martes, 3 de marzo de 2026

UN MANTÓN DE LA CHINA-NA, por Paloma Luaces

 

UN MANTÓN DE LA CHINA-NA




Habitación. En la mesilla se amontonan medicamentos y al pie de la cama hay un pequeño baúl que parece antiguo. La madre de Alex, postrada en la cama, respira con dificultad.

Dos personajes: Alex, de unos 14 años, y su madre.

 

Alex se asoma a la puerta del cuarto y su madre le hace un gesto con la mano para que pase.

Madre.- Pasa, Alex.

Alex.- ¿Seguro, mami? No quiero molestarte.

Madre.- No te preocupes. Hoy no estoy del todo mal. Además, tengo que contarte algo importante y que no puedo retrasar más.

Alex.- ¡Hala, mamá! No te pongas tan trascendente. Y no me asustes. Ni que te fueras a morir.

Madre.- Bueno, ya sabes que me operan este miércoles.

Alex.- Y todo va a salir bien.

Madre.- Pues de eso quería hablarte. Y haz el favor de prestar atención y no interrumpirme (dice respirando con dificultad).

Alex.- No me gusta hablar de eso. Seguro que todo irá bien.

Madre.- Te acabo de decir que no me interrumpas. Me cuesta hablar.

Alex.- Vale, mami, perdona.

Madre.- A ver. Tú sabes, sobre todo porque tu abuelo te habló mucho de ella, que en nuestra familia tenemos una antepasada famosa…

Alex.- Ah, sí, una gran artista: la Fornarina (dice con admiración).

Madre.- Sí, la Fornarina, mejor dicho, Consuelo Vello, tu tataratatarabuela. Y sabes también que se cuenta cierta leyenda sobre ella.

Alex.- ¿La tontería esa de la maldición?

Madre.- Alex, no es ninguna tontería. Es más, ha llegado el momento de que conozcas la verdadera historia y lo que supone para nuestra familia.

Alex, abriendo sus grandes ojos, enmudece y presta toda la atención del mundo.

Madre.- Ya sabes que Consuelo murió muy joven, con 31 años, pero que, a pesar de su corta carrera, tuvo mucho éxito y actuó en las grandes capìtales europeas: Madrid, por supuesto, pero también Londres, Oporto, Berlín, Moscú y París, sobre todo París, donde además vivió algunos años. Bueno, pues unos meses antes de morir, una mujer la acusó de haber provocado la muerte de su gran amor, y esa mujer era una famosa nigromante, una hechicera que le impuso una maldición a ella y a toda su descendencia, según la cual ella no llegaría a cumplir 32 años, pero tampoco sus descendientes si no tenían un talento y éxito similar al de la Fornarina.  

Alex.- Vaya película me estás contando, mamá. ¿No tendrás fiebre?

Madre.- Calla, Alex. Esto es muy serio. Además, está todo comprobado. Consuelo murió antes de cumplir los 32, y también tu tatarabuela, tu bisabuela y tu abuela, hay registro de todas esas muertes y de la fecha de su fallecimiento. Claro, falto yo, que, como verás, tampoco es que me encuentre muy bien. Por eso, aunque todavía eres muy joven, tengo que contarte todo, por si acaso. Por favor, atenta.

(Pausa)

La manera de comprobar si tenemos el talento y el éxito de la Fornarina es a través de un viaje en el tiempo, concretamente tenemos que viajar a principios del siglo XX, a su exitosa actuación en el Teatro Olympia de París. Y para ello contamos con un elemento que le perteneció y que hemos ido heredando durante décadas: un mantón de Manila. En cuanto nos lo ponemos, se produce un fenómeno que se llama transmigración, que quiere decir que por dentro somos nosotras pero por fuera tenemos el cuerpo de la Fornarina, y estamos justo en el momento en que va a actuar ante el público. Después de la actuación, nos volvemos a poner el mantón y regresamos a nuestra época. Y, bueno, ya ves que ninguna lo ha logrado hasta ahora: todas han muerto el día antes de cumplir 32 años, siempre el día antes.

Alex.- ¿Pero cómo sabes todo eso del mantón, de París y lo de la tras…? ¿Cómo era eso?

Madre.- Transmigración. Verás, en aquella época eran frecuentes los médiums, el espiritismo, se creía en fenómenos paranormales, y la Fornarina se lo tomó en serio, sobre todo a las puertas de su muerte. Entonces, cuando hizo testamento, dejó por escrito en qué consistía la maldición y cómo eliminarla, advirtiendo de que ese documento no debía separarse del valioso mantón que dejaba en herencia. Después, las tres generaciones siguientes añadieron sus propias experiencias y las incluyeron en la documentación que acompaña al mantón. Por eso sé lo de la transmigración, aunque no se identificara con ese nombre antiguamente.

Y eso es lo que quiero que veas. A ver, Alex, abre el baúl, coge una caja roja que hay dentro y ábrela. Dentro hay una carpeta y un cilindro de algodón, que es donde guardamos el mantón.

