LA ALARMA
PERDER O PERDER
(La acción transcurre en el rellano de una escalera, delante de tres puertas que dan la entrada a tres viviendas contiguas. En cada una de ellas hay una chapa roja que anuncia que disponen de alarma, todas de la misma compañía de seguridad. La protagonista, CARMEN, sale, cierra la puerta de su vivienda (1º A), echa la llave y se oye : “Alarma conectada. Disfrute de su tranquilidad”. Lleva su uniforme naranja de trabajo, de empresa de limpieza urbana. Se queda frente al público y comienza a a hablar en tono intenso, como con una ira mal contenida.
CARMEN. (Mira unos segundos a la puerta B, a su derecha, y luego al frente) : Idiotas. Joderos, que os ha tocado pagar la alarma para disimular. “Sí, sí, la contratamos, nunca se sabe lo que puede pasar en estos barrios, con tanta gente nueva”, le decíais al comercial. La parejita unida en la decisión. La parejita unida siempre. Barrios de mierda. ¿Con la gente nueva? Y con la gente de siempre, ¿qué pasa? Eso pasa, que nunca se sabe. ¿Ha sido bueno el negocio? ¿Y el botín, lo habéis colocado ya? Joder, tardé dos días en sospechar. Mi cabeza no va tan rápida como vuestras manos. “Ay, Jose, qué miedo”, decías, Tere. Miedo el que tengo yo. Y para miedo, el que dais. Juntitos. ¡Qué fácil forzar una ventana del patio de luces! Que alguien se descolgó desde arriba, dijo la poli. O accedió a “piso llano”. Tampoco han dicho mucho más. Que llame si tengo alguna pista. Y tanto que la tengo, joder. Y no, no lo pensé hasta dos días después. No lo pensé hasta hablar con Rosario, ayer. Os he oído salir como cada mañana. Y la alarma os ha deseado paz, como a mí. Cuando volváis esta tarde, la sorpresa la tendréis. Y ya. Hasta aquí la paz.
(Mira la puerta C y luego, vuelve a mirar de frente.)
También cincuenta años de conocernos. Suerte tiene ella, que viene cada tanto, a dar una vuelta a la casa. De niña era maja. Rosario C, Tere B y yo A, las amigas que jugábamos en la calle. Ahora no sé, la veo un poco distinta. Se nota que vive lejos. Cuando la oí cerrar su puerta, salí; pero esta vez no charlamos de lo de siempre, le conté el robo nada más verla y le dije: “Ponte una alarma, te paso el contacto, te hacen una oferta y no tardan nada en instalar”. Cogió la tarjeta. Pensando, luego, en su gesto, comprendí yo. Me había mirado con miedo. Ella comprendió. A la primera. Joderos. La policía volverá hoy.
(Silencio durante unos segundos. Carmen se sitúa ahora con dos pasos delante de la puerta B. Se sienta en el suelo, despacio. Le cuesta un poco. Baja el tono, como si temiera que la oyeran dentro ).
Una vida en un pequeño joyero. ¿Cómo se resume una vida mejor que con un montoncito de medallitas de comunión, anillos de boda, pendientes y collares que se llevan solo en otras bodas o bautizos...? Estaba todo. La boda de mis padres. Sus anillos, ya descansaban en el joyerito. Porque el de mi ex, no, claro, que se el anillo se lo llevó, normal. No se dejó nada. Y vosotros habéis estado en todos esos momentos de celebración. Regalos que se han comprado con ahorros. ¿Cómo podríais robar de algo que, en realidad, es también vuestro? No, es absurdo.
Tere, cuando te vea, seguramente esta noche, te tengo que preguntar si recuerdas aquella historia que leímos en el insti. Era en la clase de literatura, con “la CAO”, aquella profe que siempre decía que todo era caótico, creo que se titulaba “Historias de escaleras”, o así. Salían dos chicos, Urbano y Fernando. No recuerdo mucho el argumento. Solo que pensé que tu Jose era como Urbano. El otro era un trepa. Debía ser como el mío. Creo que no se quedó con la chica, tampoco. No sé... Rosario también venía a clase, pero luego ella se fue a estudiar fuera. Vosotros, como yo, siempre aquí. Desde el instituto. Y la nuestra ha sido auténtica. La amistad. Los últimos juegos en la calle, las salidas a cuatro las dos parejas, el curro en el bar, tantos madrugones, tanto cansancio... Y mis ocho años trabajando con vosotros detrás de la barra, hasta que llegó Adrián. Y el año pasado, nuca os daré lo suficiente las gracias, subirle la cena a mi padre cuando tuve turno de noche. Ayudarlo a acostarse. Ha sido mucho. Sí, soy muy inocente, lo decía mi madre. ¿Es que acaso puedo ser de otra forma ahora?
(CARMEN sube un poco el tono de voz)
Adrián. Ese muchacho sin norte. El sobrino que siempre tuvo aquí su refugio. ¿Trabajar es lo que quería? Estar cerca del dinero, tan a mano, de la caja. Lo sabíais, como ahora, ¿no? Yo no os lo voy a decir, si no lo queréis ver, pues nada, pero a lo mejor es irse de la lengua, conociéndolo, a lo mejor habláis delante de él de que si me he ido de vacaciones, de que hasta el domingo no volvía. Adrián tiene llaves de vuestro piso, ¿verdad? Y seguro que sabe que tenéis copia de las mías. Lo digo porque a lo mejor sois culpables. Sin enteraros de nada. Culpables de seguir confiando.
