viernes, 20 de marzo de 2026

EN TIERRAS LEJANAS, por Carlos Gallego

 

EN TIERRAS LEJANAS


Baldomero Espinosa esperando la comida


En un paraje desolado, de un continente descubierto por chiripa, hay un pueblecito que los cartógrafos ignoran por pereza. En una celda estrecha de una cárcel vetusta, el condenado a muerte Baldomero Espinosa espera que le traigan la última comida de su vida. Al día siguiente, el pelotón de fusilamiento, formado por seis voluntarios, cumplirá sentencia. Según costumbre, se dijo “al amanecer”, pero atendiendo a la última voluntad del condenado, que no le gusta madrugar sin motivo, la ejecución será, ya sin prisa, a las diez de la mañana. La “última comida” es muy especial: un guiso de carne, no se sabe de que animal, con patatas y frijoles y un buen tazón de agua, nada de vino, que antes lo permitían y más de una vez el condenado llegaba borracho y al no ser capaz de permanecer erguido frente a los guardias, causaba mal efecto.

Baldomero se lo embute todo en un santiamén y cuando termina de rebañar la cazuela con el dedo gordo, se echa en el jergón de su camastro y se queda profundamente dormido. Dos horas después, el carcelero le despierta y abre la puerta de la celda para que entre el sacerdote, que ha venido con la intención de rescatar su alma. De inmediato, le pide que confiese sus pecados y se arrepienta de ellos. El desgraciado va contando los sucesos más escabrosos de su vida y uno a uno, se va arrepintiendo de todos. Hasta se arrepiente de un hecho por el que no fue condenado, fue hace cinco años, mató a un hombre y el juez, o sea la justicia, le declaró “no culpable” al considerar ser causa justificada, el pegarle cuatro tiros a un hombre de su misma condición, por una cuestión de honor. “El honor, es el valor más importante del ser humano y hay que respetarlo”, dijo el juez. Del crimen por el que ahora está condenado, no se arrepiente porque considera que fue en defensa propia; un hombre al servicio del señor marqués, dueño y señor de estas tierras, vino a increparle en tono amenazante, por haber metido su ganado a pastar en el monte y le soltó dos puñetazos que le partieron la nariz. Respondió de forma contundente: le descerrajó todo el plomo que tenía en su escopeta. El sacerdote insiste, que de cualquier forma tiene que arrepentirse y él sigue obstinado en que no, porque lo que hizo fue defenderse.  La confesión pasa a ser discusión. Retumban las paredes por el intercambio de reproches y el cura sigue empeñado en rescatar su alma, que es su misión. El reo es tajante: “El cuerpo y el alma de Baldomero Espinosa van a ir siempre juntos, ya sea en este mundo o en el otro, si es que lo hay. ¡No se atreva usted a separarlos!”. Como las palabras van subiendo de tono, aparece el guardián, le pide al sacerdote que se vaya, cierra la celda y muy apurado, se mete en el retrete. Baldomero se da cuenta de que no ha echado la llave de la celda y desconfía que haya sido un descuido, porque el celador es muy seguro. Si lo ha hecho intencionadamente, baraja dos posibilidades, una, que alguno de sus amigos le haya sobornado, y otra, que él mismo propicia la fuga, para abortarla de un balazo y llevarse una recompensa. Baldomero Espinosa, se santigua, sale de la celda y se lanza hacia la puerta de la calle de forma decidida. Piensa en la botella de vino que se va a pimplar esa noche. Todo depende de un clic: el del picaporte, o el del gatillo.

 

Carlos Gallego Fernández                                                    Madrid, 8 de marzo de 2026

 



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