miércoles, 21 de enero de 2026

¡AVE MARÍA!, por Pepa

 




¡AVE MARÍA!


Por megafonía se oye: "Tren Alvia con destino a Huelva situado en el andén 1, vía 1 va a efectuar su salida en 5 minutos".

Pasajera se sube al tren con aspecto cansado.

Se cruza con otro pasajero que ha llegado corriendo

        ● Que alivio, uno que sale en hora.

Ambos asienten

El reloj de la estación marca las 18.15 del Domingo 18 de enero. Pasajera coloca una pequeña bolsa de viaje de color amarillo en el portaequipajes superior, se quita su abrigo, se sienta colocándose el abrigo doblado encima de las rodillas. Del bolso de mano que lleva cruzado saca el móvil, se sumerge en él.

Gritos de niños procedentes de los asientos situados tras ella.

Gesto displicente por parte de la Pasajera

        ● Menudo viaje nos espera - Suspira y vuelve al móvil.

Niños:

        ● Déjame Manolito

        ● María dame agua

        ● ¡No quiero! la cantimplora rosa es la mía.

        ● Dame, dice mientras se abalanza a quitársela.

Madre

        ● Por favor callaros, sentaros, que estáis molestando, María ¡Por favor! dale agua a tu hermano.

        ● ¡Que no!

Madre

        ● Manolito ahora cuando arranque el tren que abrirán el vagón cafetería voy y te compro una.

Continúa el griterío de los chiquillos.

El tren arranca, se nota como va tomando velocidad.

Pasajera comenta en alto

        ● Por favor, ¿puede educar Vd. a sus hijos? - mientras taconea nerviosa en su asiento.

        ● Perdón.

        ● Es cuestión de educación.

        ● Son niños.

        ● Claro, y entonces los demás tenemos que hacer un viaje de mierda.

En ese momento por megafonía se escucha: “Señores pasajeros, el vagón cafetería acaba de abrir”

Se ve que el tren ya va a velocidad crucero.

        ● ¡Por favor! Os lo digo por última vez portaros bien, no gritéis, ni os mováis. Mamá vuelve en 5 minutos, además del agua os voy a comprar chocolate

        ● Eso, señora.

En ese momento por el pasillo pasa una tripulante del tren.

        ● Perdona, ¿me puedes dar unos cascos?; a esos niños no hay quien los aguante.

        ● Ahora mismo se los traigo.

La madre se levanta, se dirige a ella:

        ● Señorita ¿me puede decir en qué vagón está la cafetería?

        ● En el número 2; vaya tranquila, yo les echo un vistazo.

        ● Muchas gracias.

        ● Por favor - dirigiéndose de nuevo a sus hijos - portaros bien.

Al pasar a la altura de la Pasajera, esta dice:

        ● ¡Ya le vale!

Madre sale del vagón.

El tren empieza a vibrar.

Pasajera de pie, ya ostensiblemente nerviosa, pregunta al tripulante: ¿Es esto normal? Yo hago este trayecto con frecuencia.

Pero antes de que le de tiempo a contestar se oye un terrible estruendo seguido de un frenazo; todo y todos salen despedidos por los aires, móvil, abrigo, zapatos, Pasajera se lanza a por su maleta amarilla, en ese momento se va la luz. Se encienden las de emergencia, es noche cerrada.

Solo se escuchan gritos; ella tras el salto cae a la altura de los niños que, aterrorizados, es la primera vez que en todo el viaje están callados y sentados, María abraza a Manolito.

Pasajera les pregunta:

        ● ¿Estáis bien?

La niña mira a Manolito mientras le dice a la Pasajera:

        ● Tiene pupa. ¿Y mamá?

La Pasajera les abraza fuerte en silencio, con toda la dulzura que nunca fue capaz de exteriorizar.

        ● Se oye a Maria: ¿Quieres agua? Manolito no me contesta.




lunes, 19 de enero de 2026

La religión es el opio del pueblo, por José María Gómez

 

La religión es el opio del pueblo

(Sombra y arquetipo. La escena que el personaje no quiere vivir)



En Lhardy, en Septiembre de 1936, dos personas muy bien vestidas están comiendo un cocido, que se come con los tres vuelcos tradicionales: la sopa, los garbanzos con la carne y la verdura. El cocido ya está avanzado y acaban de empezar la segunda botella de un Castillo de Igay del 35. Los vapores de comida y bebida están ya haciendo agujeros en las entendederas de los comensales, que charlan con bastante desparpajo y elevado tono, incordiando a los comensales de las mesas cercanas, que les miran con cierto rencor pero no tienen la menor intención de llamarles la atención, en parte porque en la mesa de al lado de los dos comensales se sientan cuatro fusileros con mono azul y los fusiles apoyados en la pared cercana, mientras comen unos bocadillos y vigilan a las dos personas bien vestidas.

La pareja, que son hombre y mujer, son dirigentes del PCE y están charlando sobre las recientes elecciones, en las que dos miembros del Partido han sido elegidos ministros, lo que les augura un camino sencillo y rápido hasta la consecución de objetivos tan ambiciosos como los que les exige alcanzar la Unión Soviética, que quiere utilizar España como país de desembarco en Occidente para desde ella ir expandiendo el comunismo universal. Los dos dirigentes hablan a voz en grito:

S: En esta legislatura tenemos que conseguir la eliminación radical de la enseñanza religiosa. Estamos siendo blandos y los fascistas siguen teniendo curas engañando a los niños, creando colegios falsamente seculares.

D: Ayer estuve hablando con José, que lleva Instrucción Pública, para que cierre de inmediato cualquier centro donde se hable de Religión. Parece que Azaña le presiona para que lo deje estar.

S: Don Manuel que siga en su Palacio de Oriente y no se meta en política. Por eso le hicimos Jefe del Estado, para sacarle del Gobierno, y como es un engreido, se lo creyó y se comió el cargo con patatas. Ahora ya no puede mandar en el Gobierno.

D: Eso os lo dijeron de Moscú, ¿verdad?

S: Si. La gente del PCUS es inteligentísima, y tienen una estrategia diseñada para que vayamos tomando el poder poco a poco.

