EL DIA DE AÑO NUEVO
Ejercicio
basado en la adaptación de un texto narrativo a una escena teatral.
Premisa:
El relato «El día de Año Nuevo» de la escritora norteamericana Edith
Wharton (N. York 1862—Francia 1937) (primera escritora en recibir el Premio
Pulitzer, por La edad de la inocencia) es parte de la obra The Old New York,
donde se retratan las costumbres de la alta sociedad de la época y la suma
importancia que se le daba a las apariencias.
Una
sociedad clasista, machista e hipócrita que Edith Wharton disecciona con
aparentes pequeños detalles.
El
asunto central del relato se sintetiza en esta escena: la presunta infidelidad
de Lizzie Hazzeldean y el esfuerzo denodado de ésta por justificar su
presencia, en una situación más que comprometida, ante sus conocidos de la alta
sociedad y fieles admiradores de Charles Hazzeldean, marido de Lizzie. Esta
comprueba que su esfuerzo es inútil; la han visto claramente salir del hotel y
sabe que esta Sociedad en la que se mueve no perdona.
Casa
de la familia Wesson, una casa burguesa y lujosa, donde se está celebrando la
habitual comida familiar de Año Nuevo. La casa está situada justo enfrente del
hotel Quinta Avenida.
Mayordomo:—
¡Señor Wesson, el hotel Quinta Avenida arde en llamas!
Señor
Wesson:— ¡Qué dices, Tom!— al tiempo que se levanta raudo y va hacia el
ventanal desde donde se ve con claridad la fachada principal del hotel. Le
siguen todos los miembros de la familia que se levantan de la mesa con premura.
La
tía Sabina Wesson:— ¡Qué horror! Mirad todas esas señoras emperifolladas, cómo
salen sujetándose sus sombreros de dudoso gusto y con cara de pánico.
Señora
Wesson:— ¡Ya llegan los bomberos! Espero que no haya que lamentar ninguna
víctima.
La
prima Kate Wesson:—Ja, ja, mirad esa señora obesa cómo corre espantada.
La
abuela Parret:— Kate, por favor, no frivolices con la situación. Puede ser
grave.
Señor
Wesson:— No, tranquilos, parece que el incendio está controlado.
Señora
Wesson:— ¡Qué tumulto de gente se ha
formado en la entrada! Menuda celebración de Año Nuevo.
Sabina
Wesson:— Esa señora que acaba de salir…la del vestido azul…¡Es Lizzie
Hazzeldean! ¡Estaba en el hotel!
Señora
Wesson:— Ha mirado hacia acá. Es ella sin duda.
Kate
Wesson:— Y el caballero que está detrás es…¡Henry Prest!
Sabina
Wesson:— ¡Qué desvergüenza! Estaban juntos en el hotel. ¡Pobre Charles
Hazzeldean!
Señora
Wesson:— Nunca me pareció que estuviera a la altura del bueno de Charles.
Señor
Wesson:— ¡No saquemos conclusiones precipitadas! Lizzie siempre me ha parecido
una dama con mucha clase…
Sabina
Wesson:— Mucha clase… y sin un dólar cuando conoció a Charles.
Kate
Wesson:— Todo el mundo sabía que su padre, el reverendo Arcadius Winter, disipó
toda su fortuna, que tampoco era muy cuantiosa ni que digamos, en viajes y
aventuras inciertas con varias señoras francesas de su parroquia. Se ve que
todo se hereda…
Señor
Wesson: — Y las lenguas afiladas también se heredan. ¡Ha vuelto a mirar hacia
acá! Se la ve realmente angustiada. ¿Salimos en su ayuda?
Señora
Wesson: — ¡Ni se te ocurra! La pondrías en una situación más que embarazosa,
por no decir que nosotros tampoco sabríamos qué decir.
Kate
W.:— ¡Se dirige hacia la casa!, ¿tendrá valor?
Suena el timbre y segundos después Lizzie
entra en escena, viene muy agitada y habla entrecortadamente.
Lizzie:—
¡Buenas tardes!, ¡¿han visto que barbaridad?!. Perdonen que irrumpa así sin
avisar, señores Wesson. Los he visto en la ventana y me he acercado a
informarles. Gracias a Dios los bomberos se han hecho enseguida con el fuego.
Parece que todo está ya controlado.
Sr.
Wesson:— Siéntese, Lizzie, por favor. Le serviremos una tila o una melisa.
Tranquilícese. Ya no hay peligro.
Sra.
Wesson:— A usted…¿no le habrá pillado el fuego…?
Lizzie:—
¡No, por Dios! Yo tan sólo me acerqué al ver el tumulto…venía de visitar a una
buena amiga y al pasar vi el incendio y me acerqué a ver qué…
Kate
W.:— Y el señor Prest, ¿también se acercó?
