lunes, 23 de marzo de 2026

SHALOM, por Maiche de Justo



 SHALOM



            Huelo a carne asada y tengo hambre; creo que hace días que no como, aunque

no estoy seguro. Me cuesta respirar, el aire es muy denso, me oprime la garganta y el

pecho y quiero que el olor me penetre; consigo inhalar hasta lo más profundo de mi

ser y me transporto a Katowice, en los años de mi infancia, a casa de mis abuelos

paternos, David y Sara, donde nos reuníamos toda la familia cada año, puntualmente

y sin excepción, el día 14 del mes de Nisan, para celebrar el Sédar, la primera cena

de la Pésaj.


            Sí, huele a cordero asado, realmente no a cordero si no al hueso del cordero,

ese hueso simbólico que, una vez pasado por el horno, queda a la vista de todos

formando parte de la rueda del Kehara. Nadie come los restos de carne adheridos a

él, pero su perfume es casi embriagador, lo era en aquellas cenas y ahora lo es más

aún. Si volviera a participar en la colocación de la mesa, arrancaría alguna hebra

de esa jugosa carne y nadie lo notaría. Lo sé porque me encargaba de llevar el

Jaroset y, en el trayecto, metía mis dedos para coger los trocitos de manzana

mezclados con frutos secos y bañados con vino rosado. Ummmmm.

Ahora me comería hasta las hierbas amargas mojadas en agua salada, que

siempre evitaba masticar; en este momento, las saborearía con deleite y me recrearía

haciendo que duraran un buen rato en la boca.


            Veo al abuelo David, vestido con su kittel y su cabeza cubierta con el kippah,

recitando el Kidush. Los adultos beben la primera copa de vino de las cuatro

perceptivas en el Sédar. Ahora parte el matzá y guarda el trozo más grande dentro

del Afikomán; da igual donde lo esconda, yo siempre lo encuentro antes que mis

primos y mi hermana y lo intercambio por un regalo. De nuevo, brindis y segunda

copa de vino, tras el ritual de lavado de manos. Los niños no bebemos vino pero no

saben que, cuando me envían a colocar la copa del profeta Elías, nunca llega entera

a la mesa.


            ¿Cuántos años tengo ahora? ¡Lo he olvidado! Sé que no soy un niño porque

cada día salgo con otros presos a trabajar a la cantera.


            De nuevo percibo ese olor especial, creo que la carne que se está asando no es

cordero, es un olor más dulzón que no reconozco. Si me hubieran destinado a las

cocinas, me las habría ingeniado para robar un pedazo de esa carne, aunque

desprende un ligero toque a podrido.


            Ahora, curiosamente, noto que ya no tengo hambre, estoy famélico y

caquéctico pero no débil. ¡Qué extraño, hoy no he ido a picar piedra!.


            Paro mis pensamientos porque la voz de mi alma interviene en ese momento y

me susurra: “Momito, es tu carne la que se está quemando, tu esencia comienza a

ascender por la chimenea, ¡ya eres libre!


SHALOM


Maiche de Justo


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