La voz metálica del guía en el museo del BBAA de Sevilla consiguió captar la atención de nuestro grupo. El hombre no cesaba de moverse a un lado y a otro juntando las palmas de sus manos y dando golpecitos como si aplaudiera sordamente.
-Como ya les he comentado, este Museo está ubicado en el antiguo convento de la Merced Calzada. Ahora mismo nos encontramos en la Iglesia que como pueden ver es un ejemplo de sobriedad. Actualmente es la sala más emblemática pues acoge los cuadros de los pintores más importantes del barroco sevillano. Permítanme que me detenga en estas pinturas -dijo el encargado de hacer el recorrido.
Todos le atendimos concentrados. Tropecé con el pie del guía en mi intento de ponerme en primer plano. Pedí disculpas colocándome en un lateral. Aturdida por el vértigo de tantos personajes expuestos en penumbra, habitando sus cuadros, tomé una dirección al azar. Despertó mi curiosidad una sala presidida por un cuadro de enormes dimensiones. En la cartela pude leer “El monólogo de Antígona” Óleo sobre lienzo. Anónimo. Entre 1675 y 1676. Representa a Antígona recitando sus últimas palabras poco antes de ser llevada a la muerte por haber desobedecido las leyes (dar sepultura a su hermano Polinices, por traidor).
ContemplarlO con distancia fue algo bien distinto a mirarlo desde cerca. Hay
caminos que se hacen por primera vez y nunca es tarde, caminos que se recorren,
lentos, pero seguros, un puñado de metros que se hacen sabiendo que nos espera
un tesoro al final del trayecto. La pintura resumía lo que puede hacer por nosotros un cuadro.
Nos cambia. Anhelé pintar aquel momento efímero tal y como el
autor supo captar ese instante.
Un lienzo grande, de atmósfera y
luces misteriosas, de intensa y contenida expresividad. Elevé
la cabeza para comprobar su gama cromática, así como el juego de miradas
dirigidas a la persona que quisiera admirarla. La protagonista, sobre un fondo
neutro, sentada en el suelo había sido atravesada por pinceladas sueltas,
apenas intuidas. Una túnica negra drapeada
sobre el cuerpo sin costura alguna, las manos apoyadas sobre las rodillas y el
cuerpo inclinado hacia adelante me dejaron intuir una respiración fuerte ¿Cómo sería vivir en esa
textura?
Escuché sus lamentos, desquiciando
la realidad. La exquisitez de los trazos en la ropa resaltaba la tristeza de su
rostro. Permanecí quieta, sin saber cómo alcanzarla ni dónde situarme sin que
restara un ápice de su esplendor. Agité las manos en el aire para llamar su
atención. Fingí
plegar mis rodillas y ensayar un salto de atleta hasta conseguir aferrarme a su
túnica. La
señora me aupó, sosteniéndome hasta conseguir introducirme dentro de la pintura.
Las manos, casi perfectas, recogieron su pelo con la pulsera que liberó de mi
brazo izquierdo.
-Antígona -me susurró a modo de presentación.
Quise saber de sus adentros y qué mundos navegaron por aquellos ojos audaces. Fue un desafío poder comunicarme y que sus palabras fueran mitad de ella, mitad mías, intentando el diálogo. Volvía una y otra vez a su postura inicial. Su piel me pareció madura y enrojecida, mostrando erupciones muy secas. Las líneas de expresión eran muy profundas. Tal vez mi cara mostró algo similar. Observé su calidad textil y matizada. Luego se puso a escribir en el aire. Pregunté por qué toda aquella representación si no había espectadores que pudieran leerla.
-Porque los recuerdos me
desvelan. Siento la tierra en mis manos y puedo asomarme desde esta ventana al
infinito. Los pájaros cantan, aunque nadie los escuche -dijo rozándome con su
vestido apoyándose en el marco del lienzo.
Una forma de tomar
distancia frente al recuerdo, pensé.
-Tal vez exista un
lugar intermedio. Un mundo diferente para cada muerto. El mío quedó limitado a
la pintura, a los pigmentos. ¡Después de sepultar a mi hermano quise morir para
juntarme con los míos, anhelando una llegada grata! ¡Y he aquí mi recompensa! Cuando
no mueres de forma natural bebes el sorbo que lleva a un territorio fantasmal y
umbroso. La muerte clavó sus alfileres transformando mi voz mental en un
susurro. Me agitó en círculos concéntricos. Idéntica a la trayectoria que
trazan las ondas que crea una piedra cuando cae en las aguas del río, o las
estrellas al desplazarse por el firmamento. ¿Estoy muerta o he nacido en un templo
creado por otra mano distinta a la del hombre? Sin haber gustado de las
felicidades del matrimonio ni de las de criar hijos y abandonada de mis amigos,
ahora poseo una vigilia extraña. Soy un pergamino desenrollado, luciendo como
obra de arte. Como los poetas, sé muy bien qué color necesita para existir.
Despertar alisada dentro de un marco me proporciona la dicha y la maestría
suficiente para tocar almas. Soy un aliento semántico, esclava del destino.
Nunca tuve miedo a la muerte. Lo que temí fue el trance.
¿Qué ley divina pudo
transgredir esta mujer? ¿Invocó a sus dioses y ellos tuvieron piedad ofreciéndole
una oportunidad paradójica? Vivir la eternidad, como sepulcro protector
incansable del Arte.
¿Cuántos personajes como ella
se escondían en el museo?
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