(Edipo, en un patio del
palacio).
Edipo. ─Pobre de mí. He
destrozado las vidas más valiosas y vivo en un constante frenesí. Dijo el sabio
Tiresias, que, aunque yo tuviera vista, no era capaz de ver mi desgracia. Es
ahora, con las cuencas vacías, cuando lo veo todo con cristalina claridad.
Asesiné a mi padre y no fui capaz de evitar la muerte, de aquella que me formó
en su vientre y tiempo después, en él, formó con mi legado, cuatro criaturas
más.
¡Oh! ¡Mi rubicundo Apolo!
Solo te pido, que no permitas que me arrebaten a mi hija Antígona, porque no
seré capaz de dar un paso sin sentir sobre mi hombro la mano de esa gran mujer,
que encarna la defensa de los principios morales,
la resistencia frente a la autoridad opresiva y que mantiene en la
cúspide de valores, el amor a la familia. Apiádate de mí.

No se puede condensar tanto en tan poco espacio. Enhorabuena.
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