lunes, 24 de marzo de 2025

TERESA PANZA, por JOSÉ MARÍA GÓMEZ

 



TERESA PANZA

OBRA DE TEATRO EN UN ACTO DIVIDIDO EN CUATRO ESCENAS


SINOPSIS

En un teatro se ensaya una comedia de costumbres manchega inspirada en Teresa Panza. La actriz principal se descuelga en medio de los ensayos. La limpiadora del teatro, trasunto de Teresa, decidida, valiente, defensora de su familia y amante del teatro, sustituye a la actriz.


Esquema de acciones

ESCENA UNO.- En el teatro, Estrella, limpiadora, contempla los ensayos de la obra, que trata de una mujer manchega muy decidida, trasunto de Teresa Panza. Prado, que es su nombre, avisa a Amparo, mujer del alcalde, de que el alcalde le regala joyas, la persigue y se mete en su casa. Estrella le comenta al director de la obra que ella se quitó de encima a las chicas que su marido perseguía.

ESCENA DOS.- Elena, la actriz que interpreta a Prado, avisa al director, Lorenzo, de que ella no quiere interpretar a una señora pobre e inculta. Ella quiere hacer una señora rica, dueña de una hacienda. Como Lorenzo también es el autor de la obra, le exige que cambie la obra. Quiere interpretar una mujer rica y culta, no una aldeana pobre que no sabe ni hablar bien. Al tiempo, Estrella ayuda a Lorenzo con detalles de La Mancha, para mejorar la obra.

ESCENA TRES.- Lorenzo se desespera de la pobreza artística de sus actores, que no viven los personajes. Se interpreta una escena en la que Prado consigue vender los membrillos de su huerto desde su casa en el pueblo, mientras su marido, Francisco, pierde quince días en Madrid sin conseguir vender nada. Estrella le comenta a Lorenzo cómo abordó ella los problemas económicos cuando su marido, albañil, se cayó del andamio y quedó incapacitado tanto para trabajar de albañil como para cultivar el huerto. Estrella se marchó del pueblo y consiguió empleo para el marido y para ella misma.

Estrella también le comenta de su gusto por el teatro. Estrella actuaba todos los años en la Pasión de su pueblo, y se sabe el Tenorio de memoria. También se sabe la obra de Lorenzo, porque lleva quince días siguiendo los ensayos.

ESCENA CUATRO.- Estrella está en el escenario, representando una escena, y lo borda. Suena el móvil de Lorenzo. Es Elena, la actriz principal, que no ha ido al ensayo porque insiste en que Lorenzo cambie la obra. Lorenzo le da la razón, le pide excusas, le dice que ella es absolutamente necesaria. Cuando cuelga y termina la escena que está representando Estrella, Lorenzo se levanta entusiasmado, aplaudiendo, sonriendo y gritando: “Bravo, bravo, magnífico”.

 

Personajes:

Lorenzo, director de teatro. De unos cincuenta años, está montando una obra que trata de una mujer manchega, Prado, que mantiene la familia moral y económicamente, y está casada con un marido, Isacio, con pocas luces y escasos méritos.

Elena, actriz, de unos cuarenta y cinco años, engreída, escasamente dotada para la interpretación, siempre imposta los personajes excesivamente. En la obra representa a Prado.

YYY, actor, de unos cuarenta años, representa a Francisco, el marido de Prado.

XXX, actriz, de unos cuarenta y cinco años, aparatosa, seria, representa a Amparo, esposa del alcalde.

Estrella, mujer de la limpieza del teatro donde se está ensayando la obra. Unos cuarenta y cinco años, bien formada, alegre.



TEXTO ÍNTEGRO DE “TERESA PANZA”

El escenario reproduce un teatro. Toda la mitad derecha es un escenario teatral, encuadrado, elevado medio metro sobre el suelo y con el telón recogido en ambos lados. Dentro se reproduce una calle de un pueblo manchego, en escorzo. En primera posición, una casa típica manchega, con puerta de madera cortada en dos partes, superior e inferior. La superior puede abrirse sola dejando la inferior cerrada.


