viernes, 8 de marzo de 2024

Una escapada arriesgada (Fernando González)

 

UNA ESCAPADA ARRIESGADA (EL ELEFANTE)

 

Aprovechamos un descuido de Patricia, la cancerbera implacable de la residencia donde nos habían depositado nuestros hijos, para fugarnos mi amiga Gertrudis, su amiga Marga, la amiga de ésta Lourdes y el novio de Lourdes, Paco, con el que mantenía un romance secreto bien conocido por todos.

Paco quiso acompañarnos en esta aventura a pesar de que su movilidad distaba mucho de ser la mejor. Ni siquiera con su “Spuntnik”, nombre con el que había bautizado su último bastón y que según decía el fabricante era aerodinámico en extremo y con una gran estabilidad, parecía haber mejorado su velocidad punta.

La escapada del lugar había sido minuciosamente planeada, y el éxito en su ejecución fue  casi rotundo gracias a   la complicidad de Claudio, un compañero de internado que se ofreció a ayudarnos a cambio de la ración mensual de campurrianas que nos daban para las cenas.

Claudio, a la hora señalada, lanzaría certeramente desde su inseparable silla de ruedas, una afilada barra de metal a un avispero acomodado detrás de una edificación secundaria del complejo, lo que forzosamente tendría que provocar algo de revuelo y nos daría la oportunidad de salir “más o menos” velozmente de aquella amurallada prisión de yayos. Si alguien nos hubiera preguntado de dónde había salido tan sofisticada jabalina, no hubiéramos sabido que responder pues ninguno nos acordábamos a estas alturas de lo que habíamos cenado el día anterior.

Cuando llevábamos al menos media hora de rauda caminata, y distanciados al menos 100 metros de la cancela principal, el incesante aullido de las ambulancias dirigiéndose a “Mordor”, así habíamos apodado al recinto donde dormíamos, nos hizo sospechar que algo se había ido de madre en el estratégico plan de huida.

Desde la lejanía conseguimos apreciar que sacaban a alguien en camilla tapado con una manta plateada, lo que nos hizo suponer que a lo mejor no tendríamos que pagar a Claudio por su interesada ayuda.

Retomamos nuestro camino hacia la libertad apremiados por la necesidad que tenían todos los componentes del grupo de visitar un lavabo, ya que tantas emociones, había hecho que nuestros contenedores vitales pidieran alivio de manera urgente. No llegamos más allá que a la tapia del cementerio, pero sirvió muy eficazmente al propósito de los cinco.

Una vez recuperada la dignidad en nuestras vestimentas, vimos una patrulla de policía que nos puso en aviso de la circunstancia de que seguramente estábamos siendo buscados, por lo que Gertru apuntó con buen criterio, que para pasar inadvertidos, debíamos ir a la tienda de chinos que estaba enfrente del zoo y comprarnos atrezzo eficaz para no ser identificados.

Justo a la salida del bazar y convenientemente disfrazados con pelucas de Marilyn Monroe y gafas de sol , observamos que había un tentador banco acariciado por los rayos del sol que insistentemente nos recordaba la edad de nuestras rodillas.

Aunque un poco justos de espacio y una vez ahuyentadas media docena de tordas palomas, nos sentamos sobre aquel entramado de listones de madera para observar la frondosidad de los arboles que siempre rodean a los parques zoológicos.

Cuando creíamos que  lo que habíamos vivido aquel día  no tenía comparación en intensidad con lo que habíamos vivido en nuestra vida anterior, algo nos sobresaltó e hizo que nos cogiéramos fuertemente de la mano,  mientras se nos caían   lagrimas de los ojos a unas y una frondosa baba gelatinosa  a otro.

El impacto visual fue tal que Paco se levantó de súbito y comprobó en primera persona que las indicaciones del fabricante de Sputnik, no estaban en lo cierto en lo referente a la estabilidad del utensilio.

El panorama que se nos ofreció con la garrotilla aerodinámica disparada hacia un lejano espacio exterior, las gafas de sol fragmentadas y esparcidas por la acera a varios metros de donde nos encontrábamos y el  propio Paco a duras penas incorporado en posición de perfecto “spagat”,  hacía presagiar que nuestra aventrura había llegado a su fin.

De vuelta en tres ambulancias a nuestro lugar de origen y convenientemente ataviados con nuestras pelucas de la Monroe, nos atropellábamos para contar a los enfermeros que habíamos visto a un hermoso paquidermo volar por encima de la ciudad, que habíamos reventado un avispero desconociendo las consecuencias de aquél hecho para el conjunto de los residentes, que habíamos miccionado los cinco a la vez en la tapia de un  cementerio cercano y que posiblemente nos habíamos cargado a un compañero de Mordor al que debíamos un montón de galletas campurrianas.

No hubo respuesta por parte de ninguno de los sanitarios, tan sólo una discreta llamada a la central donde alguien visiblemente nervioso al otro lado del teléfono se apresuró a decir con voz imperativa :  “ahora mismo 0,5 gr de midazolam a cada uno”

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