UNA ESCAPADA ARRIESGADA (EL ELEFANTE)
Aprovechamos un descuido de Patricia, la cancerbera
implacable de la residencia donde nos habían depositado nuestros hijos, para
fugarnos mi amiga Gertrudis, su amiga Marga, la amiga de ésta Lourdes y el
novio de Lourdes, Paco, con el que mantenía un romance secreto bien conocido
por todos.
Paco quiso acompañarnos en esta aventura a pesar de que su
movilidad distaba mucho de ser la mejor. Ni siquiera con su “Spuntnik”, nombre
con el que había bautizado su último bastón y que según decía el fabricante era
aerodinámico en extremo y con una gran estabilidad, parecía haber mejorado su
velocidad punta.
La escapada del lugar había sido minuciosamente planeada, y el
éxito en su ejecución fue casi rotundo
gracias a la complicidad de Claudio, un
compañero de internado que se ofreció a ayudarnos a cambio de la ración mensual
de campurrianas que nos daban para las cenas.
Claudio, a la hora señalada, lanzaría certeramente desde su
inseparable silla de ruedas, una afilada barra de metal a un avispero acomodado
detrás de una edificación secundaria del complejo, lo que forzosamente tendría
que provocar algo de revuelo y nos daría la oportunidad de salir “más o menos”
velozmente de aquella amurallada prisión de yayos. Si alguien nos hubiera
preguntado de dónde había salido tan sofisticada jabalina, no hubiéramos sabido
que responder pues ninguno nos acordábamos a estas alturas de lo que habíamos
cenado el día anterior.
Cuando llevábamos al menos media hora de rauda caminata, y distanciados
al menos 100 metros de la cancela principal, el incesante aullido de las
ambulancias dirigiéndose a “Mordor”, así habíamos apodado al recinto donde
dormíamos, nos hizo sospechar que algo se había ido de madre en el estratégico
plan de huida.
Desde la lejanía conseguimos apreciar que sacaban a alguien
en camilla tapado con una manta plateada, lo que nos hizo suponer que a lo
mejor no tendríamos que pagar a Claudio por su interesada ayuda.
Retomamos nuestro camino hacia la libertad apremiados por la
necesidad que tenían todos los componentes del grupo de visitar un lavabo, ya
que tantas emociones, había hecho que nuestros contenedores vitales pidieran
alivio de manera urgente. No llegamos más allá que a la tapia del cementerio,
pero sirvió muy eficazmente al propósito de los cinco.
Una vez recuperada la dignidad en nuestras vestimentas,
vimos una patrulla de policía que nos puso en aviso de la circunstancia de que
seguramente estábamos siendo buscados, por lo que Gertru apuntó con buen
criterio, que para pasar inadvertidos, debíamos ir a la tienda de chinos que
estaba enfrente del zoo y comprarnos atrezzo eficaz para no ser identificados.
Justo a la salida del bazar y convenientemente disfrazados
con pelucas de Marilyn Monroe y gafas de sol , observamos que había un tentador
banco acariciado por los rayos del sol que insistentemente nos recordaba la
edad de nuestras rodillas.
Aunque un poco justos de espacio y una vez ahuyentadas media
docena de tordas palomas, nos sentamos sobre aquel entramado de listones de
madera para observar la frondosidad de los arboles que siempre rodean a los
parques zoológicos.
Cuando creíamos que
lo que habíamos vivido aquel día no
tenía comparación en intensidad con lo que habíamos vivido en nuestra vida
anterior, algo nos sobresaltó e hizo que nos cogiéramos fuertemente de la mano,
mientras se nos caían lagrimas de los ojos a unas y una frondosa baba
gelatinosa a otro.
El impacto visual fue tal que Paco se levantó de súbito y
comprobó en primera persona que las indicaciones del fabricante de Sputnik, no
estaban en lo cierto en lo referente a la estabilidad del utensilio.
El panorama que se nos ofreció con la garrotilla
aerodinámica disparada hacia un lejano espacio exterior, las gafas de sol fragmentadas
y esparcidas por la acera a varios metros de donde nos encontrábamos y el propio Paco a duras penas incorporado en
posición de perfecto “spagat”, hacía
presagiar que nuestra aventrura había llegado a su fin.
De vuelta en tres ambulancias a nuestro lugar de origen y
convenientemente ataviados con nuestras pelucas de la Monroe, nos
atropellábamos para contar a los enfermeros que habíamos visto a un hermoso
paquidermo volar por encima de la ciudad, que habíamos reventado un avispero
desconociendo las consecuencias de aquél hecho para el conjunto de los
residentes, que habíamos miccionado los cinco a la vez en la tapia de un cementerio cercano y que posiblemente nos
habíamos cargado a un compañero de Mordor al que debíamos un montón de galletas
campurrianas.
No hubo respuesta por parte de ninguno de los sanitarios,
tan sólo una discreta llamada a la central donde alguien visiblemente nervioso
al otro lado del teléfono se apresuró a decir con voz imperativa : “ahora mismo 0,5 gr de midazolam a cada
uno”
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