Y eso... eso me gustaría. Sería bueno para mí. Me duele haber pensado otra cosa, parejita. Pero esa solución del caso también os duele a vosotros. La familia. Hay que proteger. Ha sido mucho juntos. Ha sido de verdad.
(Silencio durante unos segundos. Carmen se levanta con un poco de dificultad y sitúa de nuevo de pie con dos pasos delante de la puerta A. Tono que se apaga un poco.)
CARMEN. Puto Adrián. Otro que se ha jodido solo. Toda su vida. Pero esto es ya lo más. Mirad, nos joderemos todos, el sobrino drogata, vosotros y yo. Porque vosotros también perdéis. Pero porque habéis querido. Mejor negar la realidad, pues vale, ahora a comernos todos la realidad. Pero cada parte, su parte. Porque yo estaré sola, ahora sí que de verdad. Pero veréis cómo me destapo los ojos y denuncio. Ya no puedo no ver.
(Silencio)
Rosario, esa sí que vio. Yo le dije: “Ponte alarma, que el ladrón no está lejos” . Y ella con esa cara de espanto: “Pero ¿qué me quieres decir, Carmen? ¿Sabes quién ha podido ser?” Y el espanto no era por Adrián, que seguro ni se acuerda de que es sobrino de Jose. Joder, que era por vosotros. Ella tardó dos segundos y yo dos días. La tonta que no se entera se acaba. Tardé, pero no hay marcha atrás. Nos jodemos nosotros. Rosario cogió la tarjeta, le pusieron la alarma esa tarde y ahora todos con miedo. Pero cada uno con el suyo. Ella no pierde a sus amigos.
(El tono es más triste, cercano al llanto. Se toca el cuello, con un gesto de buscar una cadena, que le falta.)
Y como me iba al camping, ni mi cruz me llevé. Aquí estaba más segura. Tere, qué bien os salió.
(Silencio durante unos segundos. Carmen se sitúa ahora con dos pasos de nuevo delante de la puerta B. Se sienta. El tono sube poco a poco).
Tere, si te cruzas con Rosario, fíjate en su cara. A lo mejor no te mira o a lo mejor te desafía con la mirada. Se cree muy lista. Serán los años lejos, los años de no tener que luchar por un sueldo basura. De creerse mejor por tener una vida más fácil. No me lo ha dicho, pero cree que fuisteis vosotros. No me perdonaré insinuarle que fue Adrián. Y ella entendió otra cosa. Entendió algo que se puede permitir. Porque ella no pierde nada más que unos euros al mes que poco le cuestan. “Ay, el coste es asequible”, le dijo al de las alarmas. Los amigos de la niñez, ella ya los superó hace tiempo. Pero yo no. Nosotros no. No puedo perder la confianza. Algo tiene que quedarme, algo que no se me pueda robar. La amistad.
(Silencio durante unos segundos. Carmen se sitúa ahora con dos pasos de nuevo delante de la puerta A. De pie. El tono es más amargo, pero más bajo.)
La parejita unida. Ja. A lo mejor ni eso. Es que no hace ni falta. Tere, que no te enteras, que tu Jose también tiene su historia y la sabes. El chico bueno capaz de robar en su propio bar. Las tragaperras destrozadas, la máquina del tabaco vacía, hasta las botellas de bebidas se llevó. Porque lo supiste, pero después. No contó contigo, el bueno de Jose. Y luego lloraba: “Tere, perdóname. Es que no quería que nos pase nada malo, es que no quiero que los problemas acaben con nosotros. Si paga el seguro, Tere, si para ellos no es nada y para nosotros es mucho. Perdóname por no decirte nada antes de hacerlo”. Y claro, las sospechas para el de siempre. Y la primera que se queda sin trabajo yo, claro. Que Adrián era de la familia. Y yo podía encontrar otro trabajo. El niño no, claro.
(Baja el tono aún más)
Rosario lo vio sin ver nada. Es lista. Y yo tuve que verlo en su cara, pero a la primera. Lo siento, amigos. Aquí nos jodemos todos. Que disfrute de su tranquilidad quien pueda. Hablaré con la Policía.
(Silencio durante unos segundos. Carmen vuelve de nuevo delante de la puerta B. Se sienta y se queda con la cabeza entre las piernas un momento. Se levanta . El tono sube considerablemente, como si no le importara que la oyeran.)
No llamaré a nadie. ¿Queda algo que no se me pueda robar? Sí. Ya me faltan tantas cosas que solo
me queda esto. Si es que habéis estado unidos siempre. Yo tampoco os puedo robar eso con mis
sospechas. No podemos perder tanto. Ni vosotros ni yo. ¿La realidad? Esta es la realidad. Que ya no
podemos perder más. ¿Es que no pudo ser un ladrón de poca monta, algo que vaya bien con este
barrio? Mirad, yo no puedo no trabajar. Pero puedo volver a casa esta noche, desconectar la alarma,
que oigáis la voz que lo anuncia: “Alarma desconectada, disfrute de su hogar” y vengáis a decirme:
Carmen, vente a casa a cenar.
(Carmen baja las escaleras y la luz se apaga).
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