D: Y los facciosos, ¿qué vamos a hacer con ellos?

S: Nos van a mandar tropas y armamento. Los facciosos no tienen nada que hacer contra los estrategas militares rusos.

D: ¡Ah, qué bien!

S: Por eso no podemos dejar que la religión siga infectando a la sociedad. Los mitos del pueblo hay que arrancarlos de raíz. ¿Cómo puede nadie creer en dioses y mitos en el tiempo que corre? Se han quedado en la Edad Media. No hay dioses, y además todos los hombres tenemos que ser iguales, con los mismos derechos, nadie puede mandar sobre nadie ni obligarle a creer en cosas irracionales. La dictadura del proletariado empezará eliminando mitos y jefaturas inadecuadas, y que cada persona sea dueña de sus actos y sus pensamientos, sin falsos credos, sin dueños ni jefes de ningún tipo.

D: Hay gente muy inculta.

S: Te voy a mandar un borrador con la primera lista de prohibiciones que estoy preparando para cuando tengamos mayoría en las Cortes. Todavía me faltan muchas cosas, pero ya llevo ciento doce prohibiciones. Ahora lo tengo que someter a los jefes del Partido y a Moscú, a ver qué me dicen. Espero que me lo aprueben.

D: Eres muy trabajador, camarada.

S: Tengo que serlo, para erradicar creencias falsas y mitos y para establecer una Sociedad sin clases, en la que todos los hombres sean iguales.

D: ¡Qué bien hablas!

S: Gracias, camarada.

En ese momento, un gato negro sube por las escaleras y avanza tranquilamente por el comedor dirigiéndose hacia la puerta de la cocina. El camarada S se levanta de golpe y le mira con el espanto reflejado en su cara.

S: ¿Qué es eso?

D: El gato del dueño. Se llama Michi.

S: Pero ¿qué hace aquí? – dice S haciendo los cuernos con los dedos dirigidos hacia el gato.

D: Siempre está por aquí.

S sigue mirando al gato, que no se inmuta. S cruza los dedos hacia el gato y escupe en el suelo. Finalmente, coge el salero y echa sal por encima de su hombro izquierdo.

 S: ¡Vámonos! Este gato me ha mirado.

D: ¡Sólo es un gato!

S: ¡El demonio! Es el demonio encarnado en un gato. ¡Vámonos!


S sale corriendo escaleras abajo, mientras D le mira asombrada.


FIN

domingo, 18 de enero de 2026

GALILEO Y KEPLER, por Angel Martínez de la Torre

 

EJERCICIO. VER Y ESCRIBIR TEATRO. ENERO 2026

ANGEL MARTÍNEZ DE LA TORRE

ESCENA DE ARQUETIPOS PERSONA/SOMBRA

 

La sombra habla a través de otro (Desdoblamiento dramático)

Objetivo Trabajar la sombra como proyección: otro personaje dice o hace lo que el protagonista no se permite.

Consigna Escribir una escena donde:

• El protagonista defiende una postura “correcta”

• Otro personaje exagera esa postura o la lleva a una

 

PERSONA.- KEPLER 1571-1630

- Valora el conocimiento y aporta su toque.

- Personalidad transformadora con enfoque filosófico y reflexivo.

- Aspira a conocer el funcionamiento del mundo y a darlo a conocer

- Carismático

SOMBRA.- GALILEO (1564-1642)

- No es capaz de prever las consecuencias negativas de sus descubrimientos.

- Manipulador

- Egoista

- Capaz de distorsionar lo cotidiano y convertir lo bueno en malo

- Miedo a ser percibido como ignorante

- Temor a estar equivocado

 

ESCENA

La escena transcurre en Florencia, en la casa de Galileo. donde está viviendo los últimos días antes de la amenaza de prisión por el Papa Urbano II. Kepler intenta convencerle de que abandone la pugna que mantiene con la Iglesia respecto a su teoría heliocéntrica.

(Galileo está sentado, con la mirada perdida. Está oscureciendo. En la mesa, la llama de una vela titila. La luz tiembla en la estancia. Llaman a la puerta. Se levanta y acude a abrir).

Galileo Galilei, G.

Johanes Képler, K.

 

G.- Por fin has llegado, Johan; llevo días esperándote. Dame un abrazo, amigo.

(Kepler se sacude el agua del amplio ropón que viste y le abraza)

K.- No veía el momento de llegar. Y esta guerra maldita; todos los caminos están bloqueados.

(Galileo le señala una silla junto a la suya y ambos se sientan)

G.- Violante, acércate, mi invitado ya ha llegado. Toma su ropón, que se seque y se caliente (le ayuda a quitarse el abrigo).

(La muchacha entra en escena. En silencio, recoge el abrigo de Kepler y sale).

G.- No he salido de casa en todo el día, esperando tu venida.

K.- No seas melodramático, los guardias del Papa no se mueven de tu puerta.

G.- Era una metáfora, Johan; al norte del Rhin os falta el sentido de la épica.

(Ambos sonríen y juntan sus manos).

G.- ¿Café caliente? Me lo traen directamente de La Española.

K.- Nunca lo he probado. Dicen que nubla el entendimiento.

G.- Pruébalo; néctar de dioses, ahora que Urbano no me oye. Además, tu entendimiento es inmenso, nada temas por perder parte. (Grita en dirección a la puerta interior) Violante, sírvenos una taza de ese café que tengo guardado bajo llave, animemos a nuestro viajero.

K.- Si, lo probaré. Falta me hace.

G.- Ha debido ser un largo viaje, amigo.

K.- Y peligroso, esta guerra parece que nunca va a acabar. Dios mío, ¿por qué has permitido esta sinrazón? (Kepler mira al cielo y se santigua).

G.- Déjalo, Johan, no hablemos de ello.

K.- Si, que las peleas entre Urbano y Lutero las resuelva el Altísimo. Nosotros nada podemos hacer.

(Violante aparece con dos tazas de café. Las deja en la mesa y sale.).

K.- Muy bueno, muy reconfortante.

G.- ¿Por qué has venido, Johan?

