SINOPSIS:
En este monólogo la reina Isabel II de España, también
llamada la reina castiza, se acerca a nuestros días para contarnos en primera
persona con ironía y humor su pedida, enlace y noche de bodas con su primo el infante
Francisco de Asís, apodado Paquita Natillas.
PERSONAJE:
-
ISABEL II: Entrada en carnes, dicharachera, inculta,
perezosa, caprichosa, casquivana, derrochadora.
ESCENARIO:
-
Salón del Palacio Real; las paredes están
decoradas con grandes cortinas de terciopelo rojo con molduras doradas, un
aparador clásico con un reloj de sobremesa y una lámpara de araña.
EMPIEZA LA ACCIÓN:
(Entra en escena Isabel II, con un vestido de su época y
corona, mientras suena de fondo la Marcha Real.)
(Con ardor)¡Españoles, Viva España! (incita al público
para que grite viva) ¡Viva la reina! (el público “viva”) Permitidme
presentarme, soy Isabel II, hoy soy vuestra soberana, la que manda aquí, la dueña
y señora de los secretos de este palacio. Si estáis aquí supongo que será
porque queréis conocer toda la verdad que hay detrás de estas cortinas y, por
supuesto, los cotilleos de alcoba. Hoy os voy a revelar, sin cortapisas y espero
que con un poquito de gracia, mi pedida, mi boda y mi noche de bodas con
Francisco de Asís, ese (hace el gesto entre
comillas) “hombre” que, según el criterio de la corte, era el marido
perfecto. ¿Perfecto para quién? Eso lo averiguareis... enseguida. Antes de
empezar, una advertencia: esta historia tal vez os pueda producir alguna
sonrisa, muchas dudas y a lo mejor unas ganas tremendas de proclamar la III República,
¡cabrones!
Pues nada, estaba yo tan tranquila en el Palacio Real,
pensando en mis cosas, que si el abanico de encaje, que si los bailes, que si
los vestidos nuevos de París y de repente aparecen todos muy serios, como si
hubieran visto un fantasma y me dice mi madre, que era la reina María Cristina,
sí esa la de la canción que decía (cantando)
Y me dice “Isabel, hija, hay que tomar decisiones
importantes para el reino”; que si la estabilidad del país, que si la
dinastía... y yo pensando: “¿Qué coño de estabilidad ni qué coño de dinastía?
Si aquí lo que hace falta es marcha, joder”, ya sabéis que a los Borbones nos va…
(Se arrima la mano a la entrepierna y hace como que se abanica) la
marcha.
Y ahí me soltaron la puta bomba. “Isabel, te tienes que
casar con tu primo Francisco de Asís.” Yo no sabía si reírme o ponerme a
llorar. Y dije muy enfadada y llorando a
lágrima viva, “no, por Dios, con Paquita no” y es que Francisco era conocido
por todos como “Paquita Natillas” porque, en fin, para que negarlo, era más mariquita
que un palomo cojo. Y para colmo, el pobre tenía que mear sentado porque
sufría de “hipostapia” o algo así, una enfermedad por la que tenía el agujero por
donde se hace pis en el tronco de la pilila, lo que le impedía mear de pie; el
pueblo le cantaba coplillas como estas:
O
Y digo yo; vamos a ver, ¿quién en su sano juicio quiere
casarse con un hombre que mea sentado y que lo apodan "Paquita
Natillas"? ¡Si parece el nombre de una señora que vende postres en el Rastro,
por favor!
No os penséis que no me resistí; hice preguntas como: “¿Y
no hay otra opción? ¿No podemos traernos a algún príncipe guapetón de Baviera o
de Italia, que al menos anime el cotarro?” Pero nada, que si la tradición, que
si la sangre azul... ¡Azul la tenía azul, sí! Pero porque no me corría la
sangre de la mala leche que se me había puesto.
