domingo, 30 de noviembre de 2025

Amistad enferma, por Paloma Luaces

 



AMISTAD ENFERMA

 




 

Pablo, un joven en la treintena, está esperando a las puertas de un viejo edificio. Su gesto adusto denota preocupación. Del edificio sale otro hombre de edad similar, Luis, que se muestra algo inquieto al ver que Pablo se dirige a su encuentro. Le saluda con cierto recelo.

  

Luis.- Hola, Pablo. ¿Habíamos quedado? Pues la verdad es que no puedo (esquivo). Me está esperando Gloria en casa porque…

Pablo.- Tenemos que hablar. Y lo que te tengo que decir es importante (con autoridad).

Luis.- Bueno, vale, está bien. Solo un momento. ¿Vamos donde siempre?

Pablo.- No. Allí hay mucho ruido. Vamos al parque. Estaremos más tranquilos.

Luis.- Bien. Pero no me puedo entretener mucho porque…

Pablo.- Descuida. No te voy a entretener (elevando tono).

Ambos se dirigen hacia un parque próximo. No pronuncian una palabra a lo largo del camino. Pablo se muestra tenso y aprieta fuertemente la mandíbula. Luis, nervioso, dirige a Pablo alguna mirada de soslayo, pero ninguno de los dos se mira abiertamente.

Llegan hasta un banco y se sientan. Nada más sentarse, Luis se levanta de un respingo y se aleja.

Luis.- Ahora vengo.

Pablo, algo desconcertado, ve cómo Luis se acerca hasta un quiosco de prensa.

Luis.- Perdona, pero es que he visto que Paco todavía estaba abierto y quería…

Pablo.- Vale, Luis. Está bien. A ver si puedo…

En ese momento una mujer les interrumpe.

Mujer.- Excuse me. Could you please tell me how to get to Tribulete (pronunciando las “T” como una guiri) street from here?

Luis, raudo, se vuelve a levantar de un salto para dirigirse a ella.

Luis.- Yes, of course. Well… You have to… take this way and then… (hablando inglés con dificultad)

Pablo.- (Enojado, le grita a la mujer) Get away! (Pausa) Now! (gritando todavía más)

La mujer, asustada, se marcha a toda prisa.

Luis.- Ya vale, Pablo. Has asustado a la turista. Y yo que quería practicar mi inglés. Claro, como tú has podido estudiar fuera y yo…

Pablo.- (Todavía enfadado) ¿Quieres dejar ya de evitar el tema? (Traga saliva, intentando recomponerse) A ver, Luis, quería hacerte una pregunta: ¿Le has contado a alguien de la empresa lo mío?

Luis.- ¿Yo? No, claro que no.

Pablo.- ¿Estás seguro? Me ha parecido notar ciertas miradas, cuchicheos…

Luis.- Bueno, tal vez…

Pablo.- ¿Tal vez qué? La otra noche bien que insististe en que te contara qué me pasaba y ante mi negativa apelaste a nuestra amistad de más de veinte años. Yo también invoco esa amistad. Por favor, Luis, sé sincero.

Luis.- Está bien. Se lo dije a Bermúdez.

Pablo.- ¿A Bermúdez? Pero si es el chivato de la empresa. ¿Por qué?

Luis.- Es que Bermúdez iba a entrar al baño después de ti.

Pablo.- O sea, ¿me estás diciendo que toda la empresa sabe que tengo sida porque Bermúdez quería cagar?

Luis.- Es que tenía que avisarle y no se me ocurría ninguna excusa que darle.

Pablo.- ¿Avisarle de qué? ¿De que yo me había sentado en el trono antes? ¿Es que crees que le iba a contagiar así?

Luis.- Pablo, tienes que entenderlo. Eso es algo nuevo. No sabemos cómo funciona eso.

Pablo.- Claro, yo tengo que entender. ¿Y tú entiendes que por “eso” me han despedido?

Luis.- (Casi aliviado) ¿Cómo? ¿Que te han despedido? Vaya, Pablo, lo siento. No era lo que yo pretendía.

Pablo.- (Percatándose de su “alivio”) ¿Seguro? Parece que te ha cambiado la cara. Diría que hasta te has alegrado.