PUBLICO

La parte izquierda del escenario reproduce las dos o tres primeras filas del patio de butacas. Sentado en segunda fila está Lorenzo, el director de la obra, con el libreto en la mano. Dispersos por el escenario hay dos o tres personas, que pueden ser tramoyistas o actores, que observan el escenario fingido o simplemente esperan su turno para actuar.

A la izquierda del todo está Estrella, la señora de la limpieza del teatro, que con un paño y una botella de plástico se dedica a limpiar las butacas, sin quitar ojo al escenario fingido. De vez en cuando se para y escucha con mucha atención.

 

ESCENA UNO

En la puerta de la casa, Prado, una señora de unos cuarenta años, atractiva, vestida de faena y con un pañuelo anudado en la cabeza, enjalbega las jambas de la puerta. En el suelo hay una cubeta de goma con asa que debe contener la cal, y Prado moja de vez en cuando en ella una brocha redonda de pelo. A su lado, un escabel permite a Prado subirse para llegar por encima de la puerta. Prado utiliza la brocha como si fuera un pincel y estuviera pintando un cuadro, muy delicada y desmañadamente. En dos o tres brochazos se aprecia que enjalbegar las jambas podría llevarle una eternidad.

Pasados unos segundos, aparece por la izquierda una señora. Viene paseando. Lleva un vestido de flores, el pelo cardado, un bolso negro, zapatos de tacón. La imagen es una persona del pueblo pero con posibles. Lleva pendientes de oro, collar de perlas y una cadena también de oro, gruesa, le rodea la muñeca derecha. Prado la ve venir, para de enjalbegar, se pone en jarras y cuando la señora llega a su altura, la interpela:

PRADO: Hola, Amparo. Te veo muy galana.

AMPARO: Hola, Prado; gracias. ¿Enjalbegando?

PRADO: Ya ves. Oye, ¿tu y yo seguimos siendo amigas, verdá?

AMPARO: Claro que sí, hermosa; somos amigas desde el colegio.

PRADO: Ya, es que como ahora eres la mujer del alcalde, a lo mejor ya no quieres trato conmigo.

AMPARO: Claro que no, Prado, ¡qué bobada! Los amigos del colegio son para toda la vida.

PRADO: Pues el caso es que quería enseñarte algo, ¿puedes esperar un momento?

AMPARO (con extrañeza): Si, claro.

PRADO entra en la casa y al poco aparece con una caja de joyería, que abre y cuyo contenido enseña a Amparo.

PRADO: Mira, unos aretes de filigrana, como los que llevabas este verano en las fiestas.

AMPARO: Es verdad, son muy parecidos; ¿dónde los has comprado? Yo los compré en la capital cuando fui con mi marido el año pasado, en una joyería que nos gusta.

Prado cierra la tapa de la caja para que se vea el nombre de la joyería y lo enseña a Amparo.

AMPARO (sorprendida): ¡Esa, es esa joyería!

PRADO: A mí me los ha osequiao un señor….

AMPARO: ¿Un señor? ¿Qué señor?

PRADO: No te lo he de decir, porque es un señor de mucho lustre en el pueblo y no quiere que naide sepa que me regala aretes de filigrana. Me los mandó ayer con un propio. Yo creo que no se atrevió a traelos él porque yo no los habría cogío.

AMPARO: ¿Así que ese señor no quiere que se sepa que te hace regalos?

PRADO: No, no quiere… El muy jinojo lo que quiere es otra cosa que no le pienso dar… Yo no me los voy a poner, así que, mira, casi llévatelos tú, así tienes dos pares… Por si pierdes alguno.

Amparo coge la caja, la mira y mira a Prado.

AMPARO: Gracias, Prado. Si, se los voy a enseñar a mi marido, a ver si a él también le gustan. Gracias.

PRADO: De nada, Amparo. Oye, ¿te podría pedil un favor?

AMPARO: Claro. Dime.

PRADO: Pues quería pedilte a ver si podrías hablar con tu marido, que no me malee. Resulta que ma dicho que me va a cortar el agua del güerto, y ma dicho que me va a obligar a retranquear la casa, y cosas así. Denque Francisco marchó hace diez días a vender los membrillos, cada día me se mete en casa y me asusta con algo.

