AMISTAD
ENFERMA
Pablo, un joven en la treintena, está esperando a las puertas
de un viejo edificio. Su gesto adusto denota preocupación. Del edificio sale otro
hombre de edad similar, Luis, que se muestra algo inquieto al ver que Pablo se
dirige a su encuentro. Le saluda con cierto recelo.
Luis.- Hola, Pablo. ¿Habíamos quedado? Pues la verdad es que no
puedo (esquivo). Me está esperando
Gloria en casa porque…
Pablo.- Tenemos que hablar. Y lo que te tengo que decir es
importante (con autoridad).
Luis.- Bueno, vale, está bien. Solo un momento. ¿Vamos donde
siempre?
Pablo.- No. Allí hay mucho ruido. Vamos al parque. Estaremos más
tranquilos.
Luis.- Bien. Pero no me puedo entretener mucho porque…
Pablo.- Descuida. No te voy a entretener (elevando tono).
Ambos se dirigen hacia un parque próximo. No pronuncian una
palabra a lo largo del camino. Pablo se muestra tenso y aprieta fuertemente la mandíbula.
Luis, nervioso, dirige a Pablo alguna mirada de soslayo, pero ninguno de los
dos se mira abiertamente.
Llegan hasta un banco y se sientan. Nada más sentarse, Luis
se levanta de un respingo y se aleja.
Luis.- Ahora vengo.
Pablo, algo desconcertado, ve cómo Luis se acerca hasta un
quiosco de prensa.
Luis.- Perdona, pero es que he visto que Paco todavía estaba
abierto y quería…
Pablo.- Vale, Luis. Está bien. A ver si puedo…
En ese momento una mujer les interrumpe.
Mujer.- Excuse me. Could you please tell me how to get to
Tribulete (pronunciando las “T” como una
guiri) street from here?
Luis, raudo, se vuelve a levantar de un salto para dirigirse
a ella.
Luis.- Yes, of course. Well… You have to… take this way
and then… (hablando
inglés con dificultad)
Pablo.- (Enojado, le grita a
la mujer) Get away! (Pausa) Now!
(gritando todavía más)
La mujer, asustada, se marcha a toda prisa.
Luis.- Ya vale, Pablo. Has asustado a la turista. Y yo que quería
practicar mi inglés. Claro, como tú has podido estudiar fuera y yo…
Pablo.- (Todavía enfadado)
¿Quieres dejar ya de evitar el tema? (Traga
saliva, intentando recomponerse) A ver, Luis, quería hacerte una pregunta:
¿Le has contado a alguien de la empresa lo mío?
Luis.- ¿Yo? No, claro que no.
Pablo.- ¿Estás seguro? Me ha parecido notar ciertas miradas, cuchicheos…
Luis.- Bueno, tal vez…
Pablo.- ¿Tal vez qué? La otra noche bien que insististe en que te
contara qué me pasaba y ante mi negativa apelaste a nuestra amistad de más de
veinte años. Yo también invoco esa amistad. Por favor, Luis, sé sincero.
Luis.- Está bien. Se lo dije a Bermúdez.
Pablo.- ¿A Bermúdez? Pero si es el chivato de la empresa. ¿Por
qué?
Luis.- Es que Bermúdez iba a entrar al baño después de ti.
Pablo.- O sea, ¿me estás diciendo que toda la empresa sabe que
tengo sida porque Bermúdez quería cagar?
Luis.- Es que tenía que avisarle y no se me ocurría ninguna
excusa que darle.
Pablo.- ¿Avisarle de qué? ¿De que yo me había sentado en el trono
antes? ¿Es que crees que le iba a contagiar así?
Luis.- Pablo, tienes que entenderlo. Eso es algo nuevo. No
sabemos cómo funciona eso.
Pablo.- Claro, yo tengo que entender. ¿Y tú entiendes que por
“eso” me han despedido?
Luis.- (Casi aliviado)
¿Cómo? ¿Que te han despedido? Vaya, Pablo, lo siento. No era lo que yo
pretendía.