Total, que le dije a mi madre muy seria: madre, me tiene
hasta los cojones, que sepa: “que he cedido como reina, pero no como mujer, yo
no he buscado a este hombre para que fuese mi esposo, me lo han impuesto y no
le quería.” "Así que, de perdidos al río, a tomar por culo."
El fatídico enlace fue el 10 de octubre de 1846, no se me
olvidará. El día amaneció con un sol radiante, algo que, en Madrid implicaba
que los invitados iban a sudar como pollos. Yo, como soberana, debía dar
ejemplo de calma, aunque por dentro estaba más ansiosa que la Ayuso cuando le
preguntan por su novio, bueno, por ese “ciudadano particular”, y es que hay que
joderse lo que me gusta la fruta.
Los preparativos comenzaron con el tradicional desfile de
doncellas, modistas y cortesanas. El vestido, por supuesto, era blanco; por la
pureza; me parto, porque yo de pura tenía entre cero y nada. El corsé era tan
apretado que haría llorar a cualquier faquir de la India; me dejó sin aliento y
con unas ganas locas de inventar el wonderbra que ni te imaginas. Mi madre,
revisando hasta el último detalle del vestido, me decía: "Recuerda,
Isabelita, la compostura por encima de todo". Y yo pensaba: "¡coño,
si la compostura la perdí cuando me obligaron a ponerme este puto armazón!".
Las damas cotilleaban; que si el infante era muy sensible,
que si la reina no iba a estar a la altura, que si los invitados se iban a
quedar con hambre en el banquete, que si iban a poner (hace el gesto entre
comillas) “natillas” de postre. Los nervios aumentaban y yo solo quería
escaparme, salir corriendo; pero ya se sabe los reyes no se escapan, se joden y
aguantan el chaparrón como Dios manda, faltaría más.
Francisco de Asís apareció cual alma en pena, ataviado más
para un desfile militar que para una boda Real. Porque muy a pesar mío la boda
era “real”. Su madre, la infanta Luisa Carlota, organizaba la ceremonia sin
perder detalle, observaba a todos los invitados como águila culebrera. Los
invitados se miraban los unos a los otros murmurando: ¿tú crees que será un
amor verdadero o una alianza estratégica? Yo en ese momento solo me fijaba en
mis zapatos, que me apretaban de cojones; dos números menos pero, eso sí, brillaban
más que los diamantes de la corona.
La ceremonia parecía un cuadro de Goya pero sin majas. La
catedral estaba abarrotada de nobles, embajadores, militares y todos con sus respectivas
esposas; aquello parecía más un programa de Sálvame que un templo sagrado. A la
gente le oía murmurar “mira Isabelona tan frescachona y don Paquito tan
mariquito.” Hubo un momento en que por los nervios estuve a punto de decir “si
me queréis, irse” pero menos mal que me contuve, porque si lo llego a decir,
esa frase hubiera salido en todos los libros de Historia. El cardenal, con su
voz solemne y una mirada inquisitiva que ni Torquemada, leyó el sermón como si
fuera la lista de la compra del Mercadona. Yo respondía con monosílabos,
sonriendo para la posteridad, y encima aguantando los pinchazos de la pesada de
la duquesa de Alba, que me decía, “pinchar con un alfiler a la novia trae buena
suerte, hija”, y digo yo: "¿por qué no se pincharía ella donde yo le dijera, ¿a ver
qué tal?
Cuando llegó el momento de pronunciar el "sí, quiero" la voz no me salía del cuerpo. No por la emoción del momento sino porque que
el puto corsé me estaba asfixiando. Al cogerme Francisco mi mano y ponerme el
anillo en mi dedo sentí un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo… como si
el juez Peinado me hubiera imputado en el caso Begoña Gómez.
A la salida de la Catedral los vítores, los aplausos y los pétalos
de rosas marcaron el final de la ceremonia y el comienzo de mi vida de casada.
Y llegó la noche de boda, que según dicen es una noche mágica pero para mí fue como un número de trapecio del Circo del Sol pero sin red. La
habitación, con cortinajes, sábanas bordadas y un retrato de Fernando VII, o sea
de mi padre, mirándome con desaprobación desde la pared; vamos, de lo más romántico.
