Madrileñas ilustres
MARÍA DE LA O LEJÁRRAGA
GREGORIO Y YO (Microteatro)
Estamos en 1964 en Buenos Aires. María tiene noventa años y recibe a
una periodista en su domicilio. María está sentada en un sillón de orejas
ubicado al lado de una mesa camilla, adormilada. Encima de la mesa camilla, una
foto muy grande de Eva Perón, en la que se observa una dedicatoria. Por detrás
del sillón de orejas cuelga en la pared una fotografía ampliada de Gregorio
Martínez Sierra, y a su derecha un calendario con el escudo del Boca Juniors y
una fecha: 1964. Se abre la puerta de la izquierda del escenario y entra una
chica joven con un bolso, que según entra se vuelve hacia alguien que está fuera
de la habitación y dice:
ANGELA: Gracias. No,
no la despierto, la dejo dormir.
Cierra la puerta con cuidado, entra y se sienta en una silla que hay
cerca del orejero, mirando hacia María. Abre el bolso, saca un aparato grabador
de sonido y lo pone en marcha. Cuando coge un cenicero que hay sobre la mesa
para colocar la grabadora encima de él, mirando hacia María, hace un ligero
ruido que despierta a María, que abre los ojos, la ve y dice:
MARIA: Buenas tardes.
¿Quién es usted?
ANGELA: Buenas
tardes, doña María. Me llamo Angela Ortiz. Soy periodista. Hablé ayer con
usted.
MARIA: ¡Ah, sí, ya me
acuerdo! Me he quedado traspuesta, perdone.
ANGELA: Nada, nada,
no tengo prisa.
María se endereza en el orejero, mira la grabadora y dice:
MARIA: Pues pregunte
usted... O si no, mejor me presento yo. Me llamo María de la O Lejárraga, tengo
noventa años y soy escritora.
Angela dice:
ANGELA: Gracias, doña
María. ¿Y qué escribe usted?
MARIA: ¡De todo!
Teatro, mucho teatro, pero también cuentos, y novelas, y libros sobre la
liberación de la mujer y artículos de prensa. ¡Y escribí el libreto de “El amor
brujo”, una ópera de Manuel de Falla!
Suena la música de “El amor brujo”, y María se queda escuchando. Luego
canta. De vez en cuando da una palmada, con ademanes de persona muy mayor, pero
alegremente:
MARIA: La luna es un
pozo chico, las flores no valen nada, lo que vale son tus brazos cuando de
noche me abrazan.
Se echa a llorar calmadamente.
ANGELA: ¿Está usted
bien?
MARIA: Si, si, claro
que sí. Es que Manuel me quería mucho, y me acuerdo mucho de él.
ANGELA: ¿Manuel de
Falla?
MARIA: Si, ese. Pobrecito,
nunca le di a probar nada... Le llevé a Granada, y se enamoró de Granada. Pero
nunca le di nada...
ANGELA: ¿Nada de qué?
MARIA: De nada. Deja,
deja, son cosas mías. – Tras una pausa, continúa – En aquella época yo
conocía a muchísima gente del mundo intelectual, y trabajé con muchos de ellos.
Recuerdo a Turina, y a Jacinto... Jacinto Benavente, quiero decir. En casa de Juan
Ramón Jiménez fundamos una revista y allí publicaban Emilia Pardo Bazán,
Antonio Machado, Jacinto, los hermanos Quintero... Y luego trabajé con Eduardo
Marquina, con Carlos Arniches, con Joaquín Turina... con Turina hice un drama
lírico que se llamaba “Margot”... muchísima gente. En aquella época éramos muy
conocidos Gregorio y yo.
Angela vuelve a preguntar:
ANGELA: Doña María, usted
ha escrito un libro, “Una mujer por caminos de España”.
MARIA: Si. Unas
memorias, hace ya más de diez años. Después escribí otras memorias de mi vida
con mi marido, Gregorio Martínez Sierra, que se llaman “Gregorio y yo”.
ANGELA: Si, también
lo he leído. Pero no dice usted en sus memorias por qué escribía usted obras a
las que les ponía el nombre de su marido.
