EN TIERRAS LEJANAS
En un paraje desolado, de un continente
descubierto por chiripa, hay un pueblecito que los cartógrafos ignoran por
pereza. En una celda estrecha de una cárcel vetusta, el condenado a muerte Baldomero
Espinosa espera que le traigan la última comida de su vida. Al día siguiente,
el pelotón de fusilamiento, formado por seis voluntarios, cumplirá sentencia. Según
costumbre, se dijo “al amanecer”, pero atendiendo a la última voluntad del
condenado, que no le gusta madrugar sin motivo, la ejecución será, ya sin
prisa, a las diez de la mañana. La “última comida” es muy especial: un guiso de
carne, no se sabe de que animal, con patatas y frijoles y un buen tazón de
agua, nada de vino, que antes lo permitían y más de una vez el condenado
llegaba borracho y al no ser capaz de permanecer erguido frente a los guardias,
causaba mal efecto.
Baldomero se lo embute todo en un santiamén y
cuando termina de rebañar la cazuela con el dedo gordo, se echa en el jergón de
su camastro y se queda profundamente dormido. Dos horas después, el carcelero
le despierta y abre la puerta de la celda para que entre el sacerdote, que ha
venido con la intención de rescatar su alma. De inmediato, le pide que confiese
sus pecados y se arrepienta de ellos. El desgraciado va contando los sucesos
más escabrosos de su vida y uno a uno, se va arrepintiendo de todos. Hasta se
arrepiente de un hecho por el que no fue condenado, fue hace cinco años, mató a
un hombre y el juez, o sea la justicia, le declaró “no culpable” al considerar
ser causa justificada, el pegarle cuatro tiros a un hombre de su misma
condición, por una cuestión de honor. “El honor, es el valor más importante del
ser humano y hay que respetarlo”, dijo el juez. Del crimen por el
que ahora está condenado, no se arrepiente porque considera que fue en defensa
propia; un hombre al servicio del señor marqués, dueño y señor de estas
tierras, vino a increparle en tono amenazante, por haber metido su ganado a
pastar en el monte y le
soltó dos puñetazos que le partieron la nariz. Respondió de forma contundente:
le descerrajó todo el plomo que tenía en su escopeta. El sacerdote insiste, que
de cualquier forma tiene que arrepentirse y él sigue obstinado en que no,
porque lo que hizo fue defenderse. La
confesión pasa a ser discusión. Retumban las paredes por el intercambio
de reproches y el cura sigue empeñado en rescatar su alma, que es su misión. El
reo es tajante: “El cuerpo y el alma de Baldomero Espinosa van a ir siempre
juntos, ya sea en este mundo o en el otro, si es que lo hay. ¡No se atreva
usted a separarlos!”. Como las palabras van subiendo de tono, aparece el
guardián, le pide al sacerdote que se vaya, cierra la celda y muy apurado, se
mete en el retrete. Baldomero se da cuenta de que no ha echado la llave de la
celda y desconfía que haya sido un descuido, porque el celador es muy seguro.
Si lo ha hecho intencionadamente, baraja dos posibilidades, una, que alguno de
sus amigos le haya sobornado, y otra, que él mismo propicia la fuga, para
abortarla de un balazo y llevarse una recompensa. Baldomero Espinosa, se
santigua, sale de la celda y se lanza hacia la puerta de la calle de forma
decidida. Piensa en la botella de vino que se va a pimplar esa noche. Todo
depende de un clic: el del picaporte, o el del gatillo.
Carlos Gallego Fernández
Madrid, 8 de marzo de 2026
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