domingo, 1 de marzo de 2026

YOU'LL BE ALWAYS WITH ME, por JOSE MARIA GOMEZ

 

YOU’LL BE ALWAYS WITH ME

 

 


Dentro del pozo, Lucas tirita. Continuos escalofríos recorren su espalda hasta hacerle daño y le empieza a costar mantener la respiración porque el agua, que le llega a la mitad del pecho, está helada, y además tiene la ropa empapada de la caída. Afortunadamente, cuando cayó, su cuerpo reaccionó instintivamente siguiendo las instrucciones que en los entrenamientos le repiten tantas veces: “al caer hazte una bola”; los monitores lo repiten constantemente, porque en su diversión de fin de semana, conducir motocicletas, las caídas son algo con lo que se debe contar. Más tarde o más temprano, la gente que conduce motocicletas en un circuito se cae, porque las carreras exigen estirar el tiempo al máximo, y eso significa apurar las curvas, apurar las velocidades y apurar la inclinación de la moto, a derecha o izquierda, casi hasta tumbarla, de manera que con las caídas hay que contar; si uno se cae con las piernas o los brazos extendidos es muy fácil que alguna extremidad se rompa, mientras que si uno se enrrolla como una bola contra sí mismo el cuerpo irá rodando, protegido por el casco y el traje sin romperse nada y razonablemente terminará de rodar cuando se disipe la inercia o choque finalmente con los fardos de paja que en los circuitos se ponen a lo largo de todo el recorrido con ese propósito.


De manera que se hizo una bola según caía y el metro de agua que el pozo contenía lo acogió con relativa suavidad, amortiguando el golpe final contra el fondo. Lucas lleva desde primera hora de la mañana en el pozo y ya está anocheciendo.


Como siempre, por muchas veces que uno haya hecho algo bien alguna vez sale mal. Lucas ha cogido agua del pozo cientos de veces para regar las hortensias que adornan la fachada de la casa. El pozo es muy antiguo y cuando Lucas compró la parcela para edificar el chalet el pozo ya estaba allí, aunque él no lo pudo ver bien hasta que lo despejó de las zarzas y maleza que lo habían cubierto totalmente a la vista. El pozo está en un rincón escondido de la parcela, un rincón muy húmedo en el que evidentemente el agua mana del suelo incluso alrededor del pozo cuando llueve, de manera que en ese rincón hay una surgencia natural del terreno que algún dueño anterior aprovechó para ahondar los ocho metros que tiene el pozo de profundidad y tener siempre agua limpia para regar o incluso para beber. Cuando lo descubrió, llamó a un laboratorio para que analizara el agua, y el especialista determinó que era perfectamente potable. La parcela, a media ladera de un monte, tiene por encima una enorme zona de cientos de metros de piedra granítica, de manera que no hay por encima de su parcela ni construcciones ni pastos donde el ganado pudiera acudir y contaminar el agua que surge del terreno.


Durante todo el día Lucas se ha indignado consigo mismo por no haber cambiado la cuerda del cubo, cuando tantísimas veces ha visto que se estaba pudriendo. Cien veces habrá dicho aquello de “mañana mismo, sin falta”, pero llegaba mañana y había otras cosas que hacer, y la cuerda seguía podrida con el cubo colgando de ella tras pasar por la roldana.


Y pasó hoy como podía haber pasado otro día cualquiera. Lucas echó el cubo al fondo y empezó a subirlo. Cuando ya estaba arriba echó la mano para cogerlo y en ese preciso momento la cuerda se empezó a desgarrar, el cubo empezó a caerse y Lucas se inclinó rápidamente para cogerlo antes de que cayera, y se inclinó tanto que el peso del cubo lleno de agua tiró de él hacia delante y lo hizo caer dentro del pozo. “¿Seré idiota?”, ha pensado mil veces durante todo el día.


Y allí está, empapado, helado, mirando el agujero de luz de allá arriba, llamándose idiota continuamente y con la única compañía del cubo de zinc abollado por el peso del cuerpo de Lucas que cayó encima de él. Y está lloviendo. Lleva todo el día lloviendo, y eso significa que el agua del pozo está subiendo, lenta pero inexorablemente. Cuando cayó, el agua le llegaba a la cintura, y en las ocho horas que lleva allí metido ha subido el nivel hasta mitad del pecho, unos cuarenta centímetros. El nivel del agua del pozo sube cada vez que llueve, y si llueve mucho lo llena completamente y comienza a encharcar el terreno de alrededor. De manera que Lucas calcula que en otras seis horas, a este ritmo, el agua le cubrirá la cabeza. Y se ahogará. Se ahogará metido en un pozo dentro de su propia parcela y sin que nadie se dé cuenta hasta a saber cuándo que alguien le busque y vaya a su casa y vea que el coche está pero él no está y se le ocurra, si se le ocurre, mirar en el pozo. Y allí estará él a saber en qué condiciones.


