UN
MANTÓN DE LA CHINA-NA
Habitación. En la mesilla se amontonan medicamentos y al pie
de la cama hay un pequeño baúl que parece antiguo. La madre de Alex, postrada
en la cama, respira con dificultad.
Dos personajes: Alex, de unos 14 años, y su madre.
Alex se asoma a la
puerta del cuarto y su madre le hace un gesto con la mano para que pase.
Madre.- Pasa, Alex.
Alex.- ¿Seguro, mami? No quiero molestarte.
Madre.- No te preocupes. Hoy no estoy del todo mal. Además, tengo
que contarte algo importante y que no puedo retrasar más.
Alex.- ¡Hala, mamá! No te pongas tan trascendente. Y no me
asustes. Ni que te fueras a morir.
Madre.- Bueno, ya sabes que me operan este miércoles.
Alex.- Y todo va a salir bien.
Madre.- Pues de eso quería hablarte. Y haz el favor de prestar
atención y no interrumpirme (dice
respirando con dificultad).
Alex.- No me gusta hablar de eso. Seguro que todo irá bien.
Madre.- Te acabo de decir que no me interrumpas. Me cuesta hablar.
Alex.- Vale, mami, perdona.
Madre.- A ver. Tú sabes, sobre todo porque tu abuelo te habló
mucho de ella, que en nuestra familia tenemos una antepasada famosa…
Alex.- Ah, sí, una gran artista: la Fornarina (dice con admiración).
Madre.- Sí, la Fornarina, mejor dicho, Consuelo Vello, tu
tataratatarabuela. Y sabes también que se cuenta cierta leyenda sobre ella.
Alex.- ¿La tontería esa de la maldición?
Madre.- Alex, no es ninguna tontería. Es más, ha llegado el
momento de que conozcas la verdadera historia y lo que supone para nuestra
familia.
Alex, abriendo sus
grandes ojos, enmudece y presta toda la atención del mundo.
Madre.- Ya sabes que Consuelo murió muy joven, con 31 años, pero
que, a pesar de su corta carrera, tuvo mucho éxito y actuó en las grandes
capìtales europeas: Madrid, por supuesto, pero también Londres, Oporto, Berlín,
Moscú y París, sobre todo París, donde además vivió algunos años. Bueno, pues
unos meses antes de morir, una mujer la acusó de haber provocado la muerte de
su gran amor, y esa mujer era una famosa nigromante, una hechicera que le
impuso una maldición a ella y a toda su descendencia, según la cual ella no
llegaría a cumplir 32 años, pero tampoco sus descendientes si no tenían un
talento y éxito similar al de la Fornarina.
Alex.- Vaya película me estás contando, mamá. ¿No tendrás fiebre?
Madre.- Calla, Alex. Esto es muy serio. Además, está todo
comprobado. Consuelo murió antes de cumplir los 32, y también tu tatarabuela,
tu bisabuela y tu abuela, hay registro de todas esas muertes y de la fecha de
su fallecimiento. Claro, falto yo, que, como verás, tampoco es que me encuentre
muy bien. Por eso, aunque todavía eres muy joven, tengo que contarte todo, por
si acaso. Por favor, atenta.
(Pausa)
La manera de comprobar si tenemos el talento y el éxito de la
Fornarina es a través de un viaje en el tiempo, concretamente tenemos que
viajar a principios del siglo XX, a su exitosa actuación en el Teatro Olympia
de París. Y para ello contamos con un elemento que le perteneció y que hemos
ido heredando durante décadas: un mantón de Manila. En cuanto nos lo ponemos, se
produce un fenómeno que se llama transmigración, que quiere decir que por
dentro somos nosotras pero por fuera tenemos el cuerpo de la Fornarina, y
estamos justo en el momento en que va a actuar ante el público. Después de la
actuación, nos volvemos a poner el mantón y regresamos a nuestra época. Y,
bueno, ya ves que ninguna lo ha logrado hasta ahora: todas han muerto el día
antes de cumplir 32 años, siempre el día antes.
Alex.- ¿Pero cómo sabes todo eso del mantón, de París y lo de la
tras…? ¿Cómo era eso?
Madre.- Transmigración. Verás, en aquella época eran frecuentes
los médiums, el espiritismo, se creía en fenómenos paranormales, y la Fornarina
se lo tomó en serio, sobre todo a las puertas de su muerte. Entonces, cuando
hizo testamento, dejó por escrito en qué consistía la maldición y cómo
eliminarla, advirtiendo de que ese documento no debía separarse del valioso
mantón que dejaba en herencia. Después, las tres generaciones siguientes añadieron
sus propias experiencias y las incluyeron en la documentación que acompaña al
mantón. Por eso sé lo de la transmigración, aunque no se identificara con ese
nombre antiguamente.
Y eso es lo que quiero que veas. A ver, Alex, abre el baúl, coge
una caja roja que hay dentro y ábrela. Dentro hay una carpeta y un cilindro de
algodón, que es donde guardamos el mantón.