K.- Porque te quiero, respeto tu intelecto, y temo que tu intransigencia te destruya.

G.- ¿Sólo por eso hiciste este largo viaje?

K.- Arriesgas a consumirte en una prisión del Vaticano. Urbano II es un político, por mucho que te admire. Te crees tan sabio que ignoras las prioridades del Papa.

G.- Nunca me abandonará; sabe que tengo razón. Tú también lo sabes.

K.- Te dejará tirado porque sus prioridades son otras. ¿Cómo se puede ser tan engreído?

(Silencio).

G.- Copérnico tenía razón. Lo he comprobado cien veces. La Tierra se mueve.

K.- ¿Y?

G.- Que no puedo ni debo callar; la Historia me juzgará. Ptolomeo estaba equivocado. Es imposible demostrar los movimientos de los planetas con su absurda teoría.

K.- ¿Y?

G.- Pues que no estoy dispuesto a callar. Por Dios que nos lo estoy.

K.- Arrogante.

G.- Contemporizador.

K.- ¿Y?

G.- Tengo a la verdad de mi parte.

K.- ¿Y?

G.- Que sabes que tengo razón. Tú mismo lo has comprobado. Tus cartas lo atestiguan.

K.- Y me he callado, estúpido. Y nadie me molesta. Y sigo vivo. Y Ticho Brahe sufraga mis investigaciones. Y vivo en su castillo rodeado de lujos. ¿Sigo?

G.- La Tierra gira alrededor del Sol.

K.- (Bajando la voz) Galileo, eres un necio. Eso ya lo sabemos tu y yo.

G.- Y la luna gira alrededor de la Tierra. También lo he comprobado.

K.- Pero el mundo en que vivimos es más que eso.

G.- Y he descubierto Júpiter. ¿Quién se ha creído que es Urbano II para humillarme de ese modo?

K.- En la vida hay más que eso.

G.- No señor, en la vida no hay más que eso.

K.- Vamos a tranquilizarnos; escucha un buen consejo. No todo es conocimiento. Estás obcecado con cambiar las reglas de este mundo imperfecto. Y te aplaudo por ello, porque sé que te anima el amor a la verdad. Pero olvidas las reglas de la convivencia, los roles y las jerarquías para que esto no sea un infierno. Ese orden es el que la Iglesia aporta. Me refiero al amor al prójimo, la compasión, el cuidado de los necesitados.

G.- La Tierra gira alrededor del Sol.

K.- Que insistencia ¿Que más le da al que no tiene qué comer? ¿No es más importante la armonía que la verdad?

G.- No insistas. Soy un científico. El mejor que han dado los siglos.

(Kepler le mira compasivamente y respira profundamente)

K.- ¿Cómo estás tan seguro?

G.- Porque soy el único que aplico el método deductivo, porque ignoro los paradigmas establecidos, porque camino a ciegas sujetando el candil de la verdad.

(Galileo le señala la vela encendida).

K.- ¿Ignoras acaso la Verdad que nos enseña la Santa Madre Iglesia?

G.- Ignoro a todo aquel que aplica el método inductivo, Iglesia incluida.

K.- Deberías tener más humildad intelectual. Podrías estar equivocado.

G.- No me hagas reír, Johanes; ¿cómo puedes decirme eso? He aplicado tus ecuaciones del movimiento planetario.

K.- Pues olvídalo, a veces yo mismo dudo de ellas.

G.- Amigo, lo dices porque no quieres verme en prisión. Pero es inútil; todo lo que he escrito en mi libro que los mercachifles de la Inquisición han prohibido está corroborado por cientos de horas tras el telescopio.

K.- ¿Aquel que dijiste que habías inventado y que se descubrió que habías copiado?

G.- No cambies de conversación, aquello fue un malentendido. Lo he comprobado y punto.

K.- Eres incapaz de prever las consecuencias de lo que dices y lo que haces. Estás condenado en vida.

G.- ¿Y que me dices del Papa? Asegurar que el Señor creó al hombre el sexto día y lo colocó sobre la Tierra, en el centro del Universo. (Galileo se levanta de la silla) Eso es mentira.

K.- Soberbia intelectual, amigo. Tu pecado es el de soberbia intelectual.

G.- Y el de la Iglesia, avaricia; avaricia terrenal.

K.- Calla, desdichado, que los guardias del Papa están apostados a la puerta y pueden oírte.

G.- El Papa me acusa de manipulador. ¿Manipulador yo? Mira como me río.

K.- Reflexiona, amigo, reflexiona. No son muchos los años que nos quedan. Vívelos tranquilamente, rodeados de los tuyos, no los pierdas en una húmeda celda, en una celda oscura, sin esperanza, recuerda quien detenta el poder, el terrenal y el divino

(Dos meses más tarde Galileo viajará a Roma, se retractará de su teoría heliocéntrica ante el Papa Urbano II, la guerra de los 30 años acabará quince años más tarde con la separación definitiva entre católicos y protestantes y tanto él como Kepler  serán considerados los más grandes astrónomos de la Historia).

FIN

 

 

 


jueves, 15 de enero de 2026

LA BUENA HIJA, por Pilar Mas

 

La sombra habla a través de otro

(Desdoblamiento dramático)

 

LA BUENA HIJA

Isabel una mujer de unos cuarenta años, está sentada en la sala de su casa, tiene un libro en las manos, pero se la ve cansada y ojerosa.

Madre: —(Solo se oye su voz, no está en escena) ¡Isabel, Isabel! ¿Qué haces? ¿Cómo puedes tratar así a tu pobre madre?

Isabel: —(Isabel cierra el libro resignada) ¿Qué quieres ahora, mamá?

Madre:— Que me atiendas y no holgazanees por la casa. ¿No ves que estoy en un ay? Y encima aquí sola, como un perro abandonado.

Isabel:— Pero mamá, te he dado el calmante hace diez minutos. Tienes que dejar que actúe, ten un poco de paciencia. Estoy intentando descansar un poco. La noche ha sido muy larga…

Madre: — Igual te piensas que lo hago por gusto. No tienes ni idea de cuánto me dolía (termina diciendo algo llorosa). Solo le pido a Dios que no te de a ti este sufrimiento con el que me castiga cada minuto del día.