Amparo pregunta, con extrañeza.

AMPARO: ¿Que se te mete en casa?

PRADO: Si; una vez entró por el corral y casi me pilla desnuda.

Amparo calla unos segundos.

AMPARO: Ya… No te preocupes, Prado. Yo hablaré con mi marido. Hoy mismo.

PRADO: Pues muy agradecía, Amparo, hermosa. Muy agradecía.

Prado despide a Amparo, que se marcha con paso vivo en dirección al Ayuntamiento.

LORENZO (en voz alta): ¡Muy bien, chicas! Ha quedado bien. Vamos a hacer una pausa. Diez minutos.

Amparo y Prado salen del escenario y desaparecen, junto con el resto de personas que andaban por escena. Estrella, que ha estado mirando la escena sin perder ojo, duda y luego se acerca a Lorenzo, que consulta el libreto. De pie a su lado, comenta:

ESTRELLA: Esa señora no ha enjalbegao en su vida.

LORENZO (sorprendido): ¿Y eso? ¿Usted sí?

ESTRELLA: ¡Claro! Mi casa de Miguelturra es de piedra y siempre ha estao encalada.

LORENZO: ¿Y porqué dice usted que Elena no lo hace bien?

ESTRELLA: Pues porque parece que está pintando Las Mininas. Al ritmo que va no termina ni pa Navidá.

LORENZO: ¡Ah, claro! ¡Ya veo!

ESTRELLA: Es que además le han dao una brocha, y no se enjalbega con brocha. Se enluce con un jalbego, que se hace con anea y coge más masa. Y luego, se moja, se salpica la paré y se da parriba y pabajo y pa los laos. Y luego se cambia de sitio, porque si se insiste se levanta lo anterior.

Estrella, según habla, ha ido simulando las acciones que comenta.

LORENZO: Pues se lo voy a decir al técnico, y se lo explicamos a Elena.

ESTRELLA: Claro. Y los aleros hay que pintarlos de añil, que queda muy lucido.

LORENZO: De añil. ¿Eso es azul, verdad?

ESTRELLA: No, es añil.

LORENZO: ¡Ah, vale! ¿Y usted se llama?

ESTRELLA: Yo soy Estrella. Soy manchega, de Miguelturra.

LORENZO: Pues muchas gracias, Estrella.

ESTRELLA: De nada. Me gusta mucho la obra que están haciendo. Son las cosas que pasan en los pueblos.

LORENZO: ¿De verdad?

ESTRELLA: Claro. Donde hay mujeres y hombres…

LORENZO: ¿A usted le ha pasado algo así?

ESTRELLA: A mí no. Algún moscón me seguía, pero con dos arremetías me lo quitaba. Y le quitaba también las moscas a mi Isacio.

LORENZO: ¿Su marido?

ESTRELLA: Ese, que si nace más tonto nace botijo. Iba detrás de toas, como enfuegao. Pero una vez me las quité todas de en medio pa siempre.

LORENZO: ¿Y cómo lo hizo?

Estrella se sienta en la butaca de delante de Lorenzo y se gira, para seguir hablando con él.

ESTRELLA: Pues resulta que vino al pueblo una de Ciudad Real, una desahogá, ya moza vieja, con un pantaloncito corto apretao que le iba marcando las entrepiernas.

LORENZO: ¡Caramba, qué discreta, ¿no?!

ESTRELLA: ¡S’ijo, sí! Paseaba por la plaza con cincuenta ojos pegaos a las ingles. ¡P’aborrecer el anís! A mi marío se le salían los ojos como a los sapos. Y yo le advertí: “Isacio, te cuelgo de las criadillas”. Pero na, cuando un tonto coge una linde... Y va el bobo de mi Isacio y se encapricha, y me llega que les habían visto juntos en una romería. Asín que cogí un vergajo que era de mi padre y me fuí a casa de la forastera. La desnudé a tirones y la saqué desnuda a la calle, dándola vergajazos hasta la obra donde estaba Isacio, quera arbañil. Allí, sujetándola de los pelos, le llamé a voces: “¡Isacio, asómate!” Cuando salió, le pregunté: “A ver, Isacio, ¿tu conoces de algo a esta señora?”. Se puso mu serio y dijo: “No, Estrella, no la conozco de nada”. Así que yo le dije: “Me alegro, guacho. Me alegro por ti, galán”. Y a la pendona la dejé que se fuera, y se marchó a su casa. Y ya no volvieron a verse.

