ESQUECIDA
Sentada ante el
escritorio, Emilia escribe una carta, al tiempo que la lee en voz alta.
Miquiño mío:
Sí, ya sé que en nuestra situación no es necesario que te
escriba, pero ¿qué quieres? Es una grata costumbre que quiero conservar, y
también, para qué negarlo, porque la belleza de tus misivas me produce mucho bien
en el alma. Bueno, no sé si llamar a esto alma, porque no me negarás que
resulta de lo más absurdo que la difusora del naturalismo en España esté en un
no-lugar, en el éter, en la habitación de al lado, como dijo alguien. Por no
hablar de tu realismo, pánfilo mío.
En fin, como habrás comprobado, últimamente me quejo moito. Además de mi viejo resquemor porque
no me dejaron entrar en la Academia simplemente por ser muller, a eso se unió mi profundo dolor por que un sátrapa
expropiara mi querido pazo, con todo mi legado literario dentro y tus cartas,
riquiño de mi corazón. Pero es que ahora estoy profundamente dolida porque se
ha olvidado mi teatro. Sí, me dirás que se ha reconocido mi talento como narradora,
cronista social o feminista adelantada a su tiempo, pero, ¿y mis obras
teatrales? Mi dramaturgia aborda temas sociales, conflictos de clase, en fin,
naturalismo a tope, y hasta adaptaron al teatro mi novela más famosa. ¿No
merezco estar entre las esquecidas
del teatro español, Maru?
(Para recuperarse
de su indignación, Emilia deja de escribir un momento, se incorpora y observa
el horizonte, pensativa. Tras una pausa, vuelve a sentarse y coge de nuevo la
pluma)
Ay, ratonciño, también estoy triste por el mundo que veo.
Precisamente enfrente de mi pazo he visto a un montón de rapaces manifestándose
en contra de que mi pazo sea patrimonio público, expresándose además con moita violencia, unos mastuerzos, vaya.
Parece que prefieren al anterior dueño porque he oído decir a alguno: “Franco,
ese bro”. No sé, la escena me ha inquietado.
¿Recuerdas que decía que el siglo XX sería el de la mujer
rescatada? Bueno, pues parece que todavía muchas mulleres mueren a manos de hombres. Y luego están las guerras, cada
vez más crueles. Hay poco sentidiño y mucha violencia y brutalidad entre los
hombres entre sí y contra las mujeres. Sigue teniendo vigor lo que ya dije en
su momento: “Ay del género humano si la Historia se redujese a la opresión del
débil por el fuerte, al triunfo de la violencia”.
Bueno, teño que
dejarlo ya porque si no me enfadaré y eso no puede tener lugar en un no-lugar.
Toma paradoja.
Escríbeme pronto, estoy deseando leer y releer tus
espléndidas epístolas. Recibe un bico grande de tu parda, que está deseando
echarte el cuerpote encima. Quérote moito.
Emilia Pardo Bazán
FIN
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