Isabel:— Mamá, por favor, intenta dormir. Tengo que preparar la comida y recoger un poco la casa. Duerme, verás cómo te mejoras enseguida con las gotas.

Madre:— Esas gotas me aturden mucho, deben de ser muy fuertes.(Dice la madre con la voz algo pastosa y embotada)

Isabel:— Sí, son fuertes, pero dijo el médico que es lo único que te quitará el dolor durante unas horas. Así que aprovecha y descansa, por favor. Yo también estoy exhausta, mamá.

Madre:— La señorita está exhausta, la señorita está harta de su madre.

Isabel: — No, la señorita está agotada, porque no ha dormido ni una hora seguida desde hace meses.

Madre:— ¿Me lo reprochas? ¿Sabes los días que estuve yo al pie de tu cama cuando tuviste la tosferina?

Isabel:— Sí, mamá, cinco días con sus cinco noches , porque me ahogaba. Me lo has contado cien veces. Nosotras llevamos así ya dos años, y no me pesa; lo único que me apena es que no lo reconozcas, que nunca me agradezcas…

Madre:— ¡Sigue, sigue, no te cortes! Muestra tu verdadera cara, todo sería más fácil si yo no estuviera, ¿a que sí? Saldrías con tus amigas, irías al cine…solo me ves como un estorbo.

Isabel:—¡Eso no es verdad! ¿por qué te gusta mortificarme?

Madre: —¿Sabes qué puedes hacer? Dame una buena dosis de las dichosas gotas la próxima vez, y muerto el perro se acabó la rabia.(Dice la madre, ya como si estuviera borracha)

Isabel:—(Isabel saca el frasco de gotas, que guarda en el bolsillo, y se queda mirándolo fijamente, absorta ) No digas disparates, mamá. Ahora duerme un poco, te lo suplico.

(La madre ya no contesta. Isabel se levanta y vuelve a mirar el frasco fijamente. Solloza.)

La escena se va a oscuro


LA ALARMA, por Rosa

 


LA ALARMA


PERDER O PERDER


(La acción transcurre en el rellano de una escalera, delante de tres puertas que dan la entrada a tres viviendas contiguas. En cada una de ellas hay una chapa roja que anuncia que disponen de alarma, todas de la misma compañía de seguridad. La protagonista, CARMEN, sale, cierra la puerta de su vivienda (1º A), echa la llave y se oye : “Alarma conectada. Disfrute de su tranquilidad”. Lleva su uniforme naranja de trabajo, de empresa de limpieza urbana. Se queda frente al público y comienza a a hablar en tono intenso, como con una ira mal contenida. 


CARMEN. (Mira unos segundos a la puerta B, a su derecha, y luego al frente) : Idiotas. Joderos, que os ha tocado pagar la alarma para disimular. “Sí, sí, la contratamos, nunca se sabe lo que puede pasar en estos barrios, con tanta gente nueva”, le decíais al comercial. La parejita unida en la decisión. La parejita unida siempre. Barrios de mierda. ¿Con la gente nueva? Y con la gente de siempre, ¿qué pasa? Eso pasa, que nunca se sabe. ¿Ha sido bueno el negocio? ¿Y el botín, lo habéis colocado ya? Joder, tardé dos días en sospechar. Mi cabeza no va tan rápida como vuestras manos. “Ay, Jose, qué miedo”, decías, Tere. Miedo el que tengo yo. Y para miedo, el que dais. Juntitos. ¡Qué fácil forzar una ventana del patio de luces! Que alguien se descolgó desde arriba, dijo la poli. O accedió a “piso llano”. Tampoco han dicho mucho más. Que llame si tengo alguna pista. Y tanto que la tengo, joder. Y no, no lo pensé hasta dos días después. No lo pensé hasta hablar con Rosario, ayer. Os he oído salir como cada mañana. Y la alarma os ha deseado paz, como a mí. Cuando volváis esta tarde, la sorpresa la tendréis. Y ya. Hasta aquí la paz.

(Mira la puerta C y luego, vuelve a mirar de frente.)

También cincuenta años de conocernos. Suerte tiene ella, que viene cada tanto, a dar una vuelta a la casa. De niña era maja. Rosario C, Tere B y yo A, las amigas que jugábamos en la calle. Ahora no sé, la veo un poco distinta. Se nota que vive lejos. Cuando la oí cerrar su puerta, salí; pero esta vez no charlamos de lo de siempre, le conté el robo nada más verla y le dije: “Ponte una alarma, te paso el contacto, te hacen una oferta y no tardan nada en instalar”. Cogió la tarjeta. Pensando, luego, en su gesto, comprendí yo. Me había mirado con miedo. Ella comprendió. A la primera. Joderos. La policía volverá hoy.

(Silencio durante unos segundos. Carmen se sitúa ahora con dos pasos delante de la puerta B. Se sienta en el suelo, despacio. Le cuesta un poco. Baja el tono, como si temiera que la oyeran dentro ).

Una vida en un pequeño joyero. ¿Cómo se resume una vida mejor que con un montoncito de medallitas de comunión, anillos de boda, pendientes y collares que se llevan solo en otras bodas o bautizos...? Estaba todo. La boda de mis padres. Sus anillos, ya descansaban en el joyerito. Porque el de mi ex, no, claro, que se el anillo se lo llevó, normal. No se dejó nada. Y vosotros habéis estado en todos esos momentos de celebración. Regalos que se han comprado con ahorros. ¿Cómo podríais robar de algo que, en realidad, es también vuestro? No, es absurdo.

