Taller: Ver y escribir teatro. Profesora: María Eugenia García Ochoa.
Ejercicio: Un relato sobre:
“El teatro dentro del teatro”.
La función del lunes
Vicente, un tipo un poco
despistado, buena persona, pensó que hacía mucho tiempo que no iba a Madrid y
sería buena idea ir a pasar el día. Así, que una mañana cogió el tren bien
temprano y llegó a la estación de Atocha. Se puso a caminar sin rumbo fijo, se
metió a tapear en una taberna de la calle Huertas y después de ir para aquí y
para allá, desembocó en la plaza de Santa Ana y se detuvo frente al Teatro
Español. “¡Ah!, con lo que me gusta a mí el teatro”. Leyó en un cartel: “Esta
noche se improvisa la comedia”, sin reparar que era el anuncio de una obra de
Luigi Pirandello. “Empieza a las siete, vendré a ver como improvisan”. Y así
fue, después de estar en la Puerta del Sol, comer un buen cocido y haber callejeado
por el Madrid de los Austrias, llegó al teatro con tiempo suficiente. No tenía
por qué saber, que el lunes era el día de descanso. El caso es, que vio la
puerta abierta, se metió y se sentó en la cuarta fila del patio de butacas a
que empezara la función.
Estaba tan ensimismado,
que no se dio cuenta o no le importó, ser el único espectador. Al cabo de un rato, salió a escena una señora
de cierta edad, con bata y pañuelo en la cabeza, dispuesta a limpiar el
escenario, manejando con cierta indolencia, tanto la escoba, como el plumero,
como la fregona, al mismo tiempo que cantaba aquello de: “Desde la arena, me
dice niña morena, ¿por qué me lloras, carita de emperadora?”. A Vicente le encantó
su voz, “¡qué bien canta!, ¡qué profesional!”, valoró como discreto el
vestuario y no le gustó nada la representación: “Se nota que esta actriz no ha
pasado una fregona en su vida y el plumero daba juego para movimientos más
graciosos. Ya lo decía el cartel, todo es pura improvisación”, masculló. Al
cabo de una hora, la comedianta hizo mutis por el foro, al mismo tiempo que
declamaba: “Vaya mierda de trabajo y lo mal que lo pagan”, y Vicente pensó que
no le había dado toda la fuerza dramática que requería la expresión. Estaba
claro que había terminado la función, pero no salía nadie a saludar, hasta que
apareció un señor con uniforme, como los que están en la puerta de los bancos.
“¿Pero que hace este tío aquí? ¡Caballero! se acabó el espectáculo, vamos,
ahuecando el ala”, le dijo con un tonito sarcástico. Vicente salió a la calle contrariado,
mientras murmuraba por lo bajini: “Esto del teatro moderno, no hay quien lo
entienda. ¡Vaya bodrio!”.
Carlos Gallego
Fernández Madrid, 15
de marzo de 2025

Muy imaginativo, Carlos. Una excelente idea.
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