Laura estará preocupada. Habían quedado para ir al cine por la tarde, así que le habrá llamado cincuenta veces. Pero Laura no sabe donde vive, así que no puede esperar que venga a buscarle. Se conocieron hace veinte dias, un martes a mediodía que coincidieron en el vivero donde Lucas fué a comprar unas plantas de flor para los parterres; Lucas siempre va al vivero entre semana porque los fines de semana está abarrotado de gente y se le hace incómoda la visita. Ese día estaba muy impregnado de la necesidad de buscar belleza para adornar su casa, y cuando vió a Laura creyó haber encontrado esa belleza en un elemento natural diferente de aquellos en que él pensaba cuando fué al vivero. Laura vestía tan primaveral como ya lo permitía la estación, y un vestido ligero, floreado, con escote en pico y sujeto a su cintura con una cinta de la misma tela ondeaba sobre sus muslos como acariciándolos cada vez que el viento lo movía en ondas ligeras que recordaban las olas que en la playa van y vienen acariciando la arena. Lucas, que se había quedado mirando aquella flor no vegetal que iluminaba la enorme sala, sintió una súbita emoción inesperada cuando ella levantó la mirada por encima de los lilos que había estado observando, le vió y decidió ir hacia él para preguntarle. “Perdone, ¿sabe usted si estos lilos son blancos?”. Lucas palideció ligeramente y en vez de contestar cogió un lilo y comenzó a mirar los brotes tiernos. Laura creyó que no le había oído y volvió a preguntar: “Disculpe, ¿estos lilos son blancos?”. Lucas entonces sonrió, dobló hacia ella una ramita tierna y se la enseñó, mientras decía, sonriendo: “No, perdone, estaba comprobándolo. Mire usted los brotes tiernos. Ya están apareciendo los capullos, ¿ve?, y son de color lila”.  Laura se rió; “Ah, ya veo. Creí que no me había oído usted”.


Del incidente surgió la necesidad de disculparse uno y otra y de la disculpa vino un acercamiento y un motivo para hablar de otras plantas, y la necesidad de acercarse a otras salas del vivero donde otro tipo de arbustos se ofrecían para su venta, y ese paseo permitió constatar que ambos eran amantes de las plantas y su cuidado, que ambos vivían en la misma urbanización y que ambos eran profesionales autónomos sin horarios definidos, y eso les permitía acudir al vivero entre semana. Laura es diseñador gráfico y pinta y compone folletos comerciales, carteles para anunciar eventos y ferias y cuadros que expone en su página web y en ocasiones en alguna galería que la conoce. Trabaja en su propia casa, en la que ha habilitado el piso superior para utilizarlo de estudio, abriéndole dos grandes ventanales en el propio tejado que le permiten recibir la luz del sol desde el ángulo que más le convenga. A Lucas la idea le pareció muy ingeniosa, porque Lucas es escritor y necesita luz; escribe libros poco conocidos que no se venden mucho y artículos periodísticos por los que es más conocido y que le suponen unos ingresos no muy altos pero más constantes, y también ha habilitado el piso superior como despacho de trabajo, pero su tejado no tiene tragaluces, lo que le obliga a trabajar pegado a un fondo del piso que tiene una ventana pequeña y a tener la luz siempre encendida.


El agujero azul que Lucas observa desde dentro del pozo va tomando un color cada vez más grisáceo, indicando que el sol ya se ha debido poner tras los montes que se divisan desde su casa, a diez o doce kilómetros hacia el Oeste. Lucas coge el móvil e intenta encender la linterna, pero el móvil, que cayó con él al agua, no da ninguna señal de querer encender la linterna, ni la pantalla, ni hacer el menor caso a los toques, sacudidas y empujones de Lucas. En cuanto cayó al pozo dejó de funcionar, y aunque Lucas lo ha sacudido bruscamente para secarlo, el agua ha debido penetrar por todos los agujeros de los laterales y llegar a los circuitos, inutilizándolo. Lucas vuelve a sacudirlo, golpeándolo con mucha fuerza contra su pecho, pero no hay respuesta ni a golpes ni a toques en los botones laterales. Lo vuelve a meter en el bolsillo de la camisa, deja caer las manos a lo largo de los costados, se apoya en la pared curva y rugosa y suspira hondamente mirando al agujero que pronto será un redondel negro indistinto del resto de la negrura de las paredes.


Sigue lloviendo. El agua cae sin parar al agua del pozo, tan negra como los pensamientos de Lucas, que comienza a darle vueltas a cómo será la muerte por ahogamiento. No sabe si será lenta o rápida, pero le angustia pensar en que cuando el agua le llegue a la boca tendrá que mantenerla completamente cerrada, pero luego el agua, subiendo, le llegará a la nariz, y primero echará la cabeza hacia atrás para alargar el momento en que el agua le entre por ella, y se pondrá de puntillas, pero de puntillas se aguanta poco, así que empezará a descansar de vez en cuando con los pies en el fondo, y cuando le falte el aire volverá a ponerse de puntillas y a aspirar ansiosamente el aire por la nariz, y luego le dolerán los pies por estar de puntillas y volverá a descansar bajándolos y aguantando la respiración, y con eso durará algo más, no sabe cuánto, cinco minutos, diez, un cuarto de hora. Y luego ¿qué hará luego?; Lucas no es capaz de imaginarlo; piensa que se cansará y decidirá ahogarse ya para terminar de sufrir y se dejará caer y dejará que el agua le llene los pulmones y empezará a boquear pero con los pulmones llenos de agua durará poco; ¿cuánto?; no puede saberlo; tres minutos, cinco, siete... Incluso mojado y aterido, Lucas se siente sudar del miedo a la muerte, o más bien del miedo a la angustia del ahogamiento.


En la muerte pensó mucho hace muchos años; cuando era adolescente la muerte se le aparecía como algo espantoso, terrorífico, en la que empezó a pensar seriamente cuando vió morir a su padre; su padre, que había sido un compañero y un amigo durante toda su infancia, con el que podía hablar de casi todo y que se entendían y se divertían juntos, un día se murió. Lucas llegó a casa desde la Universidad y su casa estaba llena de gente, y fué a la habitación de sus padres y allí estaba su padre, vestido encima de la cama, aparentemente dormido, pero su madre, que estaba sentada a su lado, se levantó al ver a Lucas y se echó a llorar en su hombro, pidiéndole consuelo, mientras él intentaba comprender; finalmente su madre dijo: “un infarto, hijo, ha tenido un infarto”; y Lucas le vió la cara a la muerte, y la cara de la muerte era fría, insensible, inhumana, atroz, y dejaba los cuerpos helados y las mentes vacías, y provocaba al que la miraba angustias, y sudores, y pensamientos oscuros que no le dejaban dormir tranquilo, porque nunca desaparecían completamente; a Lucas le costó dos años de horribles pesadillas comenzar a olvidar la visión del cuerpo pálido de su padre y la sensación de injusticia de que alguien o algo pudiera acabar con la vida de un ser humano que estaba llena de cariño y de buenos sentimientos y de felicidad sentida y compartida.


Ahogado. Va a morir ahogado. Su padre murió de un infarto. Seguramente ni se enteró de que se moría. Lucas se lo preguntó al médico cuando vino; “¿qué ha sentido mi padre?”; el médico comprendió el dolor de Lucas, se lo llevó a un rincón y le explicó con mucha calma y mirándole a los ojos: “No se puede saber, hijo. Nadie ha vuelto para contar lo que se siente al morir; pero los médicos estamos bastante de acuerdo en que la muerte por infarto es muy rápida. El cerebro, al faltar oxígeno, tarda escasos segundos en perder la consciencia; de manera que tu padre apenas pudo pensar algo como ‘¿qué me pasa?’ y ya estaba inconsciente”; a Lucas eso le tranquilizó; el médico le hizo ver la cara de su padre, que no reflejaba ningún gesto de dolor, de angustia o de sufrimiento. Pero Lucas se va a ahogar; es distinto. Lucas ha visto ahogados, dos personas en un pueblo donde estaban de veraneo; uno se empezó a ahogar y el otro se tiró a salvarle y se ahogó también... tampoco los recuerda con cara de sufrimiento, piensa. Pero una vez, paseando al lado del río, sacaron un ahogado que llevaba cinco días desaparecido, y era una visión horrorosa. El cuerpo estaba hinchado como un globo por los gases de la putrefacción y enormes partes de él tenían colores entre azules y verdes; la piel había reventado por varios sitios y se veía la carne desnuda, y un hueso de un brazo asomaba blanco como la leche entre la carne amoratada, y las cuencas de los ojos miraban vacías al cielo mientras estaba tumbado sobre la acera boca arriba esperando que alguien le tapara con algo, y Lucas recuerda cómo una planta acuática se debía haber enganchado con los dientes y salía de la boca, abierta y oscura, colgando luego hacia el suelo reptando como una serpiente alrededor del cuello. Lucas no quiere morir ahogado, pero no se le ocurre nada que pueda evitarlo.


