miércoles, 13 de mayo de 2026

EN UNA CASA RURAL, por Carmen

 

En una casa rural


Dos mujeres jóvenes entran con maletas en una casa rural en pleno invierno. 

Es de noche. Hace frío. Está todo oscuro. Buscan interruptores de luz, pero no los encuentran.  Encienden la linterna de sus móviles.

Hay ventanas en los laterales. En medio del salón un sofá y un par de sillones. En el extremo una escalera que sube a una galería con muchas puertas cerradas.

Al fondo del salón hay un pequeño mostrador con un timbre. Lo pulsan insistentemente pero no reciben respuesta.  Parece que no hay nadie en toda la casa.

Se miran indecisas, se encogen de hombros, separan los brazos mostrando no comprender. No saben qué hacer. 

De repente oyen un crujido, como si una puerta se abriera, lanzan la luz de sus linternas entre la penumbra hacia el sitio de donde viene el sonido. No ven nada, solo oyen el rechinar continuo que ahora parece que se ha trasladado hacia otro lado. Dirigen los focos de sus móviles a ese nuevo lugar. Siguen sin captar de donde procede, pero cada vez escuchan más chirridos. 

Una corriente de aire les provoca frío al tiempo que notan el portazo de una ventana. A continuación otras ventanas se abren y cierran con violencia.

Se asustan, salen corriendo hacia la salida pero no consiguen abrirla, está bloqueada. Se sienten atrapadas, las puertas siguen chirriando y las ventanas continúan abriéndose y cerrándose. 

Ellas están aterrorizadas pero permanecen en silencio para no llamar la atención. Se abrazan, tiemblan de frío y de miedo, apagan las linternas para no ser vistas.

Estalla una fuerte tormenta. Los truenos provocan un ruido ensordecedor. La lluvia matiza los misteriosos chirridos. Cuando los relámpagos iluminan la sala, comprueban que muchas puertas están abiertas. Las ventanas siguen dando portazos. 

Las dos jóvenes aterrorizadas se miran mutuamente y se asustan la una de la otra al no reconocer sus caras por la confusión del pánico y  las sombras que provoca el reflejo de los rayos. Se separan enérgicamente yéndose a extremos opuestos.  

Están así unos segundos mirándose mutuamente con recelo y suspicacia, hasta que se dan cuenta de lo absurdo de la situación. Son amigas, se sonríen, se acercan y se abrazan. 

Vuelven a encender las linternas de sus móviles y se empeñan en buscar un interruptor.  Por fin lo encuentran debajo del mostrador. Encienden la luz.  La sala se ilumina. 

Comprueban que detrás de las puertas no hay nadie.  Cierran  las ventanas que han quedado abiertas a causa de la tormenta.  Se dirigen hacia la salida y la abren sin esfuerzo.  

Se vuelven a mirar sonriendo.

Se sientan en el sofá del salón a esperar tranquilamente a que pase el temporal.


Fin

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