MARIA: No, no lo
digo.
ANGELA: Entonces,
doña María, yo también tengo que hacerle la pregunta que siempre le hacen a
usted: ¿por qué escribía usted con el nombre de su marido?
MARIA: Bueno, no
siempre. Tengo muchas cosas publicadas con mi nombre, María de la O Lejárraga.
ANGELA: Si, lo sé, y
muchas otras como María Martínez Sierra.
MARIA: Si, eso es. Y
otras con el nombre de Gregorio. Y otras las firmábamos los dos a la vez. De
todo.
ANGELA: Pero ¿por
qué? No lo explica usted.
MARIA: A lo mejor es
que no lo quiero explicar – dice María con una amplia sonrisa – No,
mire, le digo: al principio escribíamos los dos, muchas obras de teatro las
hicimos entre los dos. Luego Gregorio tenía que llevar el teatro, porque
habíamos comprado entre los dos el Teatro Lara, y Gregorio tenía mucho trabajo
y poco tiempo, así que algunas obras las hice yo sola mientras él trabajaba. Y
luego creamos una compañía de teatro. Y Gregorio tenía que ir todos los días al
teatro a controlar al director, y a los actores, y a los empleados, y al
público. Y con la compañía de teatro y las giras internacionales y los
contratos y los viajes había muchísimo que hacer. Nos repartíamos el trabajo.
ANGELA: Pero eso era
perder usted los derechos sobre su obra.
MARIA: No, ¡qué va!
Gregorio incluso lo firmó en un papel que eran obras mías. Porque la niña,
Katia, quería cobrar los derechos, que eran míos, y le puse un pleito. Pero lo
perdí, porque era un documento privado, que no valía para una herencia.
ANGELA: Y entonces, ¿qué
pasó con Gregorio?
MARIA: No, eso fue
cuando Gregorio ya se había muerto, por eso la niña quería cobrar ella los
derechos. Gregorio se murió muy pronto, en el 47.
ANGELA: Pero ustedes
se seguían llevando bien.
MARIA: Claro, toda la
vida. Yo le quería mucho. Siempre le quise mucho, desde que nos casamos cuando
yo tenía veintiséis años y Gregorio diecinueve. ¡Diecinueve años, hija mía!
Casi se lo arranqué a la madre de los brazos...
ANGELA: Pero se
querían ustedes.
MARIA: ¡Claro, claro!
Por eso nos casamos.
ANGELA: Y luego él la
abandonó a usted...
MARIA: Si, se fue con
Catalina. Catalina era una actriz extraordinaria. Éramos los tres muy amigos.
Gregorio y yo la queríamos mucho, era muy mona y muy dulce y también nos
quería. Hizo muchísimas obras nuestras. Y entre los tres montamos el Teatro del
Arte, hicimos muchas giras por Europa y América y nos fue muy bien.
ANGELA: Pero... usted
¿cómo se lo tomó?
MARIA: ¿Que se
juntaran? Bien, bien. Eran más jóvenes que yo y se querían mucho, y querían
tener hijos... y tuvieron una hija, una niña, Katia. Catalina se divorció de su
anterior marido, porque cuando la conocimos estaba casada, pero Gregorio no se
divorció de mí. Seguimos casados hasta que se murió... Los tres nos queríamos
mucho.
ANGELA: Ya... A ver,
doña María, es que no acabo de entender... ¿se querían los tres?
MARIA: Eso es. No hay
nada que entender. Nos queríamos los tres y trabajamos juntos muchas veces y
nunca nos peleamos por nada.
Angela se queda callada unos instantes, pensando, y vuelve:
ANGELA: Pero
entonces, ¿por qué escribía usted con el nombre de Gregorio?
MARIA: Ya te lo he
dicho, hija, nos queríamos los tres.
ANGELA: ¡Pero es que
no me aclara usted nada! – dice Angela, broncamente.
María se ríe abiertamente dándose palmadas en los muslos. Luego coge la
mano de Angela entre las dos suyas, se inclina hacia ella y dice:
MARIA: A lo mejor es
que estás intentando que diga algo que yo no quiero decir, niña.