Salta dentro del agua, intentando atemperar algo el frío que le invade y que le recorre el cuerpo en forma de espasmos musculares en los brazos, en las piernas, en la espalda. Un escalofrío intenso le deja prácticamente sin aliento. Se apoya en la pared del pozo, cuyas piedras ha recorrido palmo a palmo, intentando encontrar un hueco entre dos piedras donde pueda enganchar los dedos para ascender; imposible, las piedras están puestas en seco, sin argamasa entre ellas, pero bien escuadradas, y entre una y otra no caben los dedos; de pronto, la piedra en la que se apoya cede; sorprendido, separa la mano y vuelve a empujar la misma piedra, que se hunde; cuando se separa, la piedra vuelve a su posición; empujándola varias veces observa que la piedra es una especie de lámina que gira sobre el borde superior cuando se la empuja, dando acceso a un hueco en la pared. Lucas mete la mano y encuentra, a veinte centímetros del borde, una forma extraña que parece metálica. La coge y la saca del agujero, que al sacar la mano vuelve a cerrarse. Lucas no puede verla, porque la luz que llega desde arriba ya es prácticamente nula, así que la toca suavemente. Está fría y parece metálica; es una forma cilíndrica, de unos quince centímetros de largo y cinco de diámetro. Las puntas parecen redondeadas, y en la superficie del cilindro se aprecian unas acanaladuras que lo rodean componiendo unas arandelas que parecen troqueladas formando bultos en la superficie. Cinco... no, seis arandelas rodean el cilindro por su parte central. Lucas las palpa sin verlas. En un momento determinado, aprieta la primera de ellas y ésta gira alrededor del cilindro un paso, al tiempo que un ruido metálico “clic” suena y la arandela queda bloqueada en otra posición. Una luz brillantísima ciega a Lucas, que tarda unos segundos en poder ver de nuevo.


Un sol abrasador está en todo lo alto de un cielo azul limpísimo. Cuando se recupera de la sorpresa y comienza a notar la elevada temperatura que el sol produce, Lucas ve que está en algún lugar rodeado completamente de enormes árboles de más de treinta metros, y escondido de cualquier vista por una vegetación espesísima de helechos arborescentes del tamaño de un hombre adulto. Todo el suelo está encharcado y nota la humedad cálida que moja sus pies; Lucas se da cuenta de que está totalmente desnudo y que lleva en la mano el cilindro, que ahora puede observar con calma. Es un cilindro de un metal plateado, terminado en dos semiesferas en sus extremos, y en el que hay cinco ruedas que lo rodean completamente, con zonas marcadas que contienen un punto, la siguiente dos puntos, tres puntos, cuatro puntos, cinco puntos, seis puntos y una zona en blanco. En uno de los extremos del cilindro, el más cercano a la rueda que él ha girado un punto hacia la derecha, hay un símbolo “+” grabado en el metal; en el otro extremo hay grabado un símbolo “-“. Lucas ve que todas las ruedas están perfectamente alineadas; todas las marcas de un punto están una debajo de la otra, como todas las de dos puntos y las demás, excepto la rueda superior, cuyas marcas están desplazadas una posición hacia la derecha; Lucas deduce que es la rueda que él giró.


Escucha de pronto una especie de rugido cercano, como de un león, que viene de su izquierda. Asustado, comienza a intentar vislumbrar entre los altos helechos al animal que puede haber rugido. Avanzando lentamente entre las hierbas, intenta ver sin ser visto. En ese momento, cuando se asoma detrás de un árbol para que el animal no le vea, un escarabajo se posa en su mano derecha que está agarrada a un árbol. Es un escarabajo, pero un escarabajo azulado del tamaño de un balón de fútbol. El escarabajo mueve las antenas, se limpia las patas y mueve la cabeza a uno y otro lado. Lucas se ha quedado paralizado; con miedo de que el insecto le pueda picar, no se atreve ni a moverse. Tras unos segundos, el escarabajo levanta el vuelo y se marcha, con Lucas viéndole volar por encima de los árboles. Cuando se repone, Lucas continúa avanzando y al fin consigue ver al animal que ha rugido unos minutos antes. Es un animal enorme, de casi dos metros de alto y tres o cuatro de largo, parecido a un león sin melena y con dos enormes colmillos que salen de la mandíbula superior y cuelgan por los lados de la mandíbula inferior; Lucas lo reconoce de su libro de Historia Natural del colegio; es un tigre de dientes de sable, que mientras Lucas le mira vuelve la cabeza hacia él y vuelve a emitir un rugido bronco que hace que Lucas dé un salto hacia atrás para volver a esconderse tras el extraño árbol desde el que se ha asomado al claro.