LORENZO (sonriendo): ¡Qué bárbaro! ¿Y su marido no la volvió a engañar nunca?

Estrella se ríe…

ESTRELLA: ¡Bueno, él lo intentaba, pero ya ninguna quiso dir con él! ¡Ninguna quería verse desnuda por la calle…!

LORENZO: ¡Qué historia! Es genial.

ESTRELLA: En los pueblos siempre hay líos.

Estrella mira el reloj y se levanta.

ESTRELLA: Bueno, señor, me tengo que marchar. Perdone que le haya molestao.

LORENZO: No me ha molestado usted, Estrella. Yo me llamo Lorenzo Uclés, y me alegro de conocerla.

Se levanta y le da la mano. Estrella mira el trapo y la botella, pasa el trapo a la izquierda y le da la mano.

ESTRELLA: Pues yo también. Gracias, señor.

Estrella sale por el fondo izquierda, mientras Lorenzo la mira marchar con cara de asombro. Luego se vuelve a sentar y sigue consultando el libreto.

 

ESCENA DOS

Lorenzo está subido al falso escenario revisando los decorados cuando llega Elena, que se dirige hacia él.

ELENA: Lorenzo, tenemos que hablar.

LORENZO: Dime.

ELENA: Yo no puedo actuar en estas condiciones.

LORENZO: ¿Qué condiciones?

ELENA: Esta obra. Yo soy una actriz de clase, y la obra que has escrito no me da valor. Es una señora vulgar.

LORENZO: Todo lo contrario. No es nada vulgar. Es una mujer fuerte, recia, es el alma de su familia, es la que la mantiene, incluso económicamente.

ELENA: Pero si habla fatal…

LORENZO: Habla como se habla en La Mancha.

ELENA: Y viste fatal.

LORENZO: Viste como se viste en La Mancha.

ELENA: ¿Y cómo me luzco yo en ese papel?

LORENZO: Pues interpretándolo bien. Eso es lo que la gente espera de una actriz, que interprete a un personaje, sea como sea el personaje.

ELENA: No me vengas con discursitos profundos del oficio. Yo soy una figura de la escena, y quiero salir en escena como una figura.

LORENZO: Pero Elena, esta obra es como es.

ELENA: Pues la tienes que cambiar. Tu la has escrito, así que la puedes cambiar. Yo quiero ser una señora bien, dueña de una hacienda.

LORENZO: Pero ¿cómo voy a cambiar la obra? No se puede cambiar. Es la vida real de una mujer pobre, con problemas económicos contra los que pelea constantemente. Si fuera rica se perdería esa faceta de su carácter, que es fundamental en la obra.

ELENA: Pues lo mismo sería que en vez de una señora pobre fuera una señora rica, la dueña de una finca… Y que pelee con los problemas de los ricos, que también pueden tener problemas, ya se te ocurrirá algo. Eso a la obra no le afecta, y yo podría salir bien vestida, no de fregona, y hablar educadamente, no como una verdulera.

LORENZO: Elena, esa sería otra obra, no ésta.

ELENA: Pues piénsatelo, porque yo no quiero hacer de paleta. Voy a seguir una semana más, pero luego a lo mejor me voy si la obra no cambia.

Elena da media vuelta y se marcha. Lorenzo se queda viéndola marchar. Apabullado, se sienta en una silla de dirección que hay en el escenario y se echa para atrás. En esto aparece Estrella en el patio de butacas y le llama:

ESTRELLA: ¡Don Lorenzo!

LORENZO (cansinamente): Hola, Estrella.

ESTRELLA (al notarle desanimado): ¿Está usté bien?

