MORIR
EN
LA CALLE
Autores: MAYORGA 25.
UNED “Ver y escribir teatro”
Amina ha tendido el mantel en el suelo, mientras
Hamza la observa
pensando en la cena
que saborearán esta noche.
Hoy es un
día especial, Hamza ha conseguido dos latas Ikar, al pasar por la calle Ferhadija, en su camino de vuelta a casa, tras la recogida
de leña; no es mucha la que trae hoy, pero
suficiente para calentar la carne
de
las latas y templar mínimamente
la sala donde conviven hacinados los tres miembros
de la familia.
Ahmed, el único hijo de la pareja,
se encarga de buscar agua cada día. Tiene solo 12 años pero ha alcanzado la edad adulta de repente,
sin proponérselo.
La sufra ya está colocada.
Amina ha cocinado khubz con algo de harina que Sara, su prima, le
ha regalado.
Los amantes esposos
esperan abrazados, sentados
en el suelo, la llegada
de Ahmed. No encenderán el fogonero hasta que su hijo no regrese.
Suenan dos golpes en la puerta,
Hamza se dirige a ella, ilusionado abre el pesado tablón de madera
que protege la entrada.
Sí, es Ahmed, pero no viene solo ni camina por sí mismo, lo trae en brazos el fiel vecino Ali. Ha recogido
el cadáver del niño en Snajperska Aleja.
(Fundido
a negro)
En escena aparece una familia sentada en una mesa alargada,
decorada para la comida de Navidad.
Padre, industrial, de unos 65 años aproximadamente, bien vestido con traje, corbata y unos
gemelos con la bandera italiana,
calvo y con una prominente barriga preside la mesa, junto a él, a su derecha, una mujer anodina y súper arreglada,
en el otro Iado el hijo, un joven
adolescente con sus cascos puestos y a su Iado sentada,
su hermana Sofía, en la treintena, melena rubia, camisa de seda blanca, vaqueros
impecables y botas de tacón, ha acudido a la cita navideña con sus dos hijos. Paolo de 10 años, Lucía de 6 y sin acompañante.
Se les oye en animada charla sobre menudencias.
PADRE grita de repente.
—¡Giorgio, diga a la cocinera que baje la radio!
(Habla al mayordomo que está situado tras él)
SOFÍA
—Increíble la noticia del Corriere della Sera de hoy, ¿la has leído, papá?
PADRE
—¡Estupideces! Que un día como hoy, Navidad,
publiquen esas noticias,
da idea de cómo está el mundo.
SOFÍA
PADRE
—Lo que oyes, periodistas extravagantes que solo saben sacar historietas del pasado,
sin contrastar, sin fundamento alguno.
SOFÍA
PADRE
SOFÍA
PADRE
SOFÍA
—Pero lo que dice el Corriere es muy fuerte y ellos siempre mantienen una
línea editorial moderada.
PADRE
SOFÍA
PADRE
—Sandeces.
SOFÍA
—¡PAPÁ! Se dice que lo hacían por hobby, que pagaban para ello y que si eran niños pagaban más.
PADRE
SOFÍA
—Podrían ser mis hijos, ¡padre! ¿Defiendes a tu amigo?
PADRE
—¡Haz el favor! Y
no hables de Marco, un gran amigo desde hace años, viajamos siempre
juntos, nos gustaban
los safaris.
SOFÍA
—Ya, pero lo investigan por matar a un niño en Los Balcanes,
lo acusan de crímenes
contra la humanidad.
PADRE (Ya puesto en pie)
—Sofía cállate o vete.
SOFÍA
MARITA
—¿Es que quieres darnos las cena, Sofía?
SOFÍA
—No mamá; sólo quiero aclarar algo que
me da vueltas a la cabeza desde hace cuatro meses.
MARITA
SOFÍA
—Papá, ¿qué fue de Marco Rossi? ¿Por qué dejó de venir por casa? Le recuerdo cuando
era pequeña, inseparables, siempre estabais juntos.
(El padre se queda sorprendido. Apura la copa de vino)
PADRE
—¿A qué viene eso ahora? Después de tantos años sin saber
nada de él. Casi no me acuerdo. Le compré su participación en la fábrica y no volví a saber nada de él.
SOFÍA
—¿Ah sí? Pues entonces
te alegrará saber que su hija y yo hemos coincidido en la
Universidad, las dos estudiando International Business.
(El padre se remueve en la silla, nervioso. Da un nuevo sorbo a su vaso de vino)
PADRE
—Vaya, ¡qué casualidad! ¿Y cómo sabías de quien se trataba? Eras muy pequeña cuando dejó de venir por casa.
SOFÍA
— Si, una casualidad. Me contó que su padre murió el año pasado. Que en sus últimos días, aunque muy enfermo,
estuvo muy rodeado de toda su familia y que todos ellos Iloraron
su muerte.
PADRE
SOFIA
—Estuve en su casa el día de su muerte para dar el pésame a Stephany, su hija.
PADRE
—Eso esta muy bien, Sofía. Hay que consolar a los amigos en los duelos.
SOFÍA
—El salón de su casa, inmenso, por cierto, estaba Ileno de plañideros. Me entretuve viendo los recuerdos que el señor Rossi almacenaba. Había cuernos
de rinoceronte, astas de toro, pirañas....,
todas con sus referencias de donde habían
sido hechas. Me pareció una vida
fascinante Ilena de aventuras. ¿Y sabes qué?
(Padre cada vez más nervioso)
PADRE
—¿Qué, hija?
SOFÍA
PADRE (enfadándose)
SOFÍA (sin perder la compostura)
PADRE
SOFÍA (muy tranquila)
—Ya acabo. Como decía volví a ver esas fotos. En una de ellas ponía “Sarajevo, Febrero 1992).
PADRE
- ¿Y?
SOFÍA
- Coincide con la fecha de las matanzas humanas.
—No digas estupideces. No todos los que íbamos
a las cacerías en Yugoslavia hacíamos lo que ha
dicho la prensa.
SOFÍA
- Ya te he dicho que era una afición que compartíamos, no veo nada malo en ello.
SOFÍA
—Ya me pareció demasiada casualidad que siempre
fuerais al mismo sitio. La siguiente fotografía fue la que me generó más
inquietud: “Kigali, Ruanda; cacería de elefantes, mayo de 1994”.
PADRE
—¿Y qué tiene eso de extraño? Ya te he dicho que era nuestra afición.
SOFÍA
—No
hubiera ocurrido nada si no hubiera aparecido la noticia. Pero al leerla,
de pronto, todo se hizo nítido. Papá, en la primavera de 1994 Los hutus y
los tutsis se masacraron mutuamente. ¿Se puede saber qué hacíais Marco y tú allí?
PADRE (fuera
de sí)
- Fuera de mi casa. No quiero volver a verte más. Insinuar que tu padre es un asesino, qué
falta de respeto.
- Y tú, Marita,
deja de llorar de una puta vez y acábate
la sopa.
FIN
Noticia en la que se basa “Morir en la calle” EL PAIS NOVIEMBRE

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