EL CLAVEL ROJO DENTRO DEL ABRIGO NEGRO, por Luis
El cinturón rojo ceñía el abrigo de cuero negro. La
hendidura que producía marcaba la generosidad de la cadera que, en movimiento,
imitaba la barca en el mar cuando el viento es suave.
La mañana era fría y todos simulaban expulsar humo al
respirar. Parecía una protesta a la nueva ley que prohibía fumar.
Por la mañana los sonidos parece que se recrean y aumentan.
La señorita del abrigo negro y el cinturón rojo llevaba unos zapatos con
tacones más altos que prácticos; utilizaba el suelo adoquinado de granito igual
que los palillos la membrana del tambor. La puntualidad de cruzar la calle
todos los días a la misma hora era la señal de la disciplina que regía en su
vida. En una ocasión un vecino anciano le comentó que en lugar de poner el
despertador se guiaba por el sonido de sus zapatos al pasar por la ventana de
su casa. Los zapatos no eran de diseño exclusivo, pero tenían un ribete rojo,
caprichosamente; estaba situado en el empeine algo puntiagudo. Las luces se
reflejaban a su paso en el bolso de charol negro que se balanceaba con el cuerpo
al caminar. La bufanda roja dejaba libres los labios pintados de rojo intenso
que se correspondía con la bufanda, el cinturón y el ribete lanceolado de los
zapatos.
La imaginación, que suele ser muy atrevida, hacía pensar a
los varones de ocupaciones libradas en la cantidad de lunares que tendría
repartidos por todo su cuerpo, cuando se fijaban en el que tenía en la parte
inferior del pómulo izquierdo; este secreto se encargaban de descubrirlo el
verano y la playa.
El metro por la mañana es una madriguera de gusanos
metálicos chillones y de personas con prisas. Tiene la virtud de igualar a
todos, como la muerte. Será porque bajo tierra la notoriedad y la suntuosidad
no tienen razón de ser. Las personas necesitan la superficie para lucir sus
vanidades, sus casas, sus coches, sus orgullos...
En las horas punta, la rapidez y la falta de cortesía son
los alicientes para conseguir uno de los escasos asientos que ofrece el vagón.
Un joven fue el que se impuso en la disputa del único asiento libre,
desplazando con descaro y agresividad a la señorita bicolor. El tren repleto permitía
una proximidad no deseada que el joven aprovechó para mirar con descaro y
provocación a la mujer de rojo y negro que el azar le había acercado. Las
miradas insinuantes del joven hicieron de posición a la mujer, mostrándole el
paño negro del abrigo partido en dos por el cinturón rojo.
La naturaleza, los genes o la divinidad habían sido muy
generosas concediendo una elegancia envidiada a aquella mujer. Pero el puesto
de directora de recursos humanos de la multinacional no le vino caído del
cielo. La compatibilización de estudio y trabajo en la caja de un supermercado
le hicieron perder cinco años de su juventud.
Cuando colgaba el abrigo en la percha de su despacho siempre
recordaba el otro abrigo de paño leonado que tantos años tuvo como única
prenda, que hacía montón en la percha donde estaban todos los de sus hermanos.
Al repasar la agenda del día, el punto más delicado era el
de las entrevistas a los demandantes de empleo. Preparar el guion para hacer
una selección justa y acertada le suponía una concentración que la aislaba de
todo lo demás.
Mientras tanto, a la sala de espera práctica y funcional
llegaban los solicitantes tímidos y melancólicos. Estaba reflejada la foto
social de un barrio obrero. Las diferencias externas eran evidentes, desde el
negro betún subsahariano al sepia alpino, el moreno quemado magrebí y el blanco
latino. En el fondo a todos les identificaban los mismos conocimientos y la
limitación de ambiciones.
El puesto de carretillero que buscaba la empresa no exigía
ninguna cualificación de estudio ni master.
Esta circunstancia hacía meditar a la directora después de
la sesión de entrevistas Su ética no le permitía discriminar a nadie. El
trabajo solicitado no requería ninguna preparación técnica ni cultural. ¡Total,
para cargar y descargar bultos!
Elegir el candidato suponía una responsabilidad que le hacía
pensar en ello antes de tomar la decisión. Tenía muy claro que lo que
diferenciaba a una persona de otra eran la cultura y la educación; en este caso
las opciones de acceso eran iguales para todos los candidatos, sin considerar
la nacionalidad ni su preparación.
***
Al abrir la puerta el primer sorprendido fue el aspirante a mozo de almacén, pues la directora respondió: “Pase”, sin levantar la cabeza de los papeles que manejaba.
Levantó la cabeza y vio al joven
treintañero con un tono rojizo en la cara provocado por el sopor del recuerdo
en la escena del metro – el encuentro se repetía ahora con el papel invertido,
ahora era ella quien estaba sentada-. A
pesar de haber una silla, no se la ofreció en el tiempo que duró la entrevista.
Después de un breve silencio y una mirada seria dejó KO al aspirante, derivando
la suya hacia el suelo mostrando una actitud cabizbaja y humillante. Se prolongó
el silencio, la directora abandonó el guion protocolario prescindiendo de los
datos personales y decidió dar por terminada la entrevista con un leve
comentario y una pregunta:
- Según el curriculum que ha presentado todos los
trabajos que ha tenido han sido cortos y temporales. También tiene un curso de
Contabilidad. ¿Me puede decir el número contable que se le asigna a los
proveedores?
Entre balbuceos inaudibles vino a
decir que hacía mucho tiempo, pero no lo había practicado.
***
Cuando estaba en la calle, el joven pensó que el clavel rojo dentro del florero negro que había sobre la mesa era cómplice del cinturón, de los zapatos y de los labios que vio en el vagón del metro a primera hora de la mañana.
Al cruzar la calle tuvo que detenerse
porque pasaba un coche fúnebre con una corona de claveles rojos.
FIN
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