Tere, cuando te vea, seguramente esta noche, te tengo que preguntar si recuerdas aquella historia que leímos en el insti. Era en la clase de literatura, con “la CAO”, aquella profe que siempre decía que todo era caótico, creo que se titulaba “Historias de escaleras”, o así. Salían dos chicos, Urbano y Fernando. No recuerdo mucho el argumento. Solo que pensé que tu Jose era como Urbano. El otro era un trepa. Debía ser como el mío. Creo que no se quedó con la chica, tampoco. No sé... Rosario también venía a clase, pero luego ella se fue a estudiar fuera. Vosotros, como yo, siempre aquí. Desde el instituto. Y la nuestra ha sido auténtica. La amistad. Los últimos juegos en la calle, las salidas a cuatro las dos parejas, el curro en el bar, tantos madrugones, tanto cansancio... Y mis ocho años trabajando con vosotros detrás de la barra, hasta que llegó Adrián. Y el año pasado, nuca os daré lo suficiente las gracias, subirle la cena a mi padre cuando tuve turno de noche. Ayudarlo a acostarse. Ha sido mucho. Sí, soy muy inocente, lo decía mi madre. ¿Es que acaso puedo ser de otra forma ahora?

(CARMEN sube un poco el tono de voz)

Adrián. Ese muchacho sin norte. El sobrino que siempre tuvo aquí su refugio. ¿Trabajar es lo que quería? Estar cerca del dinero, tan a mano, de la caja. Lo sabíais, como ahora, ¿no? Yo no os lo voy a decir, si no lo queréis ver, pues nada, pero a lo mejor es irse de la lengua, conociéndolo, a lo mejor habláis delante de él de que si me he ido de vacaciones, de que hasta el domingo no volvía. Adrián tiene llaves de vuestro piso, ¿verdad? Y seguro que sabe que tenéis copia de las mías. Lo digo porque a lo mejor sois culpables. Sin enteraros de nada. Culpables de seguir confiando.

Y eso... eso me gustaría. Sería bueno para mí. Me duele haber pensado otra cosa, parejita. Pero esa solución del caso también os duele a vosotros. La familia. Hay que proteger. Ha sido mucho juntos. Ha sido de verdad.

(Silencio durante unos segundos. Carmen se levanta con un poco de dificultad y sitúa de nuevo de pie con dos pasos delante de la puerta A. Tono que se apaga un poco.)

CARMEN. Puto Adrián. Otro que se ha jodido solo. Toda su vida. Pero esto es ya lo más. Mirad, nos joderemos todos, el sobrino drogata, vosotros y yo. Porque vosotros también perdéis. Pero porque habéis querido. Mejor negar la realidad, pues vale, ahora a comernos todos la realidad. Pero cada parte, su parte. Porque yo estaré sola, ahora sí que de verdad. Pero veréis cómo me destapo los ojos y denuncio. Ya no puedo no ver.

(Silencio)

Rosario, esa sí que vio. Yo le dije: “Ponte alarma, que el ladrón no está lejos” . Y ella con esa cara de espanto: “Pero ¿qué me quieres decir, Carmen? ¿Sabes quién ha podido ser?” Y el espanto no era por Adrián, que seguro ni se acuerda de que es sobrino de Jose. Joder, que era por vosotros. Ella tardó dos segundos y yo dos días. La tonta que no se entera se acaba. Tardé, pero no hay marcha atrás. Nos jodemos nosotros. Rosario cogió la tarjeta, le pusieron la alarma esa tarde y ahora todos con miedo. Pero cada uno con el suyo. Ella no pierde a sus amigos.

(El tono es más triste, cercano al llanto. Se toca el cuello, con un gesto de buscar una cadena, que le falta.)

Y como me iba al camping, ni mi cruz me llevé. Aquí estaba más segura. Tere, qué bien os salió.

(Silencio durante unos segundos. Carmen se sitúa ahora con dos pasos de nuevo delante de la puerta B. Se sienta. El tono sube poco a poco).

Tere, si te cruzas con Rosario, fíjate en su cara. A lo mejor no te mira o a lo mejor te desafía con la mirada. Se cree muy lista. Serán los años lejos, los años de no tener que luchar por un sueldo basura. De creerse mejor por tener una vida más fácil. No me lo ha dicho, pero cree que fuisteis vosotros. No me perdonaré insinuarle que fue Adrián. Y ella entendió otra cosa. Entendió algo que se puede permitir. Porque ella no pierde nada más que unos euros al mes que poco le cuestan. “Ay, el coste es asequible”, le dijo al de las alarmas. Los amigos de la niñez, ella ya los superó hace tiempo. Pero yo no. Nosotros no. No puedo perder la confianza. Algo tiene que quedarme, algo que no se me pueda robar. La amistad.

(Silencio durante unos segundos. Carmen se sitúa ahora con dos pasos de nuevo delante de la puerta A. De pie. El tono es más amargo, pero más bajo.)

La parejita unida. Ja. A lo mejor ni eso. Es que no hace ni falta. Tere, que no te enteras, que tu Jose también tiene su historia y la sabes. El chico bueno capaz de robar en su propio bar. Las tragaperras destrozadas, la máquina del tabaco vacía, hasta las botellas de bebidas se llevó. Porque lo supiste, pero después. No contó contigo, el bueno de Jose. Y luego lloraba: “Tere, perdóname. Es que no quería que nos pase nada malo, es que no quiero que los problemas acaben con nosotros. Si paga el seguro, Tere, si para ellos no es nada y para nosotros es mucho. Perdóname por no decirte nada antes de hacerlo”. Y claro, las sospechas para el de siempre. Y la primera que se queda sin trabajo yo, claro. Que Adrián era de la familia. Y yo podía encontrar otro trabajo. El niño no, claro.

(Baja el tono aún más)

Rosario lo vio sin ver nada. Es lista. Y yo tuve que verlo en su cara, pero a la primera. Lo siento, amigos. Aquí nos jodemos todos. Que disfrute de su tranquilidad quien pueda. Hablaré con la Policía.

 (Silencio durante unos segundos. Carmen vuelve de nuevo delante de la puerta B. Se sienta y se queda con la cabeza entre las piernas un momento. Se levanta . El tono sube considerablemente, como si no le importara que la oyeran.)


No llamaré a nadie. ¿Queda algo que no se me pueda robar? Sí. Ya me faltan tantas cosas que solo me queda esto. Si es que habéis estado unidos siempre. Yo tampoco os puedo robar eso con mis sospechas. No podemos perder tanto. Ni vosotros ni yo. ¿La realidad? Esta es la realidad. Que ya no podemos perder más. ¿Es que no pudo ser un ladrón de poca monta, algo que vaya bien con este barrio? Mirad, yo no puedo no trabajar. Pero puedo volver a casa esta noche, desconectar la alarma, que oigáis la voz que lo anuncia: “Alarma desconectada, disfrute de su hogar” y vengáis a decirme: Carmen, vente a casa a cenar.

(Carmen baja las escaleras y la luz se apaga).


Un globo, dos globos, tres globos, por Carlos Gallego

 




Un globo, dos globos, tres globos


Es lunes y al salir de clase me siento en una terraza a tomar una cerveza. En la mesa de al lado, una mujer pide una horchata. Su pelo corto, su camisa y corbata, su rostro tan característico… Me quedo estupefacto. Me mira con cara burlona y me dice con ese soniquete tan peculiar.

─ No ponga esa cara, que no soy un bicho raro.

─ Usted es la de un globo, dos globos, tres globos.

─ Menos lobos.

─ Perdone mi asombro, pero usted murió hace más de veinte años.

─ A su edad, tenía que saber que un escritor se mantiene vivo mientras perdure su obra. La inmortalidad es la cima de todo buen escritor.

─ Déjese de historias, si está aquí, es que ha venido del cielo o del infierno. Me imagino que estará en el cielo, faltaría más, con San Pedro y toda la parafernalia.

─ Pues sí, allí estoy. Cuando me dan permiso, me gusta venir a dar un paseo por mi barrio, porque yo nací cerca de aquí.

─ Lo sé. Hay una placa en su casa, en la calle de la Esgrima.

─ De la Espada…Calle de la Espada número 3.

─ Pues somos vecinos, porque yo nací en Embajadores, justo frente a la Inclusa.

─ Sí, ahí dejaban a los bebés en un torno. Eran otros tiempos. Y usted, ¿qué cuenta?

─ He salido de clase en las Escuelas Pías, que está a la vuelta de la esquina, de un taller que se llama Ver y escribir teatro y nos han mandado hacer un trabajo sobre una madrileña de prestigio. De repente, verla a usted, ha despejado mis dudas.

─ Pues sí que tengo algo yo que ver con el teatro, le van a poner un cero.

─ No mujer, he dicho que sobre una madrileña de prestigio, vamos, que usted lo es de sobra.

─ Pues tome nota:

“Gloria Fuertes nació en Madrid
a los dos días de edad.

A los tres años ya sabía leer
y a los seis ya sabía mis labores.

A los nueve años me pilló un carro
y a los catorce me pilló la guerra;
A los quince se murió mi madre,
se fue cuando más falta me hacía.

Aprendí a regatear en las tiendas
y a ir a los pueblos por zanahorias.

Quise ir a la guerra, para pararla,
pero me detuvieron a mitad del camino.

Luego me salió una oficina,
donde trabajo como si fuera tonta,
—pero Dios y el botones saben que no lo soy—,
Escribo por las noches
y voy al campo mucho.

He publicado versos en todos los calendarios,
escribo en un periódico de niños,
y quiero comprarme a plazos una flor natural
como las que le dan a Pemán algunas veces”.

 

─ Se lo agradezco mucho. Veré si puedo hacer algo.

─ Claro que puede.

“Con todo se puede hacer algo.
Hasta con un cero
- que parece que no vale nada -
se puede hacer la Tierra,
una rueda,
una manzana,
una luna,
una sandía,
una avellana.
Con dos ceros
se pueden hacer unas gafas.
Con tres ceros,
se puede escribir:
yo os quiero”.

─ En realidad, yo compré sus “Obras completas” …

─ Incompletas, hombre. “Obras incompletas” …

─ Si. Si, me he liado. Compré sus “Obras incompletas” cuando a los chicos se lo pidieron en el colegio. Es que usted fue un referente en la poesía infantil.

Es lo que más se recuerda de mí, ¿verdad? "Gloria Fuertes, la poeta de los niños", me llamaban.

─ Yo creo, que no fue suficientemente valorada

─ Hombre, recibí muchos premios, pero me quedó la espinita de que no me hubieran dado el “Premio Nacional de Literatura Infantil”.

─ ¿Qué poetas fueron sus referentes?

Mis lecturas de juventud son los poemas de Bécquer, Rubén Darío y Gabriel y Galán, pero lo que más me influye a la hora de escribir es la llegada de la Guerra Civil. Esa experiencia tan dramática agudizó mi sentido de protesta. Escribo mi primer libro de poemas a los 17 años, Isla ignorada, aunque no se publicó hasta 1950.

“Soy como esa isla ignorada
que late acunada
por árboles jugosos
- en el centro de un mar que no me
entiende,
rodeada de nada, sola sólo”.

 

─ Siga contándome cosas, por favor.

 

─ Antes de empezar la guerra, publiqué mis primeros versos y di unos recitales de poesía en Radio Madrid y Radio España. Era muy lanzada. Me movía por Madrid en bicicleta, vestida con una falda pantalón y corbata. Me iba desde Lavapiés a la Calle Mayor para entregar mis cuentos y poesías en la Escuela Española. Había algo que me fascinaba: ir a la cuesta de Moyano. Allí compraba libros a hurtadillas.

 

─ Yo también voy de vez en cuando, esperando encontrar alguna joya.

─ Bueno, ya le he contado bastante, se puede lanzar a hacer su trabajo.

─ No me ha contado nada de sus parejas.

─ Pues aquí tiene “Parejas”.

Cada abeja con su pareja.
Cada pato con su pata.

Cada loco con su tema.
Cada tomo con su tapa.

Cada tipo con su tipa.
Cada pito con su flauta.

Cada foco con su foca.
Cada plato con su taza.

Cada río con su ría.
Cada gato con su gata.

Cada lluvia con su nube.

Cada nube con su agua.
Cada niño con su niña.

Cada piñón con su piña.
Cada noche con su alba.

Así siguieron un buen rato, con preguntas en prosa y respuestas en verso. Lo que no le contó la poeta fue que, cuando murió en 1998, tenía cien millones de pesetas en el banco y los legó en su testamento a La Ciudad de los Muchachos. Devolvía a los niños la fortuna que consiguió gracias a ellos. Dios la tenga en la Gloria.