Lizzie:—
(Se queda aturdida por la pregunta) ¿El señor Prest, dice? No lo he
visto…
Sabina
W.:— Ya, pues estaba detrás de usted. Con el desconcierto se ve que no se han
fijado el uno en el otro. Debe de ser eso.
Kate:—
Sin duda, sin duda, ha sido eso (Dice Kate con cierto retintín)
Sr.
Wesson:— Kate, por favor, dejemos que Lizzie se sosiegue. Siéntese , le
serviremos una infusión, ahora mismo.
Lizzie:—
No, no se molesten. Me voy ahora mismo para casa, Charles debe de estar
preocupado por mi tardanza. Con esto del incendio me he retrasado más de la
cuenta.
Sr.
Wesson:— Se me está ocurriendo una idea estupenda. Mandaré un coche a recoger a
Charles y pasaremos juntos la tarde de Año Nuevo. ¿Qué le parece, Lizzie?
Lizzie:—
¡Oh! Se lo agradezco, pero Charles hoy no se encontraba muy bien. Últimamente
su corazón…me tiene muy preocupada. El doctor Swan le ha aconsejado reposo y no
salir con este aire tan frío.
Sabina
W.:— ¡Qué pena! Habríamos pasado una tarde sin duda interesante. Pero lo
importante es que su marido se recupere del todo. Tengo entendido que
últimamente no puede atender su despacho como a él le gustaría. ¿Es cierto?
Abuela
Parret:— Sabina, no seas indiscreta. Si hiciésemos caso a todo lo que se dice.
Lizzie:—
No importa, señora Parret. Es verdad que Charles lleva unas semanas sin poder
acudir a su trabajo. Y sufre por ello, por sus clientes…pero la salud es lo
primero, ¿verdad?
Kate
W.:— Sin duda es usted animosa. Estando así de delicado su marido, no se
amilana y se lanza a visitar… a una amiga…
Sra.
Wesson:— Pues volviendo al señor Prest y a lo que se dice por ahí (Lizzie se
pone tensa, en guardia) creo que se ha prometido con su prima segunda,
Esther, y que piensan casarse sin tardar mucho. Así que las veladas en casa de
la señora Struthers pronto se quedarán sin el soltero de oro.
Kate
W.— Bueno, unas lo sentirán más que lo sentiremos otras. Es un buen partido,
desde luego, pero siempre lo he encontrado demasiado…snob.
Sabina
W.:— Yo lo encuentro encantador, Kate. ¿Y usted , señora Hazzeldean?
Lizzie:—
…No tengo una opinión muy formada… ( responde algo cabizbaja)
Sr.
Wesson— Bueno, si se van a poner a hablar de caballeros casaderos, perdón, pero
me retiro a la biblioteca. Echaré una cabezadita. Discúlpeme Lizzie y dele
muchos recuerdos y mis mejores deseos de que se recupere pronto a Charles.(Le
besa la mano y sale de escena)
Lizzie:—
Gracias por el té y ahora yo también me debo despedir…
Sabina
W.:— Un día de emociones fuertes, sin duda. Los días de Año Nuevo siempre me
resultaron un tanto anodinos, pero este Año…con esto del incendio, ¿verdad?,
Lizzie.
Lizzie:—
Disculpen, pero me tengo que marchar ya. (Lizzie sale de escena contrariada
y algo abatida)
Sra.
Wesson:— ¡Pobre Charles!
Sabina
W. :— Y lo más indignante es que ella no le llega ni a la suela del zapato.
Abuela
Parret:— ¡No me gustan estos chismorreos! La estáis crucificando por una
suposición. Me retiro a mi cuarto. Mañana salimos temprano para el campo, no os
entretengáis mucho, y menos con un tema tan desagradable. (Sale de escena y
mira con reproche a Kate, a Sabina y a su hija , la Sra. Wesson)
Kate
W.:—¡No hay la menor duda! ¿Habéis visto su turbación cuando hemos nombrado a
Henry Prest?
Sabina
W.:— ¿Y qué haremos a partir de ahora, querida cuñada? (Dirigiéndose a la
Sra. Wesson) ¿Seguiremos invitándola a las recepciones, al teatro…cómo si
nada?
Sra.
Wesson:— ¡Por supuesto! Castigaríamos también a su marido y, pobre Charles, ¿en
qué posición quedaría él?
Kate
W. :— He oído que está más grave de lo que parece. Los Hazzeldean y su
corazón…nunca han muerto de viejos. Cuando enviude…será harina de otro costal.
Sabina
W.:— ¡Eso por descontado! Entonces cultivaremos nuestro desprecio sin
disimulos.
(Fin
de la escena)
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