Los sueños de la razón. Monólogo de la Duquesa de Osuna
Nací en una de las mejores familias de mi época, que me dio multitud de títulos junto con los de mi marido: condesa-duquesa de Benavente y condesa consorte de Osuna, con Grandeza de España, condesa de la Puebla de Montalbán, condesa de Peñaranda de Bracamonte, condesa de Pinto, conde-duquesa de Benavente, marquesa de Jabalquinto, marquesa de Lombay, condesa de Oropesa, condesa de Alcaudete, marquesa de Frechilla y Villarramiel y marquesa de Toral.
A mis sesenta años se puede decir que soy y he sido una aristócrata ilustrada; además de mecenas, he puesto mi casa al servicio de tertulias literarias y artísticas. Abracé la Ilustración como reacción al pensamiento tradicional y sobre todo a la influencia de la Iglesia en la sociedad y el retraso que la misma provocaba en la sociedad. He promovido la razón, la ciencia y el progreso contra la ignorancia y los dogmas religiosos.
Todos estos títulos y tendencias filosóficas no me sirvieron de nada para evitar la muerte en la infancia de mis primeros cuatro hijos, lo que me llevó a traicionar mi formación enciclopedista para caer en la superstición y luchar contra el mal de ojo que producía la desgracia en mi familia.
Fuí una madre desesperada que buscó refugio para su desgracia en el esoterismo y la brujería, incluyendo la simpatía por prácticas relacionadas con el mal de ojo y la magia.
Contraté a una especie de hechicero que se hizo pasar por eremita para conjurar el mal de ojo que podría ser la causa de la muerte en los primeros meses de mis primeros hijos; para el conjuro necesité que mi amigo Francisco de Goya, del que mi con la brujería: uno de ellos representa al demonio encarnado en un gran macho cabrío recibiendo la ofrenda de dos niños; todos los cuadros reflejan el terror y el espanto, justo lo que yo sentía al haber perdido a mis hijos y como cualquier madre intenté hacer lo posible para que esto no volviera a suceder.
El conjuro consistió en poner los cuadros en una habitación herméticamente cerrada, rodeando un espejo que había sido previamente preparado para tal fin por el eremita y que absorbería el mal representado en los cuadros; una vez guardado el cuadro en un cofre preparado para tal fin, haría que se desvaneciera el conjuro.
A partir de entonces tuve cinco hijos más que crecieron sanos y salvos. Como bien dijo Goya: los sueños de la razón producen monstruos.
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