ANGELA: No
entiendo...
MARIA: Pues mira... Seguramente
tú, antes de venir, ya tenías redactado el titular de la entrevista, o el
título de la novela que quieres escribir sobre mí, pero resulta que ese título
o ese titular no te van a valer. – Y vuelve a reírse abiertamente - A
ver cómo te lo explico... – echándose hacia atrás en la butaca – Yo he
escrito con mi nombre siempre que he querido. En 1899 ya publiqué una novela,
“Cuentos breves”, y me costó mucho publicarla, como le cuesta mucho a todo el
mundo publicar su primera novela. Pero yo lo hice, con veinticinco años y antes
de casarme con Gregorio. Ese mismo libro luego lo he vuelto a publicar con el
nombre de Gregorio – dice, tras una larga pausa - Y después he publicado
mil cosas como María Lejárraga, y otras mil como María Martínez Sierra, y otras
mil como Gregorio Martínez Sierra, y mil más con los nombres de los dos. Lo que
me ha ido pareciendo.
Angela se queda callada con la cabeza baja y María sigue mirándola con
una sonrisa muy abierta. De pronto, vuelve a sonar El amor brujo, y María
vuelve a cantar, balanceándose en la butaca:
MARIA: Lo mismo que el
fuego fatuo, lo mismito es el querer.
Se vuelve hacia Angela y le dice, con mucha alegría:
MARIA: La letra la
escribí yo, y luego Manuel le puso una música preciosa. – Vuelve a cantar,
levantando las manos como si bailara - Le huyes y te persigue, le llamas y
echa a correr. ¡Lo mismo que el fuego fatuo, lo mismito es el querer!
Angela vuelve a suspirar hondamente, se repone y continúa cansinamente,
como abandonando su anterior intento:
ANGELA: Hábleme usted
de su paso por la política, doña María.
MARIA: Mi paso por la
política... fue muy corto. Yo había estudiado en la Asociación para la
Enseñanza de la Mujer, que era una institución antecesora de la Institución “Libre
de Enseñanza”. Eso era hacia 1890. En aquella época el socialismo estaba naciendo
y a mí me gustaron sus ideales, y luego estuve en Bélgica y conocí las Casas
del Pueblo de allí, hacia 1905, ya con treinta años y las ideas muy claras. Y
lo que me atrajo sobre todo fue la idea de la liberación de la mujer de los
asuntos domésticos, además de disminuir las diferencias entre las clases
sociales. Y me dediqué a escribir sobre esos asuntos y he estado toda la vida
escribiendo sobre ellos.
ANGELA: He leído
algo. Sus Cartas a las mujeres de España siguen siendo un referente obligado.
MARIA: Muchas
gracias, niña. Pues en esos temas seguí y luego me apunté al PSOE y me
eligieron diputada en 1933, y en el 36 me mandaron a Berna como agregado de la
Embajada, y allí me pilló la Guerra Civil.
ANGELA: De su paso
por la política, ¿qué recuerda?
MARIA: Que eran unos
tiempos muy difíciles para todo el mundo. En Europa convivían planteamientos
extremos, desde el fascismo al comunismo, y se veía venir que algún día iban a
chocar, lo sabía todo el mundo. Los socialistas alemanes estaban resentidos por
haber sido derrotada Alemania en la Primera Guerra Mundial y no querían pagar
las reparaciones de guerra, así que se habían vuelto hipernacionalistas, y los
soviéticos estaban eufóricos por haber ganado la Revolución de Febrero contra
todos los países occidentales que habían mandado tropas contra ellos, así que
se habían vuelto bolcheviques y
empezaron a mandar dinero a todas partes para desestabilizar a las
democracias occidentales, como había hecho Guillermo II con Lenin. Así que
todo el mundo sabía que iba a haber guerras, porque unos y otros tenían que
chocar. Y chocaron en todo el mundo, pero en España antes, por desgracia para
nosotros. A nosotros nos pilló en medio de ese enfrentamiento porque todo el
mundo se dedicaba a echar leña a nuestros propios fuegos que ya teníamos hacía
muchos años.
