar España como país de desembarco en Occidente para desde ella ir expandiendo el comunismo universal. Los dos dirigentes hablan a voz en grito:

S: En esta legislatura tenemos que conseguir la eliminación radical de la enseñanza religiosa. Estamos siendo blandos y los fascistas siguen teniendo curas engañando a los niños, creando colegios falsamente seculares.

D: Ayer estuve hablando con José, que lleva Instrucción Pública, para que cierre de inmediato cualquier centro donde se hable de Religión. Parece que Azaña le presiona para que lo deje estar.

S: Don Manuel que siga en su Palacio de Oriente y no se meta en política. Por eso le hicimos Jefe del Estado, para sacarle del Gobierno, y como es un engreido, se lo creyó y se comió el cargo con patatas. Ahora ya no puede mandar en el Gobierno.

D: Eso os lo dijeron de Moscú, ¿verdad?

S: Si. La gente del PCUS es inteligentísima, y tienen una estrategia diseñada para que vayamos tomando el poder poco a poco.

D: Y los facciosos, ¿qué vamos a hacer con ellos?

S: Nos van a mandar tropas y armamento. Los facciosos no tienen nada que hacer contra los estrategas militares rusos.

D: ¡Ah, qué bien!

S: Por eso no podemos dejar que la religión siga infectando a la sociedad. Los mitos del pueblo hay que arrancarlos de raíz. ¿Cómo puede nadie creer en dioses y mitos en el tiempo que corre? Se han quedado en la Edad Media. No hay dioses, y además todos los hombres tenemos que ser iguales, con los mismos derechos, nadie puede mandar sobre nadie ni obligarle a creer en cosas irracionales. La dictadura del proletariado empezará eliminando mitos y jefaturas inadecuadas, y que cada persona sea dueña de sus actos y sus pensamientos, sin falsos credos, sin dueños ni jefes de ningún tipo.

D: Hay gente muy inculta.

S: Te voy a mandar un borrador con la primera lista de prohibiciones que estoy preparando para cuando tengamos mayoría en las Cortes. Todavía me faltan muchas cosas, pero ya llevo ciento doce prohibiciones. Ahora lo tengo que someter a los jefes del Partido y a Moscú, a ver qué me dicen. Espero que me lo aprueben.

D: Eres muy trabajador, camarada.

S: Tengo que serlo, para erradicar creencias falsas y mitos y para establecer una Sociedad sin clases, en la que todos los hombres sean iguales.

D: ¡Qué bien hablas!

S: Gracias, camarada.

En ese momento, un gato negro sube por las escaleras y avanza tranquilamente por el comedor dirigiéndose hacia la puerta de la cocina. El camarada S se levanta de golpe y le mira con el espanto reflejado en su cara.

S: ¿Qué es eso?

D: El gato del dueño. Se llama Michi.

S: Pero ¿qué hace aquí? – dice S haciendo los cuernos con los dedos dirigidos hacia el gato.

D: Siempre está por aquí.

S sigue mirando al gato, que no se inmuta. S cruza los dedos hacia el gato y escupe en el suelo. Finalmente, coge el salero y echa sal por encima de su hombro izquierdo.

 S: ¡Vámonos! Este gato me ha mirado.

D: ¡Sólo es un gato!

S: ¡El demonio! Es el demonio encarnado en un gato. ¡Vámonos!


S sale corriendo escaleras abajo, mientras D le mira asombrada.


FIN

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