María
Lejárraga (La Rioja 1874—Buenos Aires 1974)
« Desde la herida»
(En su casa de Buenos Aires , 1964, María se asoma a
la ventana descorriendo someramente el visillo y, mirando a los transeúntes
pasar por la populosa calle donde vive, reflexiona con la punzada dolorosa de
nostalgia y sensación de pérdida que le da su manifiesta pero lúcida
vejez)
—He escrito mucho sobre las mujeres en mi azarosa
existencia. Ellas han sido el motor de mi creación, de mis reflexiones, de mis
alegrías y mis penas. Mis queridas mujeres casi siempre ignoradas y
ninguneadas. Hasta en los círculos más intelectuales, aquellos en los que se
suponía que debían reivindicarlas, se desprendía un tufillo de condescendencia
que me resultaba ofensivo. Y he protestado en voz alta muchas veces, pero otras
tantas, o más, he callado; silencio que me hacía horriblemente cómplice de aquellos
a los que en mi fuero interno denostaba.
Ahora, que mi corazón se debe esmerar en bombear cada día
esta vieja sangre que me mantiene viva como puede, puedo hablar desde esta
herida permanente que ya no sangra, pero que tampoco se borra.
¿He sido afortunada? No he sido hermosa, no he sido dócil,
ni solícita. A cambio de eso he sido lúcida y medianamente inteligente, aunque
esto no sea siempre una gran ventaja. Pues ahora veo con claridad lo que pude
haber hecho y no hice. ¡Oh, cómo me doléis queridas mujeres silenciadas,
maltratadas, vejadas por una sociedad de machos cerriles, crueles o ciegos! Me
iría de esta vida algo más conforme conmigo misma si hubiese sido capaz de
cambiar, aunque fuera una brizna, esta
injusta realidad. La vida me ha regalado años, pero siento que me iré de ella
viendo cómo los hombres cosechan los campos, mientras nosotras seguimos
habitando los descampados. Y os pido perdón a cada una de vosotras, porque yo
tuve la voz pero no la alcé lo suficiente. Perdón por no haber conseguido
sacarnos de esta sombra permanente a la que estamos condenadas. Yo misma pude
escribir, y no lo hice, estos versos a mi marido:
«Si me asombra que te asombres
de mi sombra desvaída,
es porque no quieres ver
que mi alma vive herida»
Versos que podían haber escrito tantas y tantas mujeres: mi
querida Zenobia, Colette, Camille Claudel, Alma Mahler…y muchas otras que no
tuvieron nuestra suerte de al menos formarnos, conocer el mundo e intentar un
tímido grito de protesta. Y esas son precisamente las que más me duelen:
mujeres anónimas, con maridos mediocres, condenadas a la sombra infame en una
sociedad injusta y estúpida.
Perdón y mil veces perdón.
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