ANGELA: Usted
coincidió con personajes políticos importantes, como Dolores Ibárruri.
MARIA: Si,
coincidimos en el Comité Nacional de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo.
Pero Dolores era una política activa y yo no. Yo estaba en política por mi
adhesión a la causa del feminismo y a la eliminación de las diferencias
sociales. Y cuando estalló la guerra ya no volví a España, no viví aquel
horror. Y cuando estalló la Segunda Guerra Mundial yo estaba en Francia, pero
enseguida me marché a Méjico.
ANGELA: Ha vivido
usted en muchos países. ¿Está a gusto en Buenos Aires?
MARIA: Uy, si, muy a
gusto, ya llevo aquí trece años... Y no, en muchos países no... Bueno, en
algunos. He vivido en París, y en Berna cuando era agregada de la embajada. El
PSOE me mandó allí, pero luego estalló la guerra. Y estuve en Bélgica, y luego
en Niza, y luego me fui a Estados Unidos, y a Méjico, y luego ya me vine a
Buenos Aires y aquí me quedé. En Estados Unidos estuve a gusto, porque me
estrenaron cinco o seis obras, y Catalina hizo muchas películas allí. En castellano,
películas en castellano, cuatro o cinco.
ANGELA: Hábleme usted
de Disney. Creo que trabajó usted para ellos.
MARIA: ¡No, que va!
Yo quería, pero los americanos no. Pero se quedaron con mi historia, los
puñeteros.
ANGELA: ¿Le robaron
la idea?
MARIA: Eso es. Yo les
mandé un guion, “Merlín y Viviana”, y lo rechazaron. Pero luego sacaron una
película que era clavada a mi idea, “La dama y el vagabundo”.
ANGELA: Y ¿qué hizo
usted?
MARIA: Fastidiarme,
hija. Disney tiene muchos abogados, ¡a ver quién se mete con ellos...!
ANGELA: Ya, claro.
Tienen mucho dinero.
MARIA: Mucho,
muchísimo. Pero dime, hija, tu ¿para quién trabajas?
ANGELA: Para
Televisión española, doña María.
MARIA: Y esto ¿va a
salir en la tele?
ANGELA: No, es para
escribir un libro sobre usted y otras mujeres de la República.
MARIA: ¡Ah! ¿Y te lo
van a publicar?
ANGELA: En España no,
pero a lo mejor me lo publican en Francia, con un nombre falso.
MARIA: Claro.
Mientras viva Franco...
ANGELA: Si. Mientras
viva Franco, sobre una mujer republicana, diputada del PSOE y propagandista del
feminismo creo que en España no se va a poder publicar nada, doña María.
MARIA: Eso creo yo
también. A ver quién se muere antes, él o yo. Tengo casi veinte años más que
él, pero me encuentro muy bien. Y él ya debe tener achaques. Los hombres viven
menos, fíjese usted mi pobre Gregorio.
ANGELA: Pues esperemos
que viva usted más tiempo que él.
MARIA: Eso digo yo.
Angela no quiere terminar sin intentarlo de nuevo:
ANGELA: A ver, doña
María. Ha escrito usted cientos de obras, pero no ha explicado por qué escribía
usted con el nombre de su marido. ¿No cree usted que la gente tiene derecho a
saber por qué cedía usted sus obras al nombre de su marido?
Doña María se queda pensando y luego dice con rotundidad:
MARÍA: No. Entiendo
que tengan curiosidad, o morbo, pero derecho no. Ninguno. Si pensara que lo
tienen yo no le quitaría nunca ningún derecho a la gente. Pero en este caso no
lo tienen. Por eso yo no lo explico.
ANGELA: Pero la gente
se lo va a seguir preguntando; ¿se da usted cuenta?
MARIA: Claro que me
doy cuenta, hija, claro que me doy cuenta. Pero hay gente que lo sabe...
ANGELA: ¡Ah, ¿sí?!
¿Quién lo sabe?
MARIA: Mujer... Lo
sabe Catalina. Catalina lo sabe. Y Gregorio... y yo.
FIN
