viernes, 28 de noviembre de 2025

MORIR EN LA CALLE. Por el grupo MAYORGA 25

 MORIR



EN LA CALLE

 Autores: MAYORGA 25.

UNED “Ver y escribir teatro”


Amina ha tendido el mantel en el suelo, mientras Hamza la observa pensando en la cena que saborearán esta noche.

Hoy es un día especial, Hamza ha conseguido dos latas Ikar, al pasar por la calle Ferhadija, en su camino de vuelta a casa, tras la recogida de leña; no es mucha la que trae hoy, pero suficiente para calentar la carne de las latas y templar mínimamente la sala donde conviven hacinados los tres miembros de la familia.

Ahmed, el único hijo de la pareja, se encarga de buscar agua cada día. Tiene solo 12 años pero ha alcanzado la edad adulta de repente, sin proponérselo.

La sufra ya está colocada. Amina ha cocinado khubz con algo de harina que Sara, su prima, le ha regalado.

Los amantes esposos esperan abrazados, sentados en el suelo, la llegada de Ahmed. No encenderán el fogonero hasta que su hijo no regrese.

Suenan dos golpes en la puerta, Hamza se dirige a ella, ilusionado abre el pesado tablón de madera que protege la entrada.

Sí, es Ahmed, pero no viene solo ni camina por mismo, lo trae en brazos el fiel vecino Ali. Ha recogido el cadáver del niño en Snajperska Aleja.

(Fundido a negro)

 

En escena aparece una familia sentada en una mesa alargada, decorada para la comida de Navidad.

Padre, industrial, de unos 65 años aproximadamente, bien vestido con traje, corbata y unos gemelos con la bandera italiana, calvo y con una prominente barriga preside la mesa, junto a él, a su derecha, una mujer anodina y súper arreglada, en el otro Iado el hijo, un joven adolescente con sus cascos puestos y a su Iado sentada, su hermana Sofía, en la treintena, melena rubia, camisa de seda blanca, vaqueros impecables y botas de tacón, ha acudido a la cita navideña con sus dos hijos. Paolo de 10 años, Lucía de 6 y sin acompañante.

Se les oye en animada charla sobre menudencias. 

PADRE grita de repente.

—¡Giorgio, diga a la cocinera que baje la radio! (Habla al mayordomo que está situado tras él) 

SOFÍA

—Increíble la noticia del Corriere della Sera de hoy, ¿la has leído, papá?

PADRE

—¡Estupideces! Que un día como hoy, Navidad, publiquen esas noticias, da idea de cómo está el mundo.


SOFÍA

 —¡Papá! ¿Pero qué dices?

PADRE

—Lo que oyes, periodistas extravagantes que solo saben sacar historietas del pasado, sin contrastar, sin fundamento alguno.

SOFÍA

 —Pero ¡Papá! ¿Tú conocías a Marco Rossi? Yo le recuerdo, venía por la casa de campo cuando era pequeña, sobre todo en época de caza.

PADRE

 —Marita dile a tu hija que no ponga muertos sobre la mesa el día de Navidad. (Dice casi levantándose y dirigiéndose a su mujer que levanta la vista como si todo aquello no fuese con ella)

SOFÍA

 —Papá ¿Qué te pasa?

PADRE

 —Los muertos, muertos están y la historia se caracteriza, por eso, porque ya pasó. 

SOFÍA

—Pero lo que dice el Corriere es muy fuerte y ellos siempre mantienen una línea editorial moderada.

PADRE

 —Pues por eso tenían que estar callados. Ahora cualquier abogaducho con ganas de progresar, empezará a remover la mierda.

SOFÍA

 —Papá que mataban a la gente mientras cruzaba la calle. 

PADRE

—Sandeces. 

SOFÍA

—¡PAPÁ! Se dice que lo hacían por hobby, que pagaban para ello y que si eran niños pagaban más.


PADRE

 —Y eso ¿Quién lo dice? AI final nos vas a dar la comida. 

SOFÍA

—Podrían ser mis hijos, ¡padre! ¿Defiendes a tu amigo? 

PADRE

—¡Haz el favor! Y no hables de Marco, un gran amigo desde hace años, viajamos siempre juntos, nos gustaban los safaris.

SOFÍA

—Ya, pero lo investigan por matar a un niño en Los Balcanes, lo acusan de crímenes contra la humanidad.

PADRE  (Ya puesto en pie)

—Sofía cállate o vete.

 (Sofía, sentada frente a su padre, se pone también en pie y le mira fijamente. Marita mira hacia del plato de sopa en la mesa, incómoda.)

SOFÍA

 —Pues, salvo que utilices uno de tus métodos con el personal de la fábrica, ni me callo ni me voy.