Luis.- Por Dios, Pablo. ¿Cómo puedes decir eso? Eres mi mejor amigo. ¿Cómo me voy a alegrar de que te hayan despedido?

Pablo.- Sí, de hecho esta mañana ni siquiera me has querido ver en el desayuno.

Luis.- Es que tenía mucho trabajo. No podía.

Pablo.- Ya. A mí lo que me parece es que tus buenas palabras de la otra noche eran pura falacia. Eso de (con ironía) “nuestra amistad ha superado una dictadura y superará cualquier cosa”, o “compartiendo un momento duro es donde se demuestra nuestra capacidad de amar”, o “un buen amigo siempre está ahí, sin reservas”. Claro que todas esas grandes frases las dijiste antes de saber el motivo de mi tristeza.

Luis.- Por favor, Pablo, no lo dudes. Voy a estar a tu lado. Me tienes para lo que necesites.

Pablo.- ¿De verdad? Bueno, vale. Entonces supongo que la comida de este domingo con tu familia sigue en pie. Es que ahora necesito cierta estabilidad.

Luis.- Sí, Pablo, pero es que justo este domingo viene mi suegra y creo que vamos a ser ya demasiados.

Pablo.- Claro. Ya veo. Al menos me podrás acompañar al hospital el próximo jueves.

Luis.- Sí, claro, por supuesto. Si puedo… (bajando tono)

Pablo.- Y también podemos quedar con la pandilla y fumarnos unos porros. Es que necesito desconectar. Y no tendrás remilgos a que nos pasemos el porro, ¿verdad?

 (Luis calla)

Pablo.- Ah, también tengo muchas ganas de abrazar a mi ahijada. Hace mucho que no la veo y necesito contacto humano. ¿Vamos a recogerla luego al colegio?

(Luis calla).

Pablo.- Ya veo que no dices nada. Para lo que necesite, acabas de decir. Te he mencionado algunas de mis necesidades y por tu parte solo hay silencio.

Luis.- (Explota) Está bien, Pablo. Sí, tienes razón, te lo reconozco. No sé cómo reaccionar. Y sí, eres mi mejor amigo, pero es que tengo una hija y tengo miedo, por ella, por mi familia, por mí. Cualquiera tendría miedo. Tienes que entenderme.

Pablo.- Claro. Yo te tengo que entender. A todos os da miedo. ¿Y mi miedo? (Le empieza a temblar la voz) ¿Te has parado a pensar en mi miedo, en mi incertidumbre, en mi soledad? ¿En que lo voy a pasar muy mal? ¿En que no voy a llegar a cumplir 40 años? ¿En que me voy a morir? (casi llorando, in crescendo)

Luis, conmovido, hace ademán de darle una palmada en el hombro en señal de consuelo, pero reprime el impulso.

(Pausa)

Luis.- Perdona, Pablo, no quería ahondar en la herida. Pero piensa que a lo mejor dentro de poco se descubre algún remedio para esa cosa. Mientras haya vida, siempre habrá una oportunidad. Y no pienses que puedes morir mañana. Piensa que pudiste morir ayer, y celébralo.

Pablo.- Mira, Luis, he aguantado tu filosofía barata todo este tiempo por amistad, pero ya te puedo decir honestamente que nunca has impresionado a nadie. (Pausa) Al menos te podré esperar en mi lecho de muerte (con resignación). ¿O solo acudirás a mi entierro?

Luis.- (Con ira) Lo siento, Pablo, y lamento decirte esto, pero yo tengo una vida y tú ya no.

Pablo.- (Sin sorpresa) Pues entonces creo que no hay mucho más que decir. Adiós, Luis. (Se levanta del banco, y de repente se da la vuelta). Ah, sí, se me olvidaba lo importante que te tenía que decir. ¿Recuerdas que nos hicimos un tatuaje? Pues quizás deberías ir al médico.

 

 

 

FIN


No hay comentarios:

Publicar un comentario

CARMEN DE BURGOS (1867-1932), por Juana Cámara

CARMEN DE BURGOS (1867-1932) CARMEN DE BURGOS (1867-1932) Madrileñas. Por Juana Cámara.   CARMEN DE BURGOS, “Colombine”, fue una ...