LORENZO: Si, si, muy bien. ¡Ah, por cierto, hablé con el técnico sobre lo que usted me dijo, y en unas cosas le da la razón y en otras no!

ESTRELLA: ¡Caramba!

LORENZO: Si. Dice que en lo del orujo tiene usted razón, que en La Mancha nadie pide orujo, piden aguardiente.

ESTRELLA: Claro, eso es. Algunos ni eso, algunos piden “agua” y el tabernero ya sabe lo que es. Y muchos ni piden, cuando entran el tabernero ya sabe lo que quieren.

LORENZO: Pero en lo del añil me dice que no, que mucha gente no pinta de añil, ni de almagre, lo dejan todo en blanco, y el técnico dice que él es de Ciudad Real y sabe lo que dice.

ESTRELLA: Pues él será de Ciudad Real, pero yo soy calatrava, y mis padres eran calatravos y mis abuelos eran calatravos, y un bacín de culipardo no va a enseñame a mí cómo se pintan las casas.

LORENZO: Bueno, Estrella, si le parece lo dejamos pasar, tampoco quiero decirle al técnico que todo lo hace mal.

ESTRELLA: Me parece bien, Don Lorenzo. Si la cuerda se estira mucho igual se rompe y es peor.

LORENZO: Sabía que usted lo iba a entender, Estrella. Gracias.

ESTRELLA: De nada, Don Lorenzo. Yo sólo quiero ayudar.

LORENZO: Eso lo sé perfectamente, Estrella. Usted ayuda… otros no.

 

ESCENA TRES

Lorenzo está sentado en primera fila, hablando con Elena y Ricardo, que están sentados en el borde del falso escenario, mirando hacia él.

LORENZO: Tenéis que meteros en el personaje. Prado es una mujer fuerte, recia, que cuida de la casa durante los viajes de Francisco. Estamos idealizando a la pareja de Sancho Panza, Teresa. Ella es el alma de la familia cuando Sancho se va de andanzas con Don Quijote. De manera que Isacio tiene que ser bueno pero simplón, y Prado muy batalladora, que defienda a su familia y a su marido hasta cuando él no tenga razón. Tenéis que ponerle alma. No se trata de leer el texto, hay que vivirlo. El público tiene que leer sus almas a través de vuestra actuación. Vamos a hacer el regreso de Francisco… Escena cinco.

Elena y Ricardo se levantan y se ponen a la puerta de la casa. Ricardo luego sale por el fondo derecha.

LORENZO: Va. Empezamos.

Ricardo aparece por el fondo derecha y va hacia Elena, que le ve venir.

ELENA: ¡Francisco, ya era tiempo! ¿De dónde sales?

RICARDO: Pues de Madrí. De los membrillos.

ELENA: Ya. Quince días hace que te fuistes.

RICARDO: Nadie quiere membrillos. No he vendío na.

ELENA: Eso ya me lo imaginé yo a la semana.

RICARDO: Pues se van a pasar.

ELENA: No se van a pasar porque la niña y yo los estamos embotando.

RICARDO: ¿Vosotras dos solas?

ELENA: Con los niños de la escuela. Por las tardes van al huerto y recogen lo questá maduro. Y yo lo emboto.

RICARDO: ¿Y cómo has conseguido que vayan los niños?

ELENA: Porque cada niño se lleva un bote a casa cada semana. Las madres encantadas. Ya tengo la mitad vendíos a la Guardia Civil de Miguelturra, que hay una Casa Cuartel muy grande. La otra mitá la tengo apalabrá con las Mercedarias, que quieren hacer dulce con nueces.

RICARDO: Pues yo no traigo na.

ELENA: ¡Anda, pasa y lávate, que paece que vienes del campo las ánimas!

Ambos pasan dentro de la casa.

Por el fondo izquierda sale Estrella, que se acerca a Lorenzo.

ESTRELLA: Buenas tardes.

LORENZO: ¡Ah, buenas tardes, Estrella! (En voz baja). Esto es un desastre.

Elena y Ricardo salen y preguntan:

ELENA: ¿Qué tal?

