
Dime que todo ha sido un sueño, que tu pecado no ha existido, que no eres mi madre..., ¿por qué si no, me aceptaste como esposo y engendramos a nuestros hijos?.
Huí de Corinto, abandoné a los que quería y creía que eran mis progenitores, los Reyes de ese país, porque la profecía me atormentaba, no podía soportar la idea de que pudiera cumplirse y matara a mi padre para casarme con mi madre.
Llegué a Tebas y tras vencer a la Esfinge me hiciste, tú, viuda del Rey Layo, con nuestro desposorio, rey de los tebanos.
Fuimos buenos gobernantes, salvamos a nuestro pueblo de plagas y miserias, vivíamos felices al ver que nuestros súbditos también lo eran. Pero un desdichado día, cuando nuestras tierras y nuestros hombres fueron de nuevo azotados por terribles acontecimientos, el Oráculo, por medio de tu hermano Creonte, me exigió, para dar fin a tanta desgracia, la identificación del asesino de tu esposo muerto, junto a varios criados, por un pordiosero en un cruce de caminos.
Ávido de justicia exigí su búsqueda y pedí ayuda al sabio Tiresias, conocedor de grandes verdades, quien a su vez trajo ante nosotros al único superviviente de la matanza real, quién de inmediato, me reconoció como culpable.
Nuestra sorpresa, esposa mia, fué descubrir que se había cumplido la profecía, yo, el Rey de Tebas, había matado a mi padre y tú, mi madre, eras ahora la madre de mis hijos.
Fue tal el espanto que de inmediato pusiste fin a tu vida y ante tal dolor, a mis ojos les quité la luz.
Podría culparte mi adorada Yocasta por haberme abandonado al nacer, por desear mi muerte, por haberme mentido, por tu cobardía, por tu cinismo..., pero los años que vivimos juntos y gobernamos nuestro país, te amé , fuimos felices, todos nos bendecían...; no esposa mia, nunca lo haré, sólo los Dioses controlan nuestro destino y son los únicos culpables de nuestra desgracia.
Vagaré con mi ceguera por tierras extra ñas, te echaré de menos, lloraré sin lágrimas, pero seguiré soñando con los que fueron mis grandes ideales: el amor, la verdad y la justicia.
Buscando un adjetivo, creo que el que mejor se adecúa es "edificante". Este monólogo es una queja extraordinaria contra los juegos de los dioses que permiten que se destruya a alguien justo y limpio de culpa. Muy edificante.
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