Pablo.- (Percatándose de su
“alivio”) ¿Seguro? Parece que te ha cambiado la cara. Diría que hasta te
has alegrado.
Luis.- Por Dios, Pablo. ¿Cómo puedes decir eso? Eres mi mejor
amigo. ¿Cómo me voy a alegrar de que te hayan despedido?
Pablo.- Sí, de hecho esta mañana ni siquiera me has querido ver en
el desayuno.
Luis.- Es que tenía mucho trabajo. No podía.
Pablo.- Ya. A mí lo que me parece es que tus buenas palabras de la
otra noche eran pura falacia. Eso de (con
ironía) “nuestra amistad ha superado una dictadura y superará cualquier
cosa”, o “compartiendo un momento duro es donde se demuestra nuestra capacidad
de amar”, o “un buen amigo siempre está ahí, sin reservas”. Claro que todas
esas grandes frases las dijiste antes de saber el motivo de mi tristeza.
Luis.- Por favor, Pablo, no lo dudes. Voy a estar a tu lado. Me
tienes para lo que necesites.
Pablo.- ¿De verdad? Bueno, vale. Entonces supongo que la comida de
este domingo con tu familia sigue en pie. Es que ahora necesito cierta
estabilidad.
Luis.- Sí, Pablo, pero es que justo este domingo viene mi suegra
y creo que vamos a ser ya demasiados.
Pablo.- Claro. Ya veo. Al menos me podrás acompañar al hospital el
próximo jueves.
Luis.- Sí, claro, por supuesto. Si puedo… (bajando tono)
Pablo.- Y también podemos quedar con la pandilla y fumarnos unos
porros. Es que necesito desconectar. Y no tendrás remilgos a que nos pasemos el
porro, ¿verdad?
(Luis calla)
Pablo.- Ah, también tengo muchas ganas de abrazar a mi ahijada. Hace
mucho que no la veo y necesito contacto humano. ¿Vamos a recogerla luego al
colegio?
(Luis calla).
Pablo.- Ya veo que no dices nada. Para lo que necesite, acabas de
decir. Te he mencionado algunas de mis necesidades y por tu parte solo hay
silencio.
Luis.- (Explota) Está
bien, Pablo. Sí, tienes razón, te lo reconozco. No sé cómo reaccionar. Y sí,
eres mi mejor amigo, pero es que tengo una hija y tengo miedo, por ella, por mi
familia, por mí. Cualquiera tendría miedo. Tienes que entenderme.
Pablo.- Claro. Yo te tengo que entender. A todos os da miedo. ¿Y
mi miedo? (Le empieza a temblar la voz)
¿Te has parado a pensar en mi miedo, en mi incertidumbre, en mi soledad? ¿En
que lo voy a pasar muy mal? ¿En que no voy a llegar a cumplir 40 años? ¿En que
me voy a morir? (casi llorando, in
crescendo)
Luis, conmovido, hace ademán de darle una palmada en el hombro
en señal de consuelo, pero reprime el impulso.
(Pausa)
Luis.- Perdona, Pablo, no quería ahondar en la herida. Pero piensa
que a lo mejor dentro de poco se descubre algún remedio para esa cosa. Mientras
haya vida, siempre habrá una oportunidad. Y no pienses que puedes morir mañana.
Piensa que pudiste morir ayer, y celébralo.
Pablo.- Mira, Luis, he aguantado tu filosofía barata todo este
tiempo por amistad, pero ya te puedo decir honestamente que nunca has impresionado
a nadie. (Pausa) Al menos te podré
esperar en mi lecho de muerte (con
resignación). ¿O solo acudirás a mi entierro?
Luis.- (Con ira) Lo
siento, Pablo, y lamento decirte esto, pero yo tengo una vida y tú ya no.
Pablo.- (Sin sorpresa)
Pues entonces creo que no hay mucho más que decir. Adiós, Luis. (Se levanta del banco, y de repente se da la
vuelta). Ah, sí, se me olvidaba lo importante que te tenía que decir.
¿Recuerdas que nos hicimos un tatuaje? Pues quizás deberías ir al médico.
FIN
No hay comentarios:
Publicar un comentario