 

Carlos Gallego Fernández                       


Madrid, 31 de diciembre de 2025.


martes, 13 de enero de 2026

ISABEL II, "LA REINA CASTIZA", por FRANCISCO ARELLANO

 




ISABEL II, "LA REINA CASTIZA"


SINOPSIS:

En este monólogo la reina Isabel II de España, también llamada la reina castiza, se acerca a nuestros días para contarnos en primera persona con ironía y humor su pedida, enlace y noche de bodas con su primo el infante Francisco de Asís, apodado Paquita Natillas.

PERSONAJE:

-            ISABEL II: Entrada en carnes, dicharachera, inculta, perezosa, caprichosa, casquivana, derrochadora.

ESCENARIO:

-            Salón del Palacio Real; las paredes están decoradas con grandes cortinas de terciopelo rojo con molduras doradas, un aparador clásico con un reloj de sobremesa y una lámpara de araña.


EMPIEZA LA ACCIÓN:

(Entra en escena Isabel II, con un vestido de su época y corona, mientras suena de fondo la Marcha Real.)

(Con ardor)¡Españoles, Viva España! (incita al público para que grite viva) ¡Viva la reina! (el público “viva”) Permitidme presentarme, soy Isabel II, hoy soy vuestra soberana, la que manda aquí, la dueña y señora de los secretos de este palacio. Si estáis aquí supongo que será porque queréis conocer toda la verdad que hay detrás de estas cortinas y, por supuesto, los cotilleos de alcoba. Hoy os voy a revelar, sin cortapisas y espero que con un poquito de gracia, mi pedida, mi boda y mi noche de bodas con Francisco de Asís, ese (hace el gesto entre comillas) “hombre” que, según el criterio de la corte, era el marido perfecto. ¿Perfecto para quién? Eso lo averiguareis... enseguida. Antes de empezar, una advertencia: esta historia tal vez os pueda producir alguna sonrisa, muchas dudas y a lo mejor unas ganas tremendas de proclamar la III República, ¡cabrones!

Pues nada, estaba yo tan tranquila en el Palacio Real, pensando en mis cosas, que si el abanico de encaje, que si los bailes, que si los vestidos nuevos de París y de repente aparecen todos muy serios, como si hubieran visto un fantasma y me dice mi madre, que era la reina María Cristina, sí esa la de la canción que decía (cantando)

“María Cristina me quiere gobernar
yo le sigo le sigo la corriente
porque no quiero que diga la gente
que María Cristina me quiere gobernar”

Y me dice “Isabel, hija, hay que tomar decisiones importantes para el reino”; que si la estabilidad del país, que si la dinastía... y yo pensando: “¿Qué coño de estabilidad ni qué coño de dinastía? Si aquí lo que hace falta es marcha, joder”, ya sabéis que a los Borbones nos va… (Se arrima la mano a la entrepierna y hace como que se abanica) la marcha.

Y ahí me soltaron la puta bomba. “Isabel, te tienes que casar con tu primo Francisco de Asís.” Yo no sabía si reírme o ponerme a llorar.  Y dije muy enfadada y llorando a lágrima viva, “no, por Dios, con Paquita no” y es que Francisco era conocido por todos como “Paquita Natillas” porque, en fin, para que negarlo, era más mariquita que un palomo cojo. Y para colmo, el pobre tenía que mear sentado porque sufría de “hipostapia” o algo así, una enfermedad por la que tenía el agujero por donde se hace pis en el tronco de la pilila, lo que le impedía mear de pie; el pueblo le cantaba coplillas como estas:

Paco Natillas
es de pasta flora
y mea en cuclillas
como las señoras

O

Gran problema es en la Corte
averiguar si el consorte
cuando acude al excusado
mea de pie o mea sentado

Y digo yo; vamos a ver, ¿quién en su sano juicio quiere casarse con un hombre que mea sentado y que lo apodan "Paquita Natillas"? ¡Si parece el nombre de una señora que vende postres en el Rastro, por favor!

No os penséis que no me resistí; hice preguntas como: “¿Y no hay otra opción? ¿No podemos traernos a algún príncipe guapetón de Baviera o de Italia, que al menos anime el cotarro?” Pero nada, que si la tradición, que si la sangre azul... ¡Azul la tenía azul, sí! Pero porque no me corría la sangre de la mala leche que se me había puesto.

Total, que le dije a mi madre muy seria: madre, me tiene hasta los cojones, que sepa: “que he cedido como reina, pero no como mujer, yo no he buscado a este hombre para que fuese mi esposo, me lo han impuesto y no le quería.” "Así que, de perdidos al río, a tomar por culo."

El fatídico enlace fue el 10 de octubre de 1846, no se me olvidará. El día amaneció con un sol radiante, algo que, en Madrid implicaba que los invitados iban a sudar como pollos. Yo, como soberana, debía dar ejemplo de calma, aunque por dentro estaba más ansiosa que la Ayuso cuando le preguntan por su novio, bueno, por ese “ciudadano particular”, y es que hay que joderse lo que me gusta la fruta.

Los preparativos comenzaron con el tradicional desfile de doncellas, modistas y cortesanas. El vestido, por supuesto, era blanco; por la pureza; me parto, porque yo de pura tenía entre cero y nada. El corsé era tan apretado que haría llorar a cualquier faquir de la India; me dejó sin aliento y con unas ganas locas de inventar el wonderbra que ni te imaginas. Mi madre, revisando hasta el último detalle del vestido, me decía: "Recuerda, Isabelita, la compostura por encima de todo". Y yo pensaba: "¡coño, si la compostura la perdí cuando me obligaron a ponerme este puto armazón!".

Las damas cotilleaban; que si el infante era muy sensible, que si la reina no iba a estar a la altura, que si los invitados se iban a quedar con hambre en el banquete, que si iban a poner (hace el gesto entre comillas) “natillas” de postre. Los nervios aumentaban y yo solo quería escaparme, salir corriendo; pero ya se sabe los reyes no se escapan, se joden y aguantan el chaparrón como Dios manda, faltaría más.

