EL CORDÓN DE LA VIDA
Hay un hilo que atraviesa la Historia. No se ve pero se
siente. Es el mismo hilo que nos conecta a la vida a través del cordón
umbilical.
El cordón umbilical no es solo biología. Es el primer
vínculo con el amor, con la protección y con la vida. Antes de saber hablar ya
estamos unidos.
En el mito de Ariadna, ella entrega un hilo para que Teseo
pueda salir del laberinto. No es la espada lo que salva. Es un gesto femenino.
No es la fuerza bruta. Es la intuición. Es la capacidad de orientar en medio de
la oscuridad.
Ese hilo representa algo más profundo: la confianza en lo
intangible...
Ariadna no lucha contra el laberinto: lo comprende. Sabe que
perderse es humano.
Quizás por eso, cuando el mundo se pierde en sus propios
laberintos, es la voz de lo femenino la que nos recuerda de dónde venimos. No
para escapar del laberinto, sino para atravesarlo con sentido.
Todos tenemos un laberinto interior: miedos, dudas, heridas,
sombras. Caminos que parecen repetirse. Puertas que no sabemos si abrir.
Pero a veces olvidamos seguir el hilo, ese que nos lleva al
centro de nosotras mismas.
Tal vez el verdadero hilo sea la conciencia amorosa. Esa que
nos permite entrar en nuestras propias profundidades, sin miedo a no regresar.
La mujer, como símbolo universal de vida, porta ese hilo
desde siempre. No como imposición sino como puente.
Y quizá lo divino no sea otra cosa que ese hilo intacto,
esperando que lo tomemos con suavidad para no perdernos de nosotros mismos.
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