MARITA

—¿Es que quieres darnos las cena, Sofía? 

SOFÍA

—No mamá; sólo quiero aclarar algo que me da vueltas a la cabeza desde hace cuatro meses.

MARITA

 —¿A qué te refieres? (Sofía de dirige a su padre) 

SOFÍA

—Papá, ¿qué fue de Marco Rossi? ¿Por qué dejó de venir por casa? Le recuerdo cuando era pequeña, inseparables, siempre estabais juntos.

(El padre se queda sorprendido. Apura la copa de vino) 

PADRE

—¿A qué viene eso ahora? Después de tantos años sin saber nada de él. Casi no me acuerdo. Le compré su participación en la fábrica y no volví a saber nada de él. 

SOFÍA

—¿Ah sí? Pues entonces te alegrará saber que su hija y yo hemos coincidido en la Universidad, las dos estudiando International Business.

(El padre se remueve en la silla, nervioso. Da un nuevo sorbo a su vaso de vino) 

PADRE

—Vaya, ¡qué casualidad! ¿Y cómo sabías de quien se trataba? Eras muy pequeña cuando dejó de venir por casa.

SOFÍA

— Si, una casualidad. Me contó que su padre murió el año pasado. Que en sus últimos días, aunque muy enfermo, estuvo muy rodeado de toda su familia y que todos ellos Iloraron su muerte.

PADRE

 —Sí, sí; leí lo de su muerte en el Corriere della Sera. 

SOFIA

—Estuve en su casa el día de su muerte para dar el pésame a Stephany, su hija. 

PADRE

—Eso esta muy bien, Sofía. Hay que consolar a los amigos en los duelos.

SOFÍA

—El salón de su casa, inmenso, por cierto, estaba Ileno de plañideros. Me entretuve viendo los recuerdos que el señor Rossi almacenaba. Había cuernos de rinoceronte, astas de toro, pirañas...., todas con sus referencias de donde habían sido hechas. Me pareció una vida fascinante Ilena de aventuras. ¿Y sabes qué?

(Padre cada vez más nervioso) 

PADRE

—¿Qué, hija?


SOFÍA

 —Que en alguna de ellas estabas junto a él. Te reconocí al momento. Me hizo ilusión y casi a escondidas, saqué mi móvil y fui fotografiándolas como recuerdo. Tú no tienes nada de eso en casa.

PADRE (enfadándose)

 —No a dónde quieres ir, Sofía. No veo a qué sacas todo eso esta noche. Está todo muy lejano y no tengo ganas de recordar los tiempos aquellos.

SOFÍA (sin perder la compostura)

 —Lo sabrás en un momento. Cuando el mes pasado apareció la noticia de los safaris humanos, ya sabes, la cacería de inocentes por parte de empresarios italianos, volví a ver las fotos del velatorio de Marco Rossi.

PADRE

 —Muy bien. Pero Sofía, ¿quieres dejar de poner a los muertos en la mesa? Marita díselo por favor.

SOFÍA (muy tranquila)

—Ya acabo. Como decía volví a ver esas fotos. En una de ellas ponía “Sarajevo, Febrero 1992).

PADRE

- ¿Y?

SOFÍA

- Coincide con la fecha de las matanzas humanas.

 PADRE

—No digas estupideces. No todos los que íbamos a las cacerías en Yugoslavia hacíamos lo que ha dicho la prensa.

SOFÍA

 —Cierto, papa; llevas razón. Lo que sucede es que en otra de las fotos apareces en las mismas fechas del año siguiente: “Zagreb, cacería de osos, febrero 1992”.

 PADRE

- Ya te he dicho que era una afición que compartíamos, no veo nada malo en ello.

SOFÍA

—Ya me pareció demasiada casualidad que siempre fuerais al mismo sitio. La siguiente fotografía fue la que me generó más inquietud: “Kigali, Ruanda; cacería de elefantes, mayo de 1994”.

 

PADRE

 —¿Y qué tiene eso de extraño? Ya te he dicho que era nuestra afición.

SOFÍA

—No hubiera ocurrido nada si no hubiera aparecido la noticia. Pero al leerla, de pronto, todo se hizo nítido. Papá, en la primavera de 1994 Los hutus y los tutsis se masacraron mutuamente. ¿Se puede saber qué hacíais Marco y tú allí?

 

PADRE (fuera de sí)

 - Fuera de mi casa. No quiero volver a verte más. Insinuar que tu padre es un asesino, qué falta de respeto.

- Y tú, Marita, deja de llorar de una puta vez y acábate la sopa.

 

 

 

FIN

 

 

Noticia en la que se basa “Morir en la calle” EL PAIS NOVIEMBRE





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