LORENZO: Bien, bien. Ir preparando la siete, que la hacemos ahora.

Ambos desaparecen entre bastidores. Lorenzo se vuelve a Estrella:

LORENZO: Un desastre. No actúan, leen; sólo leen. Yo creo que les aburre el teatro.

ESTRELLA: ¿No son actores?

LORENZO: Ellos dicen que sí, pero yo lo dudo.

ESTRELLA: Pues a mí me encanta. De las cosas que más me gustan.

LORENZO: Ah, ¿sí? ¿El teatro?

Estrella se sienta al lado de Lorenzo y cuenta.

ESTRELLA: Me encanta. En la Pasión de Miguelturra he salido todos los años, hasta que nos vinimos a Madrí. Nunca he hecho de María, porque soy bajita y regordeta y siempre ponen una chica alta y delgada, pero muchas veces he hecho de Ana, y una vez hice de María Magdalena, y otras veces de pastora, o de aguadora, o de vendedora de pescao.

LORENZO: ¡Así que ha actuado usted! ¿Y no pasa vergüenza, no le tiembla la voz delante de tanta gente?

ESTRELLA: Ni una miaja. Muchas personas se ponen de los nervios y tiemblan como una jalea, pero yo no. Yo tan pancha. Y no me he perdío nunca el Tenorio que hacen todos los años para los Santos, gente que viene de Cuenca. ¡Me lo sé de memoria!

Mientras Lorenzo la mira asombrado, Estrella recita:

ESTRELLA (sonriendo abiertamente):

            ¡Ay! ¿Qué filtro envenenao

me dan en este papel,

que el corazón desgarrao

me estoy sintiendo con él?

¿Qué sentimientos dormíos

son los que revela en mí?

¿Qué impulsos jamás sentíos?

¿Qué luz, que hasta hoy nunca vi?

¿Qué es lo que engendra en mi alma

tan nuevo y profundo afán?

¿Quién roba la dulce calma

de mi corazón?

 

LORENZO (que la ha estado oyendo admirado, levantando las manos): ¡Don Juan!

ESTRELLA: ¿Le ha gustao?

LORENZO: Mucho. Recita usted muy bien. Se ve que lo siente.

ESTRELLA: Es que me gusta, y además es como si yo fuera Inés. Cuando era joven yo sentía lo que siente Inés. Piensas en el chico que te gusta y se te encalabrinan todas las asaúras, y el corazón se te sale del pecho… ¡Ufff!

LORENZO: Lo vive usted.

ESTRELLA: Si, entavía macuerdo de lo que se siente. Luego la vida te cambia. A mí me mandó al Isacio, que tié menos luces que las cuevas del vino, y no es mal hombre, pero está gafao. Era arbañil, pero se cayó de un andamio y quedó quebrao de la espalda; anda como una escarpia, así que de arbañil ya na.

LORENZO: Claro, ¡pobre hombre! ¿Y qué hicieron ustedes? Les quedaría una pensión…

ESTRELLA: No nos quedó ná, porque Isacio no estaba dao de alta. Y el güerto ya no lo podía trabajar. Así que, como la niña ya estaba casá, nos vinimos a Madrid con una tia mia que era portera en la calle de Narváez y ya estaba muy mayor. A los dos años murió mi tia y nos quedamos con la portería.

LORENZO: ¿Y por qué viene usted a limpiar al teatro?

ESTRELLA: Porque tenemos casa, pero la paga es poca. Por eso vengo a limpiar por las tardes mientras Isacio cuida la finca.

LORENZO (halagándola con sinceridad): Es usted una mujer muy valiente, muy echada para alante.

ESTRELLA: Bueno, la vida te obliga. Isacio no ha tenío suerte.

LORENZO: Pues yo creo que sí, Estrella. No conozco ningún marido que haya tenido tanta suerte como para casarse con usted.

ESTRELLA: Don Lorenzo, ¡qué zalamería! ¡Me va a poner usté colorá!

LORENZO: No se sonroje usted. Lo pienso de veras. ¡Qué suerte ha tenido Isacio!

ESTRELLA: No es malo. Un poco simplón, pero no es malo.

