EDIPO (en el cuarto donde descubre horrorizado el cuerpo inerte de Yocasta ahorcada; grita ahogando sus lamentos bajo una permanente exclamación):
Cuerpo amado. Amado cuerpo mío y
tuyo que fui de siempre. ¡Oh madre!… ¡Oh amada deshecha en tus vendajes de
oropel, que lánguidos anudan tu cuello ya sin respiro!! Cruel devastación la
que me obliga a cegarme la luz para siempre. ¿Por qué, dios de las falacias que
enredas a los hombres con tu famélica sed de una venganza que inútilmente te
hace inmortal? Envidias nuestra pureza y embalsamas tu desesperación al ver
nuestro alma pura. Desesperas en tu anquilosante eternidad y eres cruel por
infinito... ¿¿Por qué a mi?? ¿Por qué me elegiste para ser testigo y autor de
tan horrenda profecía?
… Se cumplió.
Se cumplió sin que yo, malhadado mortal, haya podido hacer más por evitarla. Asesino
de mi padre soy; asesino de mi madre soy; soy asesino de mi amante y de mí,
asesino ahora.
En la lúgubre verdad de la estrella que me sigue desde niño, se que ya nunca podré ver la luz. No merezco el sol ni los cielos merezco. La persistencia de este hado que me acecha no dejará momento al que aferrarme sin que tu -amada madre, cuerpo adorado, Yocasta amante-, me haya podido librar de augurios o presagios. Mi ceguera, hasta hoy visión incauta, será de ya, la expiación de la condena que flagele mi destino.
(Edipo arranca del vestido de Yocasta los prendedores dorados y con ellos se punza los ojos quedando ciego para siempre)
Concha García
Ver y escribir teatro 2024/2025

Me ha gustado mucho. Tiene una vena poética que me apasiona. Bravo.
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