¡No suplicaré tu misericordia, altivo Creonte!
Triste mortal. Fugaz y frágil vacío…
Solo eres quimera de una simple ley humana que por tal,
es errada y alejada del Don sagrado y eterno.
Jamás me arrodillaré ante tan vil e ignorante ser
que antepone su pomposa soberbia
y desafía a los dioses con terrenal agravio.
¡Antes la muerte prefiero!
¡Antes la muerte suplico y antes la muerte tendré!
El eterno amor a mi bello hermano
y la llamada persistente del Hades infinito …
me pueden;
vencen mi ánimo y me hacen -con persistente ahínco-,
anhelar a ese Hades ya cercano, ya deseado
desde la más profunda sed de mi alma.
Ese Hades que me arrulle en los brazos de mis padres,
y tu envoltura Polinices…. ¡¡tus manos!!.
…
¿Crees que no es todo ello suficiente
como moneda de cambio para incitarte al reto?,
¿para lavar con mi propia sangre la lágrima que a mis ojos llama?
Yo te maldigo antes de mi muerte, ¡¡oh iracundo Creonte!!
por negarme -con tan leve juventud la mía-,
conocer en mi vientre esposo, engendrada con hijos,
plena de ilusión y sueños…
Insultas a los dioses primero y a tus manos después,
pues son ellas las que manchadas quedan
con la sangre de mi cuerpo… Pero no olvides a Zeus -dios de dioses-,
pues a Él es a quien tus delirios manchan.
Ante Él rendirás cuentas tras mi muerte -que de tu culpa llega-,
más febril de lo que nunca pensaste
pues con este velo -envenenado con el hilo de tu crueldad-,
ahorco en este instante
vida y esperanza a un tiempo.

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