LORENZO: ¿Y de verdad se sabe usted el Tenorio completo?

ESTRELLA: Casi. No estoy segura, pero a lo mejor sí. ¡Me sé la obra de ustés!

LORENZO: ¿La nuestra?

ESTRELLA: Si. Llevan ustés quince días repitiéndola, y yo escuchándola, así que me la tengo aprendía.

LORENZO: Ya… ¿Podría usted decir la escena dos?

ESTRELLA: ¿Cuál es esa?

LORENZO: La del enjalbegado. La de Amparo.

ESTRELLA: ¡Ah, esa seguro! ¡Y enjalbegando como Dios manda!

 

ESCENA CUATRO

En el escenario, Estrella y Lucía están representando la escena dos.

AMPARO (sorprendida): ¡Esa, es esa joyería!

PRADO: A mí me los ha osequiao un señor….

AMPARO: ¿Un señor? ¿Qué señor?

PRADO: No te lo he de decir, porque es un señor de mucho lustre en el pueblo y no quiere que naide sepa que me regala aretes de filigrana. Me los mandó ayer con un propio. Yo creo que no se atrevió a traelos él porque yo no los habría cogío.

AMPARO: ¿Así que ese señor no quiere que se sepa que te hace regalos?

Suena el móvil de Lorenzo y éste descuelga. Dejan de oírse las voces de Prado y Amparo, que siguen actuando.

 

PRADO: No, no quiere… El muy jinojo lo que quiere es otra cosa que no le pienso dar… Yo no me los voy a poner, así que, mira, casi llévatelos tu, así tienes dos pares… Por si pierdes alguno.

AMPARO: Gracias, Prado. Si, se los voy a enseñar a mi marido, a ver si a él también le gustan. Gracias.

PRADO: De nada, Amparo. Oye, ¿te podría pedil un favor?

AMPARO: Claro. Dime.

PRADO: Pues quería pedilte a ver si podrías hablar con tu marido, que no me malee. Resulta que ma dicho que me va a cortar el agua del güerto, y ma dicho que me va a obligar a retranquear la casa, y cosas así. Denque Isacio marchó hace diez días a vender los membrillos, cada día mese mete en casa y me asusta con algo.

 

LORENZO: Hola, Elena. Si, si, claro que te estamos esperando. Nos ha extrañado mucho que no vinieras hoy al ensayo.

 

Ya sé que eres una gran actriz, Elena. Y sé que quieres que cambie la obra.

No, no, no funcionaría con cualquier otra actriz, por supuesto que no. Tienes que ser tú, Elena; o estás tú o no hay obra.

 

No, Elena, claro que cuento contigo. Estoy resolviendo todos los problemas que me has planteado; ya los tengo casi resueltos.

 

Si, si, yo te llamo, por supuesto. Gracias, adiós.

 

Se vuelven a oir las voces de las actrices, que finalizan la escena dos.

AMPARO: ¿Que se te mete en casa?

PRADO: Si; una vez entró por el corral y casi me pilla desnuda.

Amparo calla unos segundos.

AMPARO: Ya… No te preocupes, Prado. Yo hablaré con mi marido. Hoy mismo.

PRADO: Pues muy agradecía, Amparo. Muy agradecía.

Cuando terminan, las dos actrices se vuelven hacia Lorenzo, que se levanta y empieza a aplaudir.

LORENZO: ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Magnífico!

Lorenzo va hacia ellas, sonriendo entusiasmado, mientras sigue aplaudiendo y se va cerrando el telón.

 

FIN

3 comentarios:

  1. Bravo José María, me ha encantado como describes los conflictos del oficio del teatro y, también, como planteas el lenguaje y la construcción del personaje de Estrella.
    Fuerte abrazo.
    Carlos Mochales

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    1. Eres un magnífico compañero, Carlos. Gracias por tus palabras. Tu entiendes mucho de teatro, así que cualquier comentario tuyo tiene muchísimo valor.

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  2. Gracias por tus palabras, José María.
    Lo importante es poseer el "duende" de inventar realidades, y tú tienes ese don.
    Abrazo.

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