El museo de la Hispanic Society of America de Nueva York ha cerrado sus puertas. Todo está en silencio. Solo una tenue luz ilumina el retrato de la Duquesa de Alba vestida de negro que pintó Goya. Alguien avanza desde un rincón de la sala, no podemos ver quien es, camina despacio hasta detenerse delante del retrato de Cayetana. Durante unos segundos contempla el cuadro en silencio. Ese silencio es roto por la voz de Cayetana, la pintura ha cobrado vida y sale del cuadro. Cayetana habla con su interlocutor, le llama por su nombre: Francisco, otra vez estás aquí.
Francisco da un paso adelante
entrando en la zona iluminada, descubrimos que se trata de Goya. Francisco
responde a Cayetana, lleva décadas apareciéndose ante ella y nunca se había
dignado a dirigirle la palabra, hay cierto tono de reproche en su voz.
Cayetana y Francisco hablarán
como dos viejos amigos que se reencuentran después de mucho tiempo. Cayetana es
alegre, muy desenvuelta, un pelín frívola. Francisco es más huraño, su carácter
se agrio con la sordera y ni siquiera el pasar a la eternidad le ha vuelto más
sereno.
Cayetana se ríe, simplemente
estaba probando hasta donde era capaz de llegar para estar junto a ella. Para Francisco, ahora que los dos hace siglos
que murieron, el tiempo carece de significado. Cayetana propone tomárselo a
broma, ya todo da igual.
Francisco recuerda como era ella,
sus escapadas por Madrid vestida de moza, sus fiestas, y sus romances con algún
torero. Cayetana recuerda el Madrid de esa época, sus verbenas y admite que le
gustaba divertirse. También le gustaba ayudar a los más necesitados, no tiene
que olvidarse de eso. Francisco asiente, también tenía el poder de hacer lo que
le viniera en gana. Fue la mujer más importante de su época, incluso se atrevió
a enfrentarse a la reina. Cayetana comenta que llego a copiar un modelo de
María Luisa de Parma y visito con esa ropa a todas sus criadas. Se ríen durante
un instante, luego Francisco se queda en silencio muy serio. Cayetana comprende
que no se ha pasado cientos de años visitándola solo para comentar algunos
chascarrillos.
Francisco y Cayetana dan unos
pasos y se sientan en uno de los bancos que hay en la sala. Cayetana entiende
que su pena viene de la sordera que le torturó durante sus últimos años. Él le
confiesa que no solo fue eso lo que le amargó de esa forma, los horrores que
presenció en la guerra contra los franceses y sobre todo la muerte de ella terminaron
de arruinarle el carácter.
Cayetana se muestra cariñosa con
él, sabe lo mal que lo pasó, como cambio su pintura.
Francisco le dice que la última
vez que fue feliz fueron los días que pasaron juntos en Sanlúcar de Barrameda. Cayetana
no puede reprimir el impulso de acariciarle y confesar que para ella también
fue maravilloso. Entre otras cosas él termino el cuadro que ha atrapado el
espíritu de ella. Francisco se pregunta por qué no siguieron con su amor, por
qué no lo hicieron público. Cayetana confiesa que se arrepiente de no haber
dado ese paso, pero en esa época nadie lo habría entendido.
Francisco, molesto, apunta que en
ese momento un pintor era poco más que un sirviente. Cayetana responde que
nunca fue eso para ella. Por eso cuando estaba posando para ese retrato
escribió en el suelo “Solo Goya” y le pidió que la pintara señalando lo que
había escrito. Para Francisco eso solo es un triste consuelo que ha servido
para forjar una leyenda en torno a ellos. Como que Cayetana posó desnuda para
la maja desnuda, mucha gente piensa que fue así. Cayetana no puede menos que
reírse, ella nunca lo hubiera permitido y menos para acabar expuesta en las
habitaciones de Godoy, no le soportaba. Goya confiesa que de alguna forma ella
está allí, cuando pintó a la maja solo pensaba en ella.
Cayetana da un pequeño beso en
los labios a Francisco. Cayetana lamenta no haber sido más valiente. Los dos reflexionan sobre lo distinto que
habría sido su relación de haber vivido en la actualidad. Tal vez hubiera sido
él, un pintor famoso, el que no hubiera querido hacer pública su relación con
una persona como ella. Francisco está seguro de que hubieran sido felices.
Cayetana se anima, se ve a sí misma paseando con Goya por el Madrid actual,
Francisco sonríe por primera vez, no está seguro de que fuera a gustarle,
demasiado ruido… hasta para un sordo. Francisco y Cayetana se miran fijamente,
pero las campanadas de un reloj rompen el momento. Va a amanecer y no pueden
seguir allí. Se levantan, se abrazan con fuerza, se besan y se separan.
Cayetana le pregunta si volverá a
verla al día siguiente. Francisco asiente. Cayetana antes de volver al cuadro
quiere saber si volver una y otra vez a contemplar su cuadro es el infierno de
Goya, sabe que al final de su vida tonteo con la brujería. Francisco le asegura
que no es su infierno, verla a diario es su cielo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario