Música: EMBERS OF BRIGID
Rosalía va pasando entre dos
nubes cuando ve a alguien sentado, con un mantel extendido por delante y encima
cubiertos, vasos y demás. Rosalía se acerca y pregunta:
- ---- ¿Qué comes, Conchita?
- ---- Empanada de zamburiñas, Rosalía, guapa.
- ---- ¿Compraste?
- ---- No, cogílas yo, ista mañá, na praia.
- ---- Dame, ¿si?
- ---- Prueba, prueba.
Concepción corta un trozo de
empanada y lo pasa a Rosalía, que lo prueba.
- ---- Ta ben.
- ---- Si. Fago con cebolla y limón, y amaso yo el pan.
- ---- Muy rico, Conchita.
Rosalía se marcha y Concepción se
queda viéndola marchar, mientras termina la empanada. Luego se echa hacia atrás
apoyándose en un trozo de nube que levanta con las manos y golpea para
acomodarlo a su espalda. Y piensa.
- ---- ¡Qué bien escribe Rosalía! La poesía sobre todo
se le da muy bien. Recuerdo aquella del cravo: “Unha vez tiven un cravo cravado
no corazón”... ¡qué bonito! Así copióselo Machado, pobriña; "En el corazón
tenía la espina de una pasión; logré arrancármela un día: ya no siento el
corazón". Pero bueno, todos copiamos, unos más y otros menos. Son muchos miles
de años de escritos... ya se ha escrito todo, o casi todo.
- ---- Yo también copié. Incluso sin saberlo. Varias
veces pasóme de enseñar un texto a alguien y decirme: “eso lo copiaste de tal y
cual”... y yo no sabía, pero luego miraba y sí, esa idea ya la había escrito
antes otra persona... En fin. ¿Cómo era la fábula aquella del lobo que
escribí... ¡Ah, ya! “Pasan del abril las flores, pasan las nieves de enero sin
que en estos alredores logre atrapar un cordero a los malditos pastores”.
Cientos de cuentos hay sobre ese asunto, cientos.
Concepción se levanta, coge la
cunca y bebe un sorbo de Ribeiro. Según levanta la cabeza para apurar el vino,
su vista se fija en un señor que pasea tres niveles de nubes por encima de ella.
Viste de rojo completamente y lleva un bonete también rojo en la cabeza.
- ---- ¡Mira, Monseñor! ¡Qué carácter! ¡Qué broncas! Y
malo no es, pero yo creo que a los purpurados se les sube la púrpura, igual que
a los millonarios se les suben los cuartos. Heterodoxa, llamóme una vez... en
una conferencia. ¡Hombre, si va usted a una conferencia es para escuchar, no
para agredir al conferenciante! Podía haberme dicho después, no delante de todo
el mundo.
- ---- Además, que poca gente ha defendido tanto a la
Iglesia como yo. Y no era fácil, que en mi época los liberales estaban
creciditos con lo de la Revolución Francesa y los derechos del hombre y demás
mandangas. Pero la Iglesia católica ha sido siempre la que ha creado
Hospitales, y Hospicios, y Casas de acogida, desde que Constantino impuso el
cristianismo. Porque el Estado no se hizo cargo hasta 1840, ¡y en qué
condiciones! pero sólo de los privados, porque los de las Cofradías, y las Hermandades,
y las Fundaciones los llevaban frailes, y curas, y monjas, y atendían a todo el
mundo sin mirar de donde venía o si creía en Dios o no. Hasta 1840 había en
España 1727 establecimientos de Beneficencia entre asilos, Hospitales,
Hospicios y demás, y los mantenía la caridad... la caridad cristiana, que los
liberales quieren eliminar incluso eliminando el término y sustituyéndolo por
solidaridad, que no suena cristiano... ¡es que les salen eczemas si se habla de
Cristo! Y todos esos establecimientos de asistencia social los siguió manteniendo
la caridad cristiana hasta que los Estados le vieron las orejas al lobo con la
Revolución Rusa y entonces crearon la Sanidad pública, y la Enseñanza pública,
y la jubilación, y el paro, para que los comunistas no tuvieran eco. Pero hasta
entonces era la Iglesia, desde el año uno hasta el 1.920. Mil novecientos
veinte años encargándose de los pobres, y de los niños, y de los locos, y de
los enfermos. Y ahora me vienen los liberales como si ellos hubieran inventado
lo que Cristo inventó hace dos mil años... ¡qué hocicos! ¡qué sinvergüenzas!...
O qué ignorantes, que también puede ser. Yo siempre he pensado que la mayoría
de los liberales no son malos, son ignorantes, son parvos. Porque fué Cristo, y
hace dos mil años, el que dijo que todos los hombres eran iguales y tenían los
mismos derechos. Y en aquella época, que había dueños y había esclavos, había
romanos y había bárbaros, había hombres y había mujeres, había cristianos y
había paganos... ¡Con un par!
- ---- Nadie ha defendido más que yo la enorme labor
social de la Iglesia Católica durante dos mil años. Y va Monseñor y me llama heterodoxa,
y yo peleándome con los liberales y los volterianos y los comecuras, y él
comiendo cocho en el Palacio Episcopal. Y a Monseñor no le gusta que yo diga
que las mujeres son iguales que los hombres y que deben tener las mismas
oportunidades. ¡Como si Dios hubiera hecho dos mundos distintos, uno para cada
sexo, y dos infiernos distintos y dos Cielos!
- ---- Y tampoco le gustaba que yo dijera que había que
redimir a los delincuentes, que en vez de encerrarlos en una cárcel para perder
su tiempo de vida había que educarles para que pudieran vivir como hombres de
provecho. Porque había que imitar el castigo del Infierno. O sea, que pasaban
años perdiendo el tiempo en la cárcel y luego salían a la calle sin medios para
mantenerse...
Concepción se queda callada unos
segundos, y se siente enrojecer. Luego estalla:
- ---- ¡Manda carallo!
Concepción se levanta, recoge los
platos, los cubiertos y el mantel y lo mete todo en una cesta de mimbre, que
cierra cuidadosamente. Luego vuelve a mullir la nube que le sirve de respaldo,
se recuesta y cierra los ojos. Empiezan a aparecer en su imaginación escenas de
su vida en la tierra, cuando visitaba Hospitales para verificar el trato que se
daba a los enfermos, y cárceles, para verificar el trato que se daba a los
presos, y hospicios para verificar el trato que recibían los niños expósitos. Y
el sueño se convierte en pesadilla y empieza a encontrarse a disgusto. Un señor
muy viejo, vestido todo de blanco, se le aparece y la bendice. Concepción
despierta.
- ---- San Pedro siempre está al quite para las
pesadillas. ¡Buena xente, San Pedro! Yo hice lo que pude. En mi época la
Beneficencia era un desastre. Y yo pelée todo lo que pude contra el desastre.
Peleé con la pluma como Juana luchaba con la espada. Y ahora las dos tenemos alas
que nos dió San Pedro cuando nos nombró ángeles. Eso me recuerda lo que me dijo
mi profesora de teatro cuando empecé a estudiar para escribir teatro. Me dijo: “Una
mujer tiene que ser siempre un ángel, un ángel con espada si es necesario, pero
un ángel”. Yo fui lo que quise ser: fui persona, mujer, inteligente, currante e
intelectual, eso sí me definió, y madre y esposa por delante de todo lo demás. Yo
nunca quise ser un ángel, me limité a hacer lo que sabía, escribir. Y escribí
mucho, desde luego. Así que San Pedro me puso alas. Me las quito para venir al
campo, porque abultan mucho y me engancho con todo, pero en las fiestas me las
pongo.
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