domingo, 15 de marzo de 2026

DESDE LA HERIDA, por Pilar Mas

 

María Lejárraga (La Rioja 1874—Buenos Aires 1974)




« Desde la herida» 

(En su casa de Buenos Aires , 1964, María se asoma a la ventana descorriendo someramente el visillo y, mirando a los transeúntes pasar por la populosa calle donde vive, reflexiona con la punzada dolorosa de nostalgia y sensación de pérdida que le da su manifiesta pero lúcida vejez) 

—He escrito mucho sobre las mujeres en mi azarosa existencia. Ellas han sido el motor de mi creación, de mis reflexiones, de mis alegrías y mis penas. Mis queridas mujeres casi siempre ignoradas y ninguneadas. Hasta en los círculos más intelectuales, aquellos en los que se suponía que debían reivindicarlas, se desprendía un tufillo de condescendencia que me resultaba ofensivo. Y he protestado en voz alta muchas veces, pero otras tantas, o más, he callado; silencio que me hacía horriblemente cómplice de aquellos a los que en mi fuero interno denostaba.

Ahora, que mi corazón se debe esmerar en bombear cada día esta vieja sangre que me mantiene viva como puede, puedo hablar desde esta herida permanente que ya no sangra, pero que tampoco se borra.

¿He sido afortunada? No he sido hermosa, no he sido dócil, ni solícita. A cambio de eso he sido lúcida y medianamente inteligente, aunque esto no sea siempre una gran ventaja. Pues ahora veo con claridad lo que pude haber hecho y no hice. ¡Oh, cómo me doléis queridas mujeres silenciadas, maltratadas, vejadas por una sociedad de machos cerriles, crueles o ciegos! Me iría de esta vida algo más conforme conmigo misma si hubiese sido capaz de cambiar, aunque fuera una brizna,  esta injusta realidad. La vida me ha regalado años, pero siento que me iré de ella viendo cómo los hombres cosechan los campos, mientras nosotras seguimos habitando los descampados. Y os pido perdón a cada una de vosotras, porque yo tuve la voz pero no la alcé lo suficiente. Perdón por no haber conseguido sacarnos de esta sombra permanente a la que estamos condenadas. Yo misma pude escribir, y no lo hice, estos versos a mi marido:

«Si me asombra que te asombres

de mi sombra desvaída,

es porque no quieres ver

que mi alma vive herida»

Versos que podían haber escrito tantas y tantas mujeres: mi querida Zenobia, Colette, Camille Claudel, Alma Mahler…y muchas otras que no tuvieron nuestra suerte de al menos formarnos, conocer el mundo e intentar un tímido grito de protesta. Y esas son precisamente las que más me duelen: mujeres anónimas, con maridos mediocres, condenadas a la sombra infame en una sociedad injusta y estúpida.

Perdón y mil veces perdón.


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