Dos horas estuve esperando a mi maridito a que se decidiera
a pasar a la habitación y yo allí esperando como una pava, con mi camisón transparente
de lo más sexi; cuando por fin se decidió a entrar casi me da un ataque de risa; Paquito entró con una camisa que tenía más bordados que mi camisón; ya me
contaréis que podía esperar yo de un hombre así.
Al entrar se quedó mirando a la cama como si fuera su peor enemigo
y, tras toser, me dijo: "Majestad, espero que esta noche le sea de su agrado".
Yo pensé en responder: "Si sobrevivo a esta noche, que ni la de “jalogüin”,
puedo darme por contenta. Después hubo un silencio bastante incomodo. Y allí
estaba con el hombre que la Corte había elegido para mí. Yo por dentro tenía
una mezcla de curiosidad, desconfianza y sobre todo unas ganas locas de reírme.
Intenté romper el hielo: "Francisco cariño, ¿no te
parece que el retrato de mi padre debería estar en otro sitio?" Él lo
miro, asintió con la cabeza, pero no movió ni un puto músculo. En ese momento,
entendí que intentar mantener una conversación con este pánfilo iba a ser toda
una hazaña o una comedia que ni escrita por Jardiel Poncela.
La conversación inicial fue tan animada como un funeral de tercera.
"¿Está usted cómoda, Majestad?", me preguntó Francisco. "
Querido, tan cómoda como se puede estar cuando todo el país está esperando que
esta noche sea histórica", respondí, sonriendo irónicamente. Él tragó
saliva y yo empecé a contar mentalmente los minutos que faltaban hasta el
amanecer.
Después de un rato grande intenté hablar de temas que a mí me
parecían interesantes, como la política exterior, las guerras carlistas o el
arte de Cúchares. Pero Francisco estaba más interesado por los encajes de la
colcha que por la política exterior. "¿Sabía usted, Isabel, que este
bordado es de Flandes?", dijo entusiasmado. Yo asentí, pensando en que, si
seguía así, acabaría cortándome las venas.
El silencio se rompía con algún comentario absurdo: Me decía
"¿Prefiere usted la luz de las velas o de los candiles?"; "¿No cree
que la almohada es demasiado alta para dormir boca arriba?"; "¿Ha
probado el agua de colonia que me recomendó mi tía?" Yo, por mi parte, me
dediqué a imaginar excusas para salir corriendo... o para pedir que entrara la
orquesta del Titanic y amenizara el momento antes de que se hundiera
definitivamente mi matrimonio.
La noche avanzaba y la tensión se convertía cada vez más en
comedia. Francisco, en camisa y zapatillas bordadas, leyendo un capítulo de
"La vida de San Francisco de Asís" antes de dormirse, mientras yo
hojeaba mi libro favorito… (hace un gesto lascivo acariciándose el cuerpo)
uhmmmmm… el kamasutra. Francisco, extrañado, me miro de reojo y dijo “Majestad, es tarde, necesita descansar” entonces nos miramos, nos sonreímos y nos
dormimos como dos bebés pero sin chupete.
Y así fue mi noche de bodas, queridos súbditos: menos épica
que las películas de Indiana Jones y tan cómica como cualquier película de
Lina Morgan. Si esperabais pasión desenfrenada no era esta la sala adecuada;
si buscabais pasar un rato divertido pues aquí lo habéis tenido. Me marcho; si
tenéis curiosidad de como continuó mi matrimonio, deciros que tuvimos12 hijos…
pero ninguno de Paquita Natillas, pero eso os lo contaré el próximo día.
¡Muchas gracias, Pueblo!
(Suena el himno de Riego) ¡Viva la reina! (el público “viva”) ¡Viva España! (el
público “viva”)
TELÓN
Paco, siempre me sorprendes. Y me haces reír. Eres un crack. Gracias.
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