Alex saca del baúl
una voluminosa caja. La abre y ve una especie de tubo de tela que contiene algo
enrollado. También hay una carpeta por la que se aprecia que ha pasado el
tiempo.
Madre.- Abre esa carpeta y echa un vistazo a esos papeles mientras
yo descanso un poco. Despiértame cuando termines.
Alex se sienta en
la cama de su madre y abre la carpeta, que a su vez contiene 5 subcarpetas,
correspondientes a cada generación, desde la Fornarina hasta su propia madre, y
donde han documentado sus propias experiencias. Como, por ejemplo, que su
tatarabuela Carmen se dedicó a dilapidar la fortuna de su madre, a vivir los
felices 20 en París, y no se creyó lo de la maldición hasta que, simplemente por
coquetería, se puso el mantón y se vio 50 años atrás y con un aspecto distinto.
O su bisabuela Dolores, que sufrió la posguerra y el hambre, y tuvo curiosidad
de ver cómo quedaba el mantón antes de intentar venderlo. Y luego estaba la
abuela Lucía, quien se dedicó a la música en plena efervescencia de los 80 y
creyó, ilusamente, que ella sí podría dar la talla en el Olympia. En la carpeta
de su madre solo había un documento que rezaba unas pocas líneas: “Me toca intentarlo
a mí. No tengo muchas esperanzas porque soy científica, me he dedicado a la
investigación y nunca he tenido talento artístico. Sin embargo, todas mis esperanzas
están puestas en la próxima generación”.
Alex, pensativa,
cierra la carpeta y mira hacia la bolsa cilíndrica que contiene el mantón. Desata
el cordón que la mantenía cerrada, saca el mantón y lo observa en el aire. Hace
ademán de ponérselo y entonces…
Madre.- (Gritando) ¡No,
no, no te lo pongas! Ni se te ocurra.
Alex.- Vale, vale, que no me lo pongo. No te sulfures, mamá, que
no te conviene.
Madre.- ¿Pero es que no acabas de leer todo eso? ¿Cómo se te
ocurre querer ponértelo?
Alex.- La verdad, mami, ¿qué quieres que te diga? No me lo acabo
de creer.
Madre.- Bueno, pues lo acabarás de creer porque lo vas a poder comprobar
ahora mismo. Me operan pasado mañana y mi cumpleaños se acerca, entonces he decidido
ponérmelo hoy, antes de estar mucho peor. Pero necesito tu ayuda porque estoy
tan débil que no puedo ponérmelo yo sola. Mirándolo bien, va a ser un descanso
estar en un cuerpo que no esté tan jodido. Y si finalmente no llegó a cumplir
los 32...
Alex.- Calla, mamá. Vas a cumplir 32 y hasta 90. La operación
saldrá bien.
Madre.- Vale, que sí, que todo saldrá bien. Pero por si acaso quería
decirte algo que tú ya sabes de sobra. Tú eres especial, muy especial, siempre
lo has sido, y me di cuenta de ello casi desde tu más tierna infancia. A ti
siempre te ha tirado lo artístico, no como a mí. Te encanta bailar, cantar,
actuar, tienes talento y siempre entretienes y conmueves al que te contempla.
Sigue con tus clases, aprende mucho, también idiomas, como tu admirada
Fornarina, y prepárate bien para cuando llegue el momento. Lo harás, ¿verdad?
Alex.- Pues, claro, mami. Ya sabes que es lo mío, me encanta y lo
disfruto mucho. Con o sin maldición, “Mamá, quiero ser artista” (canturrea).
Madre.- Veo que sigues sin tomártelo muy en serio. Bueno, está
bien. Venga, ayúdame a ponerme el mantón.
Alex ayuda a
incorporarse a su madre en la cama y le coloca el mantón con mucha delicadeza. Y
entonces, mientras está estirando la tela para eliminar arrugas, de repente su
madre desaparece y las manos de Alex se quedan flotando en el aire.
Alex, en estado de petrificación,
es un mar de pensamientos.
Alex.- ¡Dios mío! Era verdad. (Pausa) ¿Y qué había dicho mamá de cambio de cuerpo? Sí, ha dicho
cambio de cuerpo. Bueno, todavía tiene que volver y morirse antes de su cumple…
Uy, pero qué egoísta e insensible estoy siendo. Si yo no quiero que muera mi
mami.
(Pausa)
Pero es que si vuelve y se muere, es que todo es verdad,
también el cambio de cuerpo. Y entonces yo sería como siempre me he sentido, no
tendría este cuerpo que no me gusta, con el que no me identifico, y no
necesitaría hormonas ni operaciones, ni nada de esa mierda.
Me voy a preparar muy bien, voy a ir a muchas clases y
aprender mucho, voy a estudiar con los mejores maestros, y cuando me vea
preparada y crea que ha llegado el momento, me encasqueto el mantón y me voy a
París (soñadora). Y hasta puede que
me quede allí. No me importa en absoluto que no sea mi época. Será mi cuerpo.
FIN
No hay comentarios:
Publicar un comentario