Un globo, dos globos, tres globos
Es lunes y al salir de clase me siento en una terraza a tomar una cerveza. En la mesa de al lado, una mujer pide una horchata. Su pelo corto, su camisa y corbata, su rostro tan característico… Me quedo estupefacto. Me mira con cara burlona y me dice con ese soniquete tan peculiar.
─ No ponga esa cara, que no soy un bicho raro.
─ Usted es la de un globo, dos globos, tres globos.
─ Menos lobos.
─ Perdone mi asombro, pero
usted murió hace más de veinte años.
─ A su edad, tenía que saber que un escritor se
mantiene vivo mientras perdure su obra. La inmortalidad es la cima de todo buen
escritor.
─ Déjese de historias, si está aquí, es que ha venido
del cielo o del infierno. Me imagino que estará en el cielo, faltaría más, con
San Pedro y toda la parafernalia.
─ Pues sí, allí estoy. Cuando me dan permiso, me gusta
venir a dar un paseo por mi barrio, porque yo nací cerca de aquí.
─ Lo sé. Hay una placa en su casa, en la calle de la
Esgrima.
─ De la Espada…Calle de la Espada número 3.
─ Pues somos vecinos, porque yo nací en Embajadores,
justo frente a la Inclusa.
─ Sí, ahí dejaban a los bebés en un torno. Eran otros
tiempos. Y usted, ¿qué cuenta?
─ He salido de clase en las Escuelas Pías, que está a
la vuelta de la esquina, de un taller que se llama Ver y escribir teatro
y nos han mandado hacer un trabajo sobre una madrileña de prestigio. De
repente, verla a usted, ha despejado mis dudas.
─ Pues sí que tengo algo yo que ver con el teatro, le
van a poner un cero.
─ No mujer, he dicho que sobre una madrileña de
prestigio, vamos, que usted lo es de sobra.
─ Pues tome nota:
“Gloria Fuertes nació en Madrid
a los dos días de edad.
A los tres años ya sabía leer
y a los seis ya sabía mis labores.
A los nueve años me pilló un carro
y a los catorce me pilló la guerra;
A los quince se murió mi madre,
se fue cuando más falta me hacía.
Aprendí a regatear en las tiendas
y a ir a los pueblos por zanahorias.
Quise ir a la guerra, para pararla,
pero me detuvieron a mitad del camino.
Luego me salió una oficina,
donde trabajo como si fuera tonta,
—pero Dios y el botones saben que no lo soy—,
Escribo por las noches
y voy al campo mucho.
He publicado versos en todos los
calendarios,
escribo en un periódico de niños,
y quiero comprarme a plazos una flor natural
como las que le dan a Pemán algunas veces”.
─ Se lo agradezco mucho. Veré si puedo
hacer algo.
─ Claro que puede.
“Con todo se puede hacer algo.
Hasta con un cero
- que parece que no vale nada -
se puede hacer la Tierra,
una rueda,
una manzana,
una luna,
una sandía,
una avellana.
Con dos ceros
se pueden hacer unas gafas.
Con tres ceros,
se puede escribir:
yo os quiero”.
─ En realidad, yo compré sus “Obras
completas” …
─ Incompletas, hombre. “Obras incompletas”
…
─ Si. Si, me he liado. Compré sus “Obras
incompletas” cuando a los chicos se lo pidieron en el colegio. Es que usted fue
un referente en la poesía infantil.
─ Es lo que más
se recuerda de mí, ¿verdad? "Gloria Fuertes, la poeta de los niños",
me llamaban.
─ Yo creo, que no fue
suficientemente valorada
─ Hombre, recibí muchos
premios, pero me quedó la espinita de que no me hubieran dado el “Premio
Nacional de Literatura Infantil”.
─ ¿Qué poetas fueron sus
referentes?
─ Mis
lecturas de juventud son los poemas de Bécquer, Rubén Darío y Gabriel y Galán,
pero lo que más me influye a la hora de escribir es la llegada de la Guerra
Civil. Esa experiencia tan dramática agudizó mi sentido de protesta. Escribo
mi primer libro de poemas a los 17 años, Isla ignorada, aunque no
se publicó hasta 1950.
“Soy como esa isla ignorada
que late acunada
por árboles jugosos
- en el centro de un mar que no me
entiende,
rodeada de nada, sola sólo”.
─ Siga contándome cosas, por favor.
─ Antes de empezar la guerra, publiqué mis primeros versos y di unos
recitales de poesía en Radio Madrid y Radio España. Era muy lanzada. Me movía
por Madrid en bicicleta, vestida con una falda pantalón y corbata. Me iba desde
Lavapiés a la Calle Mayor para entregar mis cuentos y poesías en la Escuela
Española. Había algo que me fascinaba: ir a la cuesta de Moyano. Allí compraba
libros a hurtadillas.
─ Yo también voy de vez en cuando,
esperando encontrar alguna joya.
─ Bueno, ya le he contado bastante, se
puede lanzar a hacer su trabajo.
─ No me ha contado nada de sus parejas.
─ Pues aquí tiene “Parejas”.
Cada abeja con su pareja.
Cada pato con su pata.
Cada loco con su tema.
Cada tomo con su tapa.
Cada tipo con su tipa.
Cada pito con su flauta.
Cada foco con su foca.
Cada plato con su taza.
Cada río con su ría.
Cada gato con su gata.
Cada lluvia con su nube.
Cada nube con su agua.
Cada niño con su niña.
Cada piñón con su piña.
Cada noche con su alba.
Así siguieron un buen rato,
con preguntas en prosa y respuestas en verso. Lo que no le contó la poeta fue que, cuando murió en 1998, tenía cien millones de pesetas en el banco y los legó
en su testamento a La Ciudad de los Muchachos. Devolvía a los niños la fortuna
que consiguió gracias a ellos. Dios la tenga en la Gloria.
Carlos Gallego Fernández
Madrid, 31 de diciembre
de 2025.
Qué grande eres Carlos, me has emocionado. Has captado la frescura y espontaneidad de Gloria Fuertes en el tono de tu texto.
ResponderEliminarGracias, Carlos. No me hagas ponerme colorado, por favor.
Eliminarprecioso!!!
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