“Pero... están extintos. Los tigres de dientes de sable se extinguieron. Hace muchísimo. ¿Cuánto? No recuerdo, pero mucho... Miles de años... ¡Demonios!... He viajado hacia atrás en el tiempo...”


Lucas, del asombro, se ha caído al suelo. Sentado en el fango del humedal, mira asombrado el cilindro plateado. “Más... menos... ¡Demonios!...”


Cuando vuelve a rugir el tigre, Lucas se levanta y se asoma. El tigre levanta la cabeza y huele el aire. Luego gira la cabeza hacia Lucas y comienza a andar hacia él pesadamente. Los cuatrocientos kilos del animal hacen vibrar con sus pisadas el agua de la ciénaga, que hace ondas alrededor de los pies de Lucas. Lucas mira las ondas, mira al tigre, coge el cilindro y gira la rueda superior hacia la izquierda, en sentido contrario al que la había girado desde el pozo. De inmediato se hace de noche y un agua helada le llega hasta el cuello; está vestido, el móvil se asoma desde el bolsillo de la camisa y un redondel gris oscuro en lo alto le indica que ha vuelto al pozo, al momento en el que encontró el cilindro en la pared y giró la rueda superior.


En la cama, con la luz apagada, Lucas juguetea con el cilindro intentando comprender su funcionamiento. Recuerda perfectamente su viaje al pasado, cuando encontró al tigre. Recuerda su viaje a su niñez, cuando se encontró a sí mismo con diez años jugando con sus compañeros en el colegio. Pero no recuerda ningún viaje al futuro, y está seguro de que ya lo habrá intentado. ¿Porqué no lo recuerda? ¿O es que todavía no lo ha hecho? Decide salir de dudas. Coge un papel y escribe: AHORA MISMO VOY A VIAJAR AL FUTURO. PROBARÉ CON EL AJUSTE MÁS FINO PARA EMPEZAR. Y lo deja metido en el cajón de la mesilla de noche. Luego coge el cilindro y gira la rueda inferior un punto hacia la derecha.


Al día siguiente, en la cama, con la luz apagada, Lucas vuelve a su pensamiento repetido de que recuerda todos sus viajes al pasado pero no recuerda haber viajado nunca al futuro. De pronto se acuerda de que ayer por la noche decidió probar el viaje al futuro; estira la mano, abre el cajón de la mesilla y busca. Cuando coge el papel, no necesita mirarlo; sabe que pone AHORA MISMO VOY A VIAJAR AL FUTURO. PROBARÉ CON EL AJUSTE MÁS FINO PARA EMPEZAR. Así que sabe que ayer por la noche viajó al futuro... pero no recuerda nada. Y se pregunta por qué.


Lucas está muy enfermo. Tiene noventa años y está tumbado en la cama, con la luz apagada, jugueteando con el cilindro del tiempo. Se enciende la luz y aparece Laura, que tiene ochenta y cinco años y llega arrastrando un andador, que deja a un lado al llegar a la cama para darle un beso a Lucas, acomodarle la almohada y preguntarle qué tal está. Lucas se queja, le duele el vientre una barbaridad. Laura saca una pastilla de un bote que trae con ella y se la da. Luego le acerca un vaso de agua que hay encima de la mesilla de noche para que se la trague. “Esto te calmará un poco, Lucas. La médico ha dicho que puedes tomar hasta cuatro al día, y hoy sólo te había dado una, a ver si mejorabas. Dentro de un rato te subo la cena. ¿Te apetece bacalao? He hecho bacalao.” Lucas asiente y coge la mano de Laura, que se sienta en el borde de la cama con él y comienza a cantar. Laura tiene una voz maravillosa, muy dulce, y conoce las canciones que tranquilizan a Lucas. Lo que empieza a cantar es una balada de los años 70, en la que una señora muy mayor canta sus recuerdos de la vida con su marido, con el que compartió sesenta años de amor y que falleció hace poco; la dulzura del recuerdo hace la balada extraordinariamente bella; se titula You’ll be always with me, y es de una cantante afroamericana que la canta en tono blues profundo.


Con la canción y el calmante, Lucas se queda dormido. Cuando lo ve, Laura se levanta, le da un beso y coge el cilindro del tiempo, que Lucas tenía entre las manos. Lo mete en el cajón de la mesilla, mira a Lucas, coge su andador y antes de salir de la habitación dice, mirando al techo: “Gracias, Hegemon”.

 

                                                                    FIN

 

 

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