Francisco de Asís apareció cual alma en pena, ataviado más para un desfile militar que para una boda Real. Porque muy a pesar mío la boda era “real”. Su madre, la infanta Luisa Carlota, organizaba la ceremonia sin perder detalle, observaba a todos los invitados como águila culebrera. Los invitados se miraban los unos a los otros murmurando: ¿tú crees que será un amor verdadero o una alianza estratégica? Yo en ese momento solo me fijaba en mis zapatos, que me apretaban de cojones; dos números menos pero, eso sí, brillaban más que los diamantes de la corona.

La ceremonia parecía un cuadro de Goya pero sin majas. La catedral estaba abarrotada de nobles, embajadores, militares y todos con sus respectivas esposas; aquello parecía más un programa de Sálvame que un templo sagrado. A la gente le oía murmurar “mira Isabelona tan frescachona y don Paquito tan mariquito.” Hubo un momento en que por los nervios estuve a punto de decir “si me queréis, irse” pero menos mal que me contuve, porque si lo llego a decir, esa frase hubiera salido en todos los libros de Historia. El cardenal, con su voz solemne y una mirada inquisitiva que ni Torquemada, leyó el sermón como si fuera la lista de la compra del Mercadona. Yo respondía con monosílabos, sonriendo para la posteridad, y encima aguantando los pinchazos de la pesada de la duquesa de Alba, que me decía, “pinchar con un alfiler a la novia trae buena suerte, hija”, y digo yo: "¿por qué no se pincharía ella donde yo le dijera, ¿a ver qué tal?

Cuando llegó el momento de pronunciar el "sí, quiero" la voz no me salía del cuerpo. No por la emoción del momento sino porque que el puto corsé me estaba asfixiando. Al cogerme Francisco mi mano y ponerme el anillo en mi dedo sentí un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo… como si el juez Peinado me hubiera imputado en el caso Begoña Gómez.

A la salida de la Catedral los vítores, los aplausos y los pétalos de rosas marcaron el final de la ceremonia y el comienzo de mi vida de casada.

Y llegó la noche de boda, que según dicen es una noche mágica pero para mí fue como un número de trapecio del Circo del Sol pero sin red. La habitación, con cortinajes, sábanas bordadas y un retrato de Fernando VII, o sea de mi padre, mirándome con desaprobación desde la pared; vamos, de lo más romántico.

Dos horas estuve esperando a mi maridito a que se decidiera a pasar a la habitación y yo allí esperando como una pava, con mi camisón transparente de lo más sexi; cuando por fin se decidió a entrar casi me da un ataque de risa; Paquito entró con una camisa que tenía más bordados que mi camisón; ya me contaréis que podía esperar yo de un hombre así.

Al entrar se quedó mirando a la cama como si fuera su peor enemigo y, tras toser, me dijo: "Majestad, espero que esta noche le sea de su agrado". Yo pensé en responder: "Si sobrevivo a esta noche, que ni la de “jalogüin”, puedo darme por contenta. Después hubo un silencio bastante incomodo. Y allí estaba con el hombre que la Corte había elegido para mí. Yo por dentro tenía una mezcla de curiosidad, desconfianza y sobre todo unas ganas locas de reírme.

Intenté romper el hielo: "Francisco cariño, ¿no te parece que el retrato de mi padre debería estar en otro sitio?" Él lo miro, asintió con la cabeza, pero no movió ni un puto músculo. En ese momento, entendí que intentar mantener una conversación con este pánfilo iba a ser toda una hazaña o una comedia que ni escrita por Jardiel Poncela.

La conversación inicial fue tan animada como un funeral de tercera. "¿Está usted cómoda, Majestad?", me preguntó Francisco. " Querido, tan cómoda como se puede estar cuando todo el país está esperando que esta noche sea histórica", respondí, sonriendo irónicamente. Él tragó saliva y yo empecé a contar mentalmente los minutos que faltaban hasta el amanecer.

Después de un rato grande intenté hablar de temas que a mí me parecían interesantes, como la política exterior, las guerras carlistas o el arte de Cúchares. Pero Francisco estaba más interesado por los encajes de la colcha que por la política exterior. "¿Sabía usted, Isabel, que este bordado es de Flandes?", dijo entusiasmado. Yo asentí, pensando en que, si seguía así, acabaría cortándome las venas.

El silencio se rompía con algún comentario absurdo: Me decía "¿Prefiere usted la luz de las velas o de los candiles?"; "¿No cree que la almohada es demasiado alta para dormir boca arriba?"; "¿Ha probado el agua de colonia que me recomendó mi tía?" Yo, por mi parte, me dediqué a imaginar excusas para salir corriendo... o para pedir que entrara la orquesta del Titanic y amenizara el momento antes de que se hundiera definitivamente mi matrimonio.

La noche avanzaba y la tensión se convertía cada vez más en comedia. Francisco, en camisa y zapatillas bordadas, leyendo un capítulo de "La vida de San Francisco de Asís" antes de dormirse, mientras yo hojeaba mi libro favorito… (hace un gesto lascivo acariciándose el cuerpo) uhmmmmm… el kamasutra. Francisco, extrañado, me miro de reojo y dijo “Majestad, es tarde, necesita descansar” entonces nos miramos, nos sonreímos y nos dormimos como dos bebés pero sin chupete.

Y así fue mi noche de bodas, queridos súbditos: menos épica que las películas de Indiana Jones y tan cómica como cualquier película de Lina Morgan. Si esperabais pasión desenfrenada no era esta la sala adecuada; si buscabais pasar un rato divertido pues aquí lo habéis tenido. Me marcho; si tenéis curiosidad de como continuó mi matrimonio, deciros que tuvimos12 hijos… pero ninguno de Paquita Natillas, pero eso os lo contaré el próximo día.

¡Muchas gracias, Pueblo!

(Suena el himno de Riego) ¡Viva la reina! (el público “viva”) ¡Viva España! (el público “viva”)

TELÓN


CARMEN DE BURGOS (1867-1932), por Juana Cámara

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