En memoria de Nuria Torray, de la que estuve enamorado hace 50 años.
(Texto, sobre la visualización de una escena sin audición, de la obra “El Malentendido”, de Albert Camus, interpretada por Nuria Torray y Mercedes Prendes, en “Estudio 1” de Televisión Española y emitida el 16 de febrero de 1976).
Una habitación grande, desangelada,
con un atril y una silla como único mobiliario. Suelo de piedra, vigas de
madera. Paredes vacías. En el centro, de pie, una mujer mayor, (la madre). A su
espalda, una puerta. Entra con paso firme, una mujer joven (la hija).
Madre. ─Has dicho que tenías
que hablar conmigo.
Hija. ─Sí, madre, cuanto
antes, mejor.
Madre. ─Me inquietas.
Debe ser algo muy importante, porque tú, cuando quieres decir algo, lo sueltas
sin previo aviso.
Hija. ─Alberto y yo, nos
vamos a separar.
Madre. ─ ¡Qué dices! Eso
es una locura, ¿Qué va a ser de los niños?
Hija. ─No te preocupes. Ellos
seguirán teniendo la misma atención y el mismo cariño de sus padres. Pero van a
dejar de ser testigos de continuas discusiones subidas de tono.
Madre. ─Que poca
paciencia tenéis las jóvenes de ahora.
Hija. ─ ¿Poca paciencia?
Las mujeres llevamos, años, siglos, ¡toda la vida! esperando tener los mismos
derechos y las mismas obligaciones que los hombres. Esa desigualdad está legalizada.
Me he comprado un coche para ir a trabajar y he necesitado el aval de mi
marido. Ninguna mujer puede abrir una cuenta bancaria sin el permiso del hombre
a la que está sometida, ya sea padre o marido. Y muchas cosas más. Alberto no
me ha sido infiel, no es eso, es que no coincidimos en nada, nos pasamos todo
el día discutiendo y no aguanto más ver como desempeña su papel de señorito
bien servido. Me revelo a tener que asumir el rol que me impone la sociedad. Dicen,
que cuando llegue el siglo XXI, hombres y mujeres se repartirán las tareas del
hogar por partes iguales y muchas cosas más cambiarán, para bien de la mujer. Quedan
más de veinte años, pero llegará.
Madre. ─Que ingenua eres,
chiquilla.
Hija. ─A las mujeres no
se las educa. Se las doma, para que sean sumisas, amables, serviciales…
Madre. ─ ¡Basta ya de
monsergas! ¡Chitón! Ahora le toca el turno a la sumisa, a la que nunca ha roto
un plato, a la que va todos los domingos a misa. Estoy cansada. (Se sienta
en la silla). Fue un 15 de mayo y había un sol radiante. A mediodía, se
presentó en casa un amigo de tu padre, diciendo que le había invitado a comer. Está
claro que era un malentendido, porque papá me dijo que iba a comer con su
pandilla y volvería al atardecer. Diego, que así se llamaba el amigo, me trajo
un ramo de margaritas que había recogido por el campo. Hacía años que no me
regalaban un ramo de flores. Era un hombre muy distinto a tu padre. Elegante,
culto, discreto. Le dije que se quedara a comer. Durante la comida, hablamos de
libros, de películas, que se yo, de todo lo divino y lo humano. Y coincidíamos
en muchas cosas. Ya sabes el dicho: la primavera, la sangre altera. El caso es,
que después de una agradable sobremesa, nos fuimos a la cama.
Hija. ─ ¡Qué me dices, mamá!
Madre. ─Fue algo natural.
Hija. ─ ¿Y aquello tuvo
alguna consecuencia?
Madre. ─Sí. A los nueve
meses naciste tú. Eres la única persona que lo sabe.
Hija. ─Y me pusiste de
nombre Margarita.
Madre. ─Lógico.
Hija. ─Me podías haber
puesto Rosa, o Violeta, o Azucena, si te gustan tanto las flores.
Madre. ─Me salió del
alma.
Hija. ─ ¡Nos ha jodido
mayo, con las flores!
Madre. ─Que le vamos a
hacer. Cosas que pasan.
(Se abrazan, llorando y
riendo a la vez).
Telón.
Carlos Gallego Fernández
Madrid, 11 de febrero de 2025

Sorprende e inesperado desenlace, me ha gustado.
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