COMEDIA DEL ARTE
NOTA DEL AUTOR: Esquema de una
escena, con la intervención de tres personajes y con duración estimada 10
minutos.
Escenario
La plaza del mercado de una pequeña villa. Una gran casa a cada lado del escenario. Cada una de ellas con un balcón accesible y un portón practicable para la entrada y salida de los actores. En el centro del escenario hay un carromato. Los zannis utilizarán las dos balconadas y el carro para la realización de acrobacias.
Al fondo del escenario, se dibuja ascendente una calle en perspectiva que se aleja en el horizonte, como el resto de casas, tejados y torres que conforman la ciudad.
Volvemos a la
plaza. En la casa de la derecha, sobre el dintel de la puerta aparece un cartel
pintado de rojo “sangría” y de blanco “vendaje”. El rótulo dice: “Reanimaciones, febrículas e hidropesías, Doctor Colombini”
En la casa de la izquierda, el portón está coronado por un blasón de piedra, grande y desgastado, pero no tanto como para que el paso del tiempo haya disimulado la escasa gracia con la que ha sido cincelado. En el escudo no hay armas, ni bestias rampantes, solo un busto de presunto caballero, de cuya tosca celada cuelga, que no yergue, un penacho de acelga que no pluma flamígera. Es el hogar del viudo Don Magnifetino y su bella hija Rosaurina.
Personajes
Arlequino
Sirviente de nadie
y de todos. Amigo de todos y de nadie. Trabaja en cualquier casa y comercio de
la villa por dos reales. Espabilado para tragar del odre, inocente en las
cuitas del alma. Vive en la calle, presto siempre a la broma, la risa y la
fiesta. Para los burgueses solo es visible cuando le solicitan un recado, un
porte o una cantata danzada que les traiga la risa a su vida encorsetada.
Dottore
Colombini
Se dice doctor,
pero no pasa de barbero dentista, “en sangrías especialista”. Se las da de
culto y su afán es conseguir audiencia entre los lugareños para parlotear como
vano cacareo de gallina. Le bastan un par o más de incautos escuchadores para
ufano inflar su pecho palomo y lanzar su perorata. La mirada alta y perdida en
el horizonte, que solo baja para mirar de reojo a sus víctimas y así comprobar
que siguen bajo el torrente de su parloteo.
Rosaurina
Bella hija del
arruinado caballero Don Magnifetino. Desde que la madre de la joven y esposa
del hidalgo murió, en esa casa no residen ni la razón ni la lógica. El
caballero vive del ensueño de un pasado glorioso del que ya no quedan
vestigios. Ha educado a su hija en usos y costumbres anticuados, privándola
casi de todo contacto con el mundo exterior. Rosaurina se expresa, viste y
actúa como si fuera una remilgada damisela del siglo pasado. En las pocas
ocasiones en las que sale a la plaza y al mercado es admirada tanto por su
belleza como por su ridículo aire de grandeza.
Zannis
Grupo de 3
sirvientes. Adornan las escenas con sus malabares, tanto físicos como
lenguaraces. Entretienen al público con acrobacias mientras se pasa de un
cuadro a otro. Con sus parlamentos pueden ser la conciencia de Arlequino y
también son los cómicos que ponen en evidencia la fatua vanidad del Dottore o
la ridícula altivez de Rosaurina.
Trama
Arlequino cree haberse enamorado de Rosaurina tras tropezar con ella en el mercado. Sufre amargamente porque sabe que no está a la altura de la joven. En realidad, como le harán ver sus compañeros los zannis, Arlequino está enamorado del amor y muy entretenido con esa dramática melancolía del sufrir amoroso.
No se rinde y cree que para conquistar a Rosaurina debe desprenderse de su vulgaridad, tiene que refinar su lenguaje y modales. Cegado con ese propósito, Arlequino adopta como referencia al modelo que tiene más próximo, a su señor, el vanidoso Dottore Colombini, todo un trampantojo intelectual y científico.
Un pretendido amor que en realidad no lo es, un maestro pretencioso que envuelve la ignorancia en una peculiar forma de expresarse y una frívola dama, son los elementos principales de una ensalada de equívocos que, aliñada con la sal y la pimienta de los zannis, descubrirán la verdadera naturaleza de cada uno de estos personajes.
Cuadro 1
Los tres Zannis aparecen en escena desde el balcón de la derecha. Ejecutan diferentes acrobacias y saltos hasta ocupar el centro del escenario. Cada uno de ellos se alterna sobre el carro y canta una estrofa de una copla. Es una tonada burlona sobre el Arlequino enamorado de Rosaurina. Está triste y alicaído, que ni come, ni roba vino, ni sisa a sus amos. Pero sobre todo, ya no es buen compañero de fiestas y enredos.
En esto aparece Arlequino. Sus movimientos son desganados y torpes, muy diferentes a su andar ágil y rítmico habitual. Los zannis le rodean, danzan en torno a él, le imitan, le sostienen los brazos y cabeza como una marioneta tratando de imitar el movimiento alegre y habitual de su amigo. No logran sacarlo de su apatía y le preguntan por sus cuitas. Arlequino se sienta en el carro y expresa su pesar por el amor no correspondido de Rosaurina. Sus gestos y lamentos pretenden ser sinceros, pero hay algo en ellos de interpretación. Recordemos que Arlequino realmente está enamorado del amor y que también disfruta su papel doliente.
Desde el portón de su casa consulta, el Dottore Colombini observa la escena, presta atención al drama de su sirviente ocasional, infla su pechera como palomo en palomar y se acerca, bamboleando sus pasos hasta el grupo de rapaces. El galeno fuerza un par de toses para llamar la atención de su auditorio y con su voz engolada inicia un discurso tan pedante en sus palabras como en los movimientos de sus brazos y manos. Se diría que es un gran molino a merced de un vendaval. Explica a Arlequino que para recibir la atención de un señorita de buena cuna deberá ser todo un caballero de mundo y cultura y que el se presta a ser su modelo. Le promete que con un par de lecciones de retórica logrará conquistarla.
Mientras el Dottere sigue apabullando con sus aspavientos al atribulado Arlequino, los zannis se distancian de ambos y se acercan al público para explicar mediante otro de sus burlones relatos rimados, las verdaderas razones ocultas en este acto de generosidad: en realidad, a Colombini le mueven un doble interés. De un lado, no puede desperdiciar la ocasión para demostrar su supuesta superioridad de clase y, de otro, siempre está presto a cualquier oportunidad que se le presente para humillar a su eterno rival, a la única persona que le hace sombra en la ciudad, Magnifetino, y nada mejor que emparejar a la apreciada y boba hija del hidalgo con un vulgar sirviente: Arlequino.
Tras finalizar con su explicación, los zannis salen del escenario con saltos y piruetas. El Dottore continua con su perorata y con gran parafernalia anuncia a su alumno el título de sus primera lección:
“De como todo elevadísimo caballero conoce y reconoce pronunciar todos términos terminológicos elongados que lo son para ganar con donosuramiento cualquiersea efecto y afecto y artefactos aprestados de mercesiocidilad que le sea sea de seamiento”
Mientras lo hace,
Magnifetino pasa su brazo sobre el hombro del incauto Arlequino, que lo escucha
con atención. Ambos se alejan así hasta la casa del Dottore, donde continuarán
las clases en este peculiar arte de la “oratoria amatoria”.

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