 

Alex saca del baúl una voluminosa caja. La abre y ve una especie de tubo de tela que contiene algo enrollado. También hay una carpeta por la que se aprecia que ha pasado el tiempo.

 

Madre.- Abre esa carpeta y echa un vistazo a esos papeles mientras yo descanso un poco. Despiértame cuando termines.

Alex se sienta en la cama de su madre y abre la carpeta, que a su vez contiene 5 subcarpetas, correspondientes a cada generación, desde la Fornarina hasta su propia madre, y donde han documentado sus propias experiencias. Como, por ejemplo, que su tatarabuela Carmen se dedicó a dilapidar la fortuna de su madre, a vivir los felices 20 en París, y no se creyó lo de la maldición hasta que, simplemente por coquetería, se puso el mantón y se vio 50 años atrás y con un aspecto distinto. O su bisabuela Dolores, que sufrió la posguerra y el hambre, y tuvo curiosidad de ver cómo quedaba el mantón antes de intentar venderlo. Y luego estaba la abuela Lucía, quien se dedicó a la música en plena efervescencia de los 80 y creyó, ilusamente, que ella sí podría dar la talla en el Olympia. En la carpeta de su madre solo había un documento que rezaba unas pocas líneas: “Me toca intentarlo a mí. No tengo muchas esperanzas porque soy científica, me he dedicado a la investigación y nunca he tenido talento artístico. Sin embargo, todas mis esperanzas están puestas en la próxima generación”.

Alex, pensativa, cierra la carpeta y mira hacia la bolsa cilíndrica que contiene el mantón. Desata el cordón que la mantenía cerrada, saca el mantón y lo observa en el aire. Hace ademán de ponérselo y entonces…

Madre.- (Gritando) ¡No, no, no te lo pongas! Ni se te ocurra.

Alex.- Vale, vale, que no me lo pongo. No te sulfures, mamá, que no te conviene.

Madre.- ¿Pero es que no acabas de leer todo eso? ¿Cómo se te ocurre querer ponértelo?

Alex.- La verdad, mami, ¿qué quieres que te diga? No me lo acabo de creer.

Madre.- Bueno, pues lo acabarás de creer porque lo vas a poder comprobar ahora mismo. Me operan pasado mañana y mi cumpleaños se acerca, entonces he decidido ponérmelo hoy, antes de estar mucho peor. Pero necesito tu ayuda porque estoy tan débil que no puedo ponérmelo yo sola. Mirándolo bien, va a ser un descanso estar en un cuerpo que no esté tan jodido. Y si finalmente no llegó a cumplir los 32...

Alex.- Calla, mamá. Vas a cumplir 32 y hasta 90. La operación saldrá bien.

Madre.- Vale, que sí, que todo saldrá bien. Pero por si acaso quería decirte algo que tú ya sabes de sobra. Tú eres especial, muy especial, siempre lo has sido, y me di cuenta de ello casi desde tu más tierna infancia. A ti siempre te ha tirado lo artístico, no como a mí. Te encanta bailar, cantar, actuar, tienes talento y siempre entretienes y conmueves al que te contempla. Sigue con tus clases, aprende mucho, también idiomas, como tu admirada Fornarina, y prepárate bien para cuando llegue el momento. Lo harás, ¿verdad?

Alex.- Pues, claro, mami. Ya sabes que es lo mío, me encanta y lo disfruto mucho. Con o sin maldición, “Mamá, quiero ser artista” (canturrea).

Madre.- Veo que sigues sin tomártelo muy en serio. Bueno, está bien. Venga, ayúdame a ponerme el mantón.

Alex ayuda a incorporarse a su madre en la cama y le coloca el mantón con mucha delicadeza. Y entonces, mientras está estirando la tela para eliminar arrugas, de repente su madre desaparece y las manos de Alex se quedan flotando en el aire.

Alex, en estado de petrificación, es un mar de pensamientos.

Alex.- ¡Dios mío! Era verdad. (Pausa) ¿Y qué había dicho mamá de cambio de cuerpo? Sí, ha dicho cambio de cuerpo. Bueno, todavía tiene que volver y morirse antes de su cumple… Uy, pero qué egoísta e insensible estoy siendo. Si yo no quiero que muera mi mami.

(Pausa)

Pero es que si vuelve y se muere, es que todo es verdad, también el cambio de cuerpo. Y entonces yo sería como siempre me he sentido, no tendría este cuerpo que no me gusta, con el que no me identifico, y no necesitaría hormonas ni operaciones, ni nada de esa mierda.

Me voy a preparar muy bien, voy a ir a muchas clases y aprender mucho, voy a estudiar con los mejores maestros, y cuando me vea preparada y crea que ha llegado el momento, me encasqueto el mantón y me voy a París (soñadora). Y hasta puede que me quede allí. No me importa en absoluto que no sea mi época